Con Axel Kicillof en el centro del reordenamiento bonaerense, el peronismo empieza a dejar atrás la parálisis de la derrota nacional y ensaya una nueva arquitectura de poder. La tensa convivencia con Máximo Kirchner, el peso de los intendentes, el impacto del ajuste de Milei y la pelea por la sucesión provincial configuran un tablero en movimiento que ya proyecta la disputa por 2027. Buenos Aires volvió a convertirse en el gran laboratorio donde se juega no sólo una elección, sino una alternativa de poder.
Por Antonio Muñiz
Una unidad que ordena, pero no resuelve
El peronismo bonaerense entró en una nueva fase con un acuerdo que, por ahora, contiene la interna sin desactivarla. Axel Kicillof quedará al frente del PJ provincial, mientras Máximo Kirchner presidirá el Congreso partidario. El entendimiento evitó una ruptura formal, pero dejó en pie la disputa por la conducción política efectiva del espacio. La mejor prueba de eso fue la elección interna de este fin de semana en 16 o 17 municipios donde no hubo acuerdo entre el kicillofismo y el cristinismo-camporismo, con distritos sensibles como Morón, San Miguel, Tres de Febrero y General Pueyrredón como vidriera de una pelea que sigue viva abajo, en el territorio.
La unidad, entonces, existe, pero tiene un carácter defensivo. Sirve para impedir que el principal bastión opositor del país entre en una crisis abierta en plena ofensiva libertaria. No alcanza, sin embargo, para ocultar que el PJ bonaerense discute una cuestión de fondo al mismo tiempo: ¿Quién va a conducir la etapa que viene?

Axel y Máximo: tregua táctica, competencia estratégica
La relación entre Kicillof y Máximo Kirchner atraviesa hoy una zona de convivencia forzada. No hay ruptura total, pero tampoco una sociedad política aceitada. Kicillof avanzó en una estrategia de autonomía relativa apoyado en tres resortes: la gestión provincial, la presidencia del PJ bonaerense y el despliegue del Movimiento Derecho al Futuro, su herramienta de construcción propia. Máximo conserva, a su vez, poder territorial, estructura legislativa, influencia sobre La Cámpora y capacidad para incidir en el partido, en las listas y en el clima interno del peronismo bonaerense.
Lo que está en discusión no es sólo un liderazgo personal. Kicillof busca dejar de ser únicamente una referencia del kirchnerismo para convertirse en un conductor con volumen propio. Máximo no parece dispuesto a ceder centralidad en el distrito más importante del peronismo argentino. Por eso el acuerdo partidario opera como una tregua táctica más que como una síntesis estratégica.
El ajuste de Milei fortalece a Kicillof, pero también lo desgasta
El gobierno bonaerense encontró en el ajuste nacional un eje ordenador. Kicillof se presenta como el principal dique institucional frente a Milei, en una provincia que denuncia recortes de fondos, obras públicas paralizadas, caída de transferencias y deterioro de programas nacionales. Esa narrativa le dio centralidad opositora, sobre todo porque Buenos Aires aparece como el territorio donde más claramente se ve el choque entre el programa libertario y las necesidades de una estructura estatal y social compleja.
Pero esa resistencia también tiene costos concretos. Más de la mitad de los municipios bonaerenses sufrirá recortes en la coparticipación durante 2026 y varios intendentes ya advirtieron por la caída de la recaudación local, el freno del consumo y el aumento de la presión social. Eso obliga a la provincia a administrar escasez, contener demandas territoriales y sostener políticamente una red municipal cada vez más exigida. El ajuste de Milei fortalece a Kicillof como referencia opositora, pero al mismo tiempo le complica la gestión cotidiana y le suma tensión interna.
El PJ bonaerense como plataforma para algo más grande
La pelea por el control del partido no fue un episodio burocrático. Para Kicillof, quedarse con la presidencia del PJ bonaerense significó conquistar una herramienta central para ordenar la interna y construir proyección nacional. Esa es la lógica que atraviesa al Movimiento Derecho al Futuro: dejar de actuar sólo como escudo provincial frente a Milei y empezar a funcionar como base de una alternativa política nacional. El lanzamiento del MDF en la Ciudad de Buenos Aires y el despliegue de referentes en otras provincias apuntan en esa dirección.
La hipótesis “Axel presidente” ya existe, aunque todavía no tenga candidatura formal. El gobernador busca ampliar su perímetro, sumar volumen por fuera del kirchnerismo clásico y mostrarse como una oposición con gestión, programa y capacidad de construir una coalición más ancha. Su fortaleza es obvia: gobierna el principal distrito del país. Su límite también: necesita nacionalizarse sin parecer sólo un dirigente bonaerense y ampliar sin quedar atrapado en una interna eterna con La Cámpora.

La sucesión bonaerense ya empezó
Cada paso de Kicillof hacia una proyección nacional abre automáticamente la discusión por la gobernación en 2027. Y ahí aparece otra interna, menos visible pero no menos intensa. No hay heredero definido y eso no es casual: mantener la cancha abierta le permite al gobernador conservar centralidad y arbitrar entre sectores. Pero esa indefinición también acelera movimientos, recelos y posicionamientos en un peronismo que ya empezó a discutir la etapa pos-Axel en la provincia.
