El libro Madre Patria, de Marcelo Gullo Omodeo, propone revisar la interpretación histórica de la presencia española en América. La discusión invita a superar tanto la leyenda negra como las visiones idealizadas del pasado colonial y a comprender cómo se formaron las sociedades del continente, más allá de las fronteras nacionales actuales.
Cada 12 de octubre, América vuelve a enfrentarse con una pregunta que trasciende la conmemoración de un acontecimiento histórico: ¿cómo contamos nuestra historia y desde qué perspectiva interpretamos los hechos que dieron origen a nuestras sociedades?
La llegada de Cristóbal Colón en 1492 transformó las relaciones entre Europa y América y abrió una nueva etapa en la historia mundial. La expansión europea modificó profundamente la vida de los pueblos originarios, reorganizó las economías del continente y dio lugar a sociedades atravesadas por el mestizaje, los conflictos y la desigualdad.
Durante mucho tiempo, la fecha fue presentada como una celebración de la expansión europea y de su misión civilizadora. Con el desarrollo de nuevas corrientes historiográficas y el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas, esa interpretación comenzó a ser cuestionada. La violencia, la explotación y la pérdida de autonomía de las sociedades originarias pasaron a ocupar un lugar central en el debate.
La controversia sigue abierta y alcanza también a la manera en que interpretamos la relación entre España y América.
Marcelo Gullo y la leyenda negra
En Madre Patria. Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán, publicado por Espasa en 2021, el politólogo argentino Marcelo Gullo Omodeo cuestiona la imagen de España como una potencia cuya presencia en América habría sido exclusivamente destructiva.
Su argumento central sostiene que la llamada leyenda negra fue impulsada, en buena medida, por rivales europeos de la monarquía española y que, con el tiempo, esa representación terminó incorporándose a la manera en que los propios españoles y los pueblos hispanoamericanos interpretaron su pasado.
Gullo propone revisar aspectos como el mestizaje, la evangelización, las instituciones educativas y administrativas y las alianzas que los españoles establecieron con pueblos indígenas enfrentados con los grandes imperios precolombinos.
El autor introduce, además, una dimensión geopolítica: las potencias no disputan solamente territorios y recursos. También buscan imponer relatos históricos que legitimen sus proyectos y desacrediten a sus adversarios.
La cuestión merece ser discutida. Sin embargo, identificar los componentes propagandísticos de ciertas representaciones no alcanza para explicar la totalidad de la experiencia colonial. La apropiación de tierras y riquezas, la explotación del trabajo y las profundas transformaciones demográficas están documentadas y no pueden descartarse como simples productos de una campaña contra España.
La existencia de instituciones educativas, religiosas y administrativas tampoco elimina las relaciones de dominación sobre las que se organizó el orden colonial.
El interés de Madre Patria reside en abrir una discusión sobre la interpretación de ese pasado. Sus tesis deben contrastarse con otras investigaciones, sin convertir la leyenda negra en una explicación universal ni aceptar una imagen idealizada del dominio español.
Una América diversa antes de 1492
Antes de la llegada de Colón, el continente estaba habitado por sociedades con lenguas, culturas, conocimientos, sistemas productivos y formas de organización política propios. Algunas habían desarrollado grandes estructuras imperiales; otras se organizaban en comunidades con características diferentes.
Tampoco existía una unidad política indígena. Había conflictos, rivalidades y alianzas que influyeron en el curso de los acontecimientos. La participación de pueblos enfrentados con los imperios mexica e inca, por ejemplo, contribuyó a las victorias españolas.
Este aspecto permite comprender que la historia americana no puede reducirse a un enfrentamiento uniforme entre europeos y pueblos originarios. Pero tampoco autoriza a presentar la expansión española como una empresa de liberación. Las alianzas respondían a intereses concretos y, una vez derrotados sus adversarios, muchos pueblos quedaron sometidos a nuevas formas de dominación.
