Doctrina Monroe recargada, “guerra antinarco” y disputa por recursos estratégicos
Por Antonio Muñiz
La ofensiva de Donald Trump ya no puede leerse como una suma de episodios aislados: empieza a operar como doctrina de gobierno. Washington combina sanciones, presión financiera, despliegue militar y una “guerra antinarco” que ahora incorpora amenazas de operaciones directas, incluso con eventuales incursiones terrestres en México y Colombia. La región queda así frente a un riesgo mayor: la normalización de la intervención como método.
Trump volvió a la Casa Blanca el 20 de enero de 2025 y, con su regreso, reactivó una idea antigua y hoy peligrosamente actualizada: el hemisferio occidental como retaguardia estratégica de Estados Unidos. No se trata únicamente de afinidades ideológicas con gobiernos alineados, sino de preeminencia: control de rutas, recursos, infraestructura crítica y margen de maniobra política en un continente que vuelve a ser leído desde Washington como “zona de seguridad” y “área de influencia”.
Esa orientación dejó de ser una interpretación y pasó a formalizarse en la arquitectura estratégica. La Casa Blanca publicó una Estrategia de Seguridad Nacional que reivindica “reafirmar y hacer cumplir” la Doctrina Monroe, con el objetivo explícito de restaurar la primacía estadounidense en el continente e impedir que potencias extra hemisféricas consoliden posiciones sobre activos estratégicos, puertos o infraestructura con valor militar. Cuando la doctrina se escribe, lo que sigue —presiones, acuerdos, bases, “accesos”, sanciones u operaciones— deja de ser improvisación: se vuelve programa.

La palabra que falta: imperialismo
En buena parte del debate regional se habla de “tensión”, “cruce” o “escalada”. Pero cuando una potencia condiciona rutas internacionales, impone bloqueos de hecho, captura o traslada dirigentes y define unilateralmente qué es “legal” en aguas y circuitos comerciales, el eufemismo tapa lo central: intervención imperial.
El punto de inflexión fue Venezuela. Allí la disputa se desplazó del plano diplomático al de la fuerza, corriendo el umbral de lo posible. El precedente es más relevante que el episodio: cuando un hecho se naturaliza, se vuelve método.
Venezuela y el petróleo: soberanía bajo control material
En Venezuela, la dimensión energética no es decorativa: es el núcleo. La presión sobre exportaciones, cargamentos y rutas envía un doble mensaje: disciplinamiento interno y señal externa hacia China y Rusia, que disputan presencia en el continente. Cuando una potencia puede interrumpir flujos, condicionar compradores y administrar el riesgo marítimo, captura renta, regula el acceso a divisas y ejerce poder real sobre el Estado intervenido aun sin una ocupación formal.
Ese control traslada el conflicto a un plano estructural. La soberanía queda subordinada al dominio material de circuitos militares y comerciales: no manda quien declara, sino quien puede operar sobre el comercio, la energía y la logística.
“Narcoterrorismo” como llave de guerra: México y Colombia bajo presión
La novedad más inquietante del inicio de 2026 es el salto conceptual: la guerra antinarco dejó de ser cooperación policial para presentarse como excusa de guerra. La designación de cárteles como organizaciones terroristas endurece el marco, amplía sanciones y habilita un discurso de excepcionalidad. Pero el quiebre llega con una idea que Trump repite: acciones directas y, si hiciera falta, incursiones terrestres.
México quedó en el centro por una razón obvia: su soberanía funciona como línea roja para definir si el hemisferio entra en una fase de intervención normalizada. La respuesta mexicana fue tajante: cooperación sí, tropas no. Aun así, la amenaza persiste porque se integra a un dispositivo mayor donde seguridad, migración y crimen transnacional se presentan como asuntos de “defensa del territorio estadounidense”.
Colombia aparece como el siguiente escalón. La tensión con Gustavo Petro combinó amenazas públicas con diplomacia condicionada: golpe de efecto primero, invitación al diálogo después, siempre bajo la sombra de sanciones y acusaciones. En paralelo, la noción de “acción conjunta” contra estructuras armadas y narcotráfico funciona como fórmula ambigua: puede ser cooperación, pero también puerta de entrada a una presencia operacional más directa, con costos internos para Colombia y efecto demostración para el resto de la región.
El problema del narcotráfico es real. También lo es su uso político-estratégico para ampliar márgenes de intervención.
Ultraderechas en ascenso: el “orden” como promesa total
El giro estratégico de Estados Unidos se apoya en un clima regional atravesado por crisis sociales, miedo cotidiano, economías frágiles y violencia criminal. En ese terreno, la palabra “orden” funciona como promesa total: seguridad, castigo, disciplina. El resultado es una ventana de oportunidad para programas de mano dura y alineamientos externos presentados como condición de gobernabilidad.
En Chile, el corrimiento a la derecha se consolidó con una victoria de agenda securitaria y antimigratoria. Ecuador profundizó un ciclo político bajo el relato de emergencia permanente que legitima estados de excepción y medidas extraordinarias. En Bolivia, el cambio de signo se produjo en un marco de crisis económica que debilitó al oficialismo histórico y reabrió el mapa de alineamientos. El patrón se repite: seguridad como política total, economía bajo tutela y gobernabilidad negociada con condicionamientos externos.

Argentina: rescate financiero y subordinación estratégica
En este tablero, Argentina opera como caso testigo. La fragilidad macroeconómica y la dependencia del financiamiento externo convierten cada decisión en variable geopolítica. Cuando la supervivencia económica depende de respaldos externos, el margen de autonomía se reduce; y cuando ese respaldo llega ligado a alineamientos, la soberanía pasa a formar parte del acuerdo aunque no se lo nombre.
A ese cuadro se sumó un dato excepcional: la intervención del Tesoro estadounidense para sostener la estabilidad financiera y política del gobierno argentino. Puede presentarse como “ayuda”, pero funciona también como mecanismo de condicionamiento. En el mismo marco debe leerse el apoyo político explícito de Trump al presidente argentino, que incidió en la consolidación del oficialismo en las intermedias de 2025. La regla histórica es simple: la asistencia nunca es gratis.
Y por detrás de la coyuntura aparece el punto más sensible, por geopolítica y recursos: la integridad territorial argentina.
Tierra del Fuego, Atlántico Sur y puerta antártica
Ushuaia no es un puerto más: es una bisagra. La proyección hacia la Antártida, el control del Atlántico Sur y el valor logístico de los pasos bioceánicos vuelven a Tierra del Fuego un punto crítico. Bajo excusas como “control de accesos” o logística antártica, cualquier infraestructura con potencial dual puede convertirse en palanca de largo plazo: presencia, inteligencia, proyección naval y condicionamiento sobre decisiones futuras.
El riesgo no reside solo en una base formal, sino en la acumulación gradual de ventajas operativas: acuerdos, ejercicios, facilidades, usos preferenciales, tecnología e intercambio de información. La dependencia rara vez empieza con un despliegue masivo; suele comenzar con una puerta entreabierta que, con el tiempo, se vuelve regla.
La discusión se agrava por un contexto regional específico: la presencia militar británica en Malvinas y su control sobre áreas del Atlántico Sur, sumados a procesos de extranjerización de la tierra patagónica y al valor estratégico de la región en minería, agua y energía. En conjunto, ese cuadro incrementa riesgos de mediano plazo sobre soberanía e integridad territorial.
Mercosur e integración: autonomía bajo presión
La integración regional también quedó atravesada por esta disputa. La agenda de flexibilización del Mercosur —impulsada por el gobierno argentino y acompañada por Paraguay mediante la búsqueda de acuerdos bilaterales de libre comercio— tiende a erosionar la capacidad del bloque y a aislar a Brasil. Cuando la región negocia fragmentada, se vuelve más vulnerable a presiones cruzadas. La integración deja de ser herramienta de autonomía y pasa a ser campo de disputa entre modelos: soberanía con coordinación regional o subordinación estructural.
Groenlandia: el mismo patrón, otro mapa
La obsesión por el control territorial no se limita al sur. El interés por Groenlandia repite la misma gramática: geografía, recursos y competencia global como justificación para forzar decisiones políticas por presión económica o amenaza. Cambia el mapa, no cambia el método: donde hay valor estratégico, se busca control “por las buenas o por las malas”.
Brasil y el Amazonas: hoy no, mañana quizás
Por ahora, Brasil no aparece como blanco directo del trumpismo tras los cruces de los primeros meses de 2025. Pero el Amazonas sigue siendo un nervio estratégico por agua, biodiversidad, minerales y control territorial. En un contexto donde el hemisferio se redefine como prioridad, es difícil imaginar que la Amazonia quede fuera del radar si la disputa global escala.
Los argumentos pueden mutar —clima, crimen transnacional, minería ilegal, “protección internacional”, infraestructura crítica—, pero el objetivo sería estable: condicionar soberanía sobre un recurso que el mundo mira como reserva del futuro.
2026: el riesgo mayor es la normalización
América Latina enfrenta una disyuntiva histórica con ropaje nuevo. Lo nuevo es el clima de época: crisis social, violencia real, economías endeudadas y competencia global que convierte recursos e infraestructura en objetivos estratégicos. Lo viejo es el método: presión, sanciones, tutela, intervención.
Si la región acepta que una incursión puede justificarse como “antinarcoterrorismo”, que una base puede instalarse como “logística”, y que el disciplinamiento financiero puede presentarse como “ayuda”, el próximo paso no llega por debate: llega por inercia.
La batalla de fondo ya no es solo ideológica ni electoral. Es soberana. La disyuntiva es si el continente puede sostener un principio básico —que ningún conflicto interno justifica la tutela externa ni la suspensión del derecho internacional— o si entra en una fase donde la intervención vuelve a ser una normalidad y no una excepción. En ese terreno, como enseña la historia larga latinoamericana, la disputa real se juega entre proyectos de soberanía nacional y modelos de dependencia colonial.