Katopodis, Alak, Mayra, Larroque, Achával, Otermín y Ferraresi
Gabriel Katopodis aparece como uno de los nombres más sólidos del universo kicillofista. Tiene gestión, recorrido territorial, diálogo con intendentes y un perfil que combina obra pública, discurso anti ajuste y capacidad de articulación con distintos sectores del peronismo. Su principal fortaleza es que puede ser leído como un candidato de síntesis, algo siempre valioso en una provincia atravesada por tribus y tensiones.
Julio Alak juega en otro plano. Más que como postulante lanzado, aparece como una pieza central del andamiaje partidario e institucional del nuevo esquema. El hecho de que el kicillofismo lo haya convertido en uno de los nombres relevantes de la reorganización del PJ lo ubica como un dirigente con peso propio, experiencia y volumen para tallar en la discusión sucesoria, aunque hoy parezca más importante como garante de estructura que como candidato declarado.
Mayra Mendoza representa el polo camporista. Tiene visibilidad, vínculo directo con Cristina Kirchner y capacidad para expresar a un sector con identidad fuerte dentro del peronismo bonaerense. Su nombre aparece en cualquier mapa sucesorio porque encarna una parte real del poder interno, aunque por ahora su perfil parece más eficaz para disputar la interna que para sintetizar al conjunto del espacio.
Andrés Larroque cumple un papel central en la construcción política del axelismo. Es uno de los dirigentes que más trabajó en la autonomía del gobernador y uno de los más duros en la disputa discursiva con La Cámpora. No figura hoy entre los nombres más instalados para una candidatura, pero sí entre los actores determinantes para ordenar, polarizar y delimitar el espacio propio de Kicillof.
Federico Achával integra el lote de intendentes con proyección. Pilar le da gestión, base territorial y un perfil menos confrontativo que otros competidores. Eso lo vuelve una figura atractiva si el peronismo termina buscando una opción con anclaje municipal, moderación y capacidad de tender puentes entre sectores.
Federico Otermín también debe ser incorporado en ese mapa. No sólo porque es intendente de Lomas de Zamora, un distrito clave del sur del conurbano, sino porque su lugar en la estructura partidaria quedó reforzado con la vicepresidencia del PJ bonaerense. Esa doble condición —territorio y partido— lo convierte en un dirigente con volumen creciente dentro de la conversación sucesoria, sobre todo si el peronismo privilegia un perfil joven, orgánico y con inserción real en la Tercera Sección.
Jorge Ferraresi, por su parte, ya forma parte del lote de nombres inevitables cuando se habla de 2027. Intendente de Avellaneda, ex ministro y uno de los jefes comunales más cercanos a Kicillof, construyó peso propio en el sur del conurbano y un perfil claramente alineado con la autonomía del gobernador frente a La Cámpora. Su fortaleza es la estructura, la gestión y la densidad política territorial; su límite, quizá, es que su estilo más confrontativo puede servir para disputar poder, aunque no necesariamente para sintetizar al conjunto.
El papel de los intendentes
Los intendentes son decisivos en cualquier ecuación bonaerense. Administran el territorio, absorben buena parte del impacto del ajuste y son el primer mostrador del malestar social. Por eso reclaman más recursos, más autonomía y más voz en la mesa de decisiones. No quieren volver a quedar reducidos a una lógica donde todo se resuelve entre La Plata y las jefaturas partidarias.
Kicillof entendió ese punto y construyó parte de su fuerza apoyándose en una red de intendentes propios o cercanos. Pero ese universo no es homogéneo: algunos juegan con Axel, otros con Máximo, otros con Massa y muchos se reparten entre varios tableros a la vez. Esa complejidad explica por qué la interna partidaria no termina de cerrarse y por qué la construcción hacia 2027 dependerá, en buena medida, de cómo se ordene ese poder territorial.
¿Cómo intenta construir una alternativa el peronismo?
Hoy el peronismo bonaerense parece estar trabajando sobre tres pilares. El primero es la gestión como resistencia: mostrar a la provincia como un escudo frente al programa de Milei. El segundo es la reorganización partidaria: recuperar estructura, cuadros, formación y territorialidad. El tercero es la ampliación política: construir una oferta que no se limite al núcleo duro peronista y pueda interpelar a sectores productivos, franjas medias golpeadas y votantes desencantados con el oficialismo.
El desafío es que esa construcción todavía no alcanzó una síntesis completa. Hay aparato, territorio, liderazgo emergente y vocación de poder, pero todavía no un método claro para resolver candidaturas, procesar diferencias y convertir toda esa potencia en una estrategia estable.
La disputa de fondo
La ventaja del peronismo bonaerense es evidente: conserva gestión, densidad territorial, aparato y centralidad política en el principal distrito del país. Su problema también: todavía no resolvió cómo transformar esa fortaleza en una unidad estratégica duradera. Cristina ya no ordena sola como antes. Máximo disputa, pero no sintetiza. Kicillof crece, pero todavía necesita sumar representatividad nacional sin romper. Y los intendentes presionan para que la próxima etapa no vuelva a dejarlos como actores secundarios.
La conclusión es que el peronismo bonaerense salió de la etapa de mera resistencia y entró en una fase de acumulación competitiva. Kicillof ya no es sólo gobernador: es un polo de poder en expansión. Pero si quiere convertir esa centralidad en alternativa nacional y provincial, tendrá que resolver una ecuación delicada: construir liderazgo sin quebrar del todo al kirchnerismo y ampliar sin diluir la identidad opositora. De esa resolución dependerá buena parte del tablero de 2027.