A las guerras se sumaron las epidemias, que provocaron una catástrofe demográfica entre poblaciones sin inmunidad previa frente a numerosos patógenos introducidos desde Europa. También se impusieron sistemas de trabajo coercitivo y nuevas formas de organización económica destinadas a satisfacer las necesidades de la Corona y de los sectores coloniales dominantes.
De ese proceso surgieron sociedades nuevas, atravesadas por el mestizaje y la interacción cultural, pero también por profundas desigualdades. Comprender esa realidad exige reconocer tanto la diversidad de los pueblos originarios como las transformaciones producidas por la expansión europea.
La América hispánica más allá de las fronteras actuales
La presencia española no quedó circunscripta a los territorios que, después de las independencias, dieron origen a los países hispanoamericanos. Durante varios siglos se extendió por amplias regiones del continente, incluidas zonas que hoy forman parte de Estados Unidos.
San Agustín, en Florida, fue fundada por los españoles en 1565. Santa Fe, en el actual Nuevo México, se estableció en 1610. Las expediciones, los asentamientos, las misiones y las redes comerciales españolas alcanzaron también Texas, California y otras áreas del actual suroeste estadounidense.
Esta dimensión suele quedar relegada cuando la historia se organiza exclusivamente a partir de los Estados nacionales contemporáneos. Sin embargo, las fronteras actuales no pueden utilizarse como límites para comprender una presencia histórica que las precedió.
La influencia española en esos territorios dejó huellas en los nombres geográficos, la arquitectura, las tradiciones culturales y el patrimonio material. Reconocerlas no supone desconocer la historia posterior de Estados Unidos ni la de los pueblos indígenas que habitaban esas regiones. Permite incorporar una dimensión continental que las narraciones nacionales suelen presentar de manera fragmentada.
Por eso, hablar de América hispánica puede ser más preciso que utilizar América Latina cuando el objeto de análisis es la expansión española. El primer concepto remite a una experiencia histórica y cultural vinculada con España; el segundo se utiliza habitualmente para referirse al conjunto de países latinoamericanos, cuyas fronteras y trayectorias políticas se consolidaron mucho después.
También conviene distinguir la América hispánica de Iberoamérica, denominación que incorpora la tradición portuguesa, especialmente importante en Brasil. Cada término tiene un alcance diferente y su elección depende del proceso que se quiera explicar.
Una identidad formada por múltiples tradiciones
La influencia española en América fue profunda. La lengua, el derecho, las instituciones, la literatura, la arquitectura y numerosas prácticas culturales forman parte de su legado.
Pero la historia del continente no puede atribuirse a una sola matriz. Las culturas originarias, las poblaciones africanas sometidas a la esclavitud y las sucesivas corrientes migratorias también contribuyeron a configurar sociedades diferentes entre sí.
La identidad americana se formó mediante el encuentro y el conflicto entre esas tradiciones, en condiciones históricas desiguales. Reconocer los aportes españoles no obliga a justificar el orden colonial, del mismo modo que denunciar sus injusticias no exige rechazar todo lo que surgió de aquel proceso.
Las revoluciones de independencia, la formación de los Estados nacionales, las transformaciones económicas y las luchas sociales modificaron profundamente el continente. Sin embargo, la emancipación política no resolvió por sí sola las desigualdades sociales ni las restricciones que condicionaban el desarrollo de las nuevas repúblicas.
De la independencia al desarrollo
Durante el siglo XIX, las independencias de Hispanoamérica rompieron los vínculos políticos con la Corona española, pero dejaron pendiente una cuestión decisiva: cómo construir economías capaces de sostener un desarrollo propio.
En buena parte de los nuevos Estados persistieron estructuras primario-exportadoras, una distribución desigual de la tierra y una inserción internacional condicionada por la demanda de los mercados externos.
Los problemas actuales de los países americanos no pueden atribuirse exclusivamente a acontecimientos de hace más de cinco siglos. Sin embargo, estudiar la formación de sus estructