Con la soga al cuello-

El INDEC confirmó este jueves la desaceleración del IPC por primera vez en diez meses, pero el dato esconde una paradoja: los precios siguen muy altos con demanda derrumbada, tipo de cambio congelado y canastas básicas fuera del alcance de millones de familias. El presupuesto preveía un 10,1% para el año entero; en cuatro meses ya se consumió el 12,3%.


El Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) informó este jueves que el Índice de Precios al Consumidor (IPC) de abril registró una variación mensual de 2,6%, por debajo del 3,4% de marzo y en línea con las proyecciones del mercado. El aumento de los precios de abril rompió una tendencia alcista que se manifestó en los últimos diez meses, marcando una baja de 0,8 puntos porcentuales respecto al mes anterior. El Gobierno festejó el dato como un hito. El ministro de Economía, Luis Caputo, lo calificó en sus redes sociales como «la inflación más baja en cinco meses». El jefe de Gabinete, Manuel Adorni, fue más lírico: «La inflación retoma su sendero a la baja. Dios bendiga a la República Argentina».

El dato, sin embargo, impone una lectura más cuidadosa.

Un presupuesto ya sepultado

La inflación acumulada en el primer cuatrimestre fue de 12,3%, por encima de la proyección oficial para todo 2026, que el Presupuesto nacional había fijado en 10,1%. En otras palabras: el Gobierno estimó cuánto subirían los precios en doce meses, y ese margen ya se agotó en los primeros cuatro. En términos interanuales, el IPC acumuló un alza de 32,4% en los últimos doce meses.

La fotografía sectorial del mes es elocuente sobre las causas estructurales de la presión inflacionaria. La división de mayor aumento fue Transporte, con 4,4%, seguida de Educación con 4,2%. En el otro extremo, los ítems que registraron las menores variaciones fueron Alimentos y bebidas no alcohólicas, con 1,5%, y Recreación y cultura, con 1%.

La distinción entre categorías resulta reveladora. Los precios regulados acumularon una variación del 4,7% en el mes, impulsados por el transporte y la electricidad, mientras que el IPC núcleo —que excluye estacionales y regulados— se desaceleró del 3,2% al 2,3%, traccionado por alquileres y restaurantes. Los precios estacionales, en tanto, resultaron neutros: las subas por cambio de temporada en indumentaria fueron compensadas por caídas en turismo y verduras.

La paradoja: inflación con mercado interno en caída libre

El dato más inquietante del informe no está en los números del IPC, sino en el contexto que los rodea. Este nivel de precios se sostiene en medio de un estancamiento del mercado interno, que no puja por productos y por tanto no impulsa los precios, y de una política cambiaria destinada a planchar el dólar, que de esta forma no presiona al alza los precios. Si con esos dos frenos simultáneos —tipo de cambio administrado y demanda deprimida— la inflación mensual sigue por encima del 2,5%, la pregunta que los economistas heterodoxos vienen formulando gana fuerza: ¿qué ocurre cuando alguna de esas anclas cede?

El fenómeno tiene nombre técnico: inflación de costos con componentes inerciales. La dinámica inflacionaria se asienta sobre un piso condicionado por los ajustes en transporte y precios regulados, que imponen una rigidez estructural a la desaceleración de corto plazo, señaló la consultora EcoGo. En paralelo, los combustibles jugaron un rol central en el mes: la consultora Equilibra calculó una suba promedio del 9,1% en las naftas, mientras que EcoGo la ubicó en 10,4%. La tensión bélica en Medio Oriente, que mantiene el precio internacional del petróleo en niveles elevados, continúa filtrándose hacia la cadena de costos doméstica.

El IPC cuestionado por dentro

Al margen del debate político sobre el dato, emergió este jueves un señalamiento que erosiona la credibilidad institucional del indicador. Los trabajadores nucleados en ATE-Indec cuestionaron en un comunicado la decisión del Gobierno de no actualizar la metodología del IPC. «Desde el 10 de febrero de 2026 esperamos la difusión del IPC actualizado y, sin embargo, el gobierno de Caputo y Milei decidió bloquear administrativamente y postergar políticamente su publicación con argumentos inverosímiles», señalaron, calificando la situación como «una forma de censura estadística y una nueva intromisión política en la vida de un organismo técnico». La denuncia no es menor: una canasta desactualizada subestima sistemáticamente la inflación real que enfrentan los hogares de menores ingresos, cuyo patrón de consumo difiere del relevado hace una década.

Canastas básicas y el hambre como dato duro

Detrás de los promedios estadísticos, la evidencia empírica sobre el deterioro social acumula consistencia. Según el Instituto de Estadísticas y Tendencias Sociales y Económicas (IETSE), basado en una encuesta sobre 2.500 hogares de Córdoba, el 11,4% de los hogares encuestados redujo su ingesta a una sola comida diaria o atravesó situaciones de hambre, el 21,5% se quedó sin alimentos en algún momento del mes y el 32,1% sintió hambre pero no pudo satisfacerse.

La forma en que los sectores populares resuelven esa brecha también resulta alarmante. El 88% de los hogares debió recurrir a crédito, fiado o préstamos para comprar alimentos, y el informe advierte que este mecanismo comienza a mostrar signos de saturación, con tarjetas al límite, aumento de pagos mínimos y mayores niveles de morosidad e incobrabilidad.

En ese marco, la Canasta Básica Alimentaria registró en abril una suba mensual de apenas 1,1%, la menor desde agosto del año pasado, mientras que la Canasta Básica Total —que determina la línea de pobreza— aumentó 2,5%. La moderación de los alimentos es la única buena noticia con sustancia real para los sectores vulnerables, aunque no alcanza para revertir la erosión acumulada.

El horizonte: desaceleración gradual con riesgos latentes

El consenso de analistas proyecta una continuidad descendente del IPC en los próximos meses. Rocío Bisang, de GMA Capital, estimó que «para mayo la inflación volvería a desacelerar y se ubicaría en torno al 2,2%», argumentando que las primeras mediciones de alimentos de alta frecuencia apuntan a que la dinámica de las carnes se mantendría contenida. El REM del Banco Central, por su parte, proyecta una inflación de 2,3% para mayo, 2,1% para junio y 2% para julio, con una estimación anual de 30,5% y una eventual perforación del 2% mensual recién a partir de agosto.

Los riesgos que pueden torcer esa trayectoria son conocidos y siguen vigentes: la evolución del conflicto en Medio Oriente, el vencimiento del congelamiento de precios de YPF —prorrogado por 45 días pero no resuelto de fondo—, los aumentos de tarifas de agua y transporte ya anunciados para mayo, y la pregunta de fondo sobre el tipo de cambio. El economista Martín Kalos fue más directo en su diagnóstico de mediano plazo: «Para que el escenario mejore de forma estructural se necesitaría una política económica que empiece a mirar no solo la inflación —que es la prioridad absoluta del Gobierno y donde han tenido éxitos nominales— sino también la sostenibilidad social y productiva de este modelo en el mediano plazo».

Osvaldo Giordano, presidente del Ieral de Fundación Mediterránea, advirtió que los salarios formales se ubican actualmente en promedio 20% por debajo del nivel de hace una década, «como consecuencia de un largo ciclo de deterioro productivo», una herida que ningún mes de IPC moderado puede cicatrizar por sí solo.

El 2,6% de abril es, en el mejor de los casos, el principio del fin de un mal período. Lo que no dice ese número es cuándo —ni si— el alivio en los índices se traduce en alivio en los bolsillos.


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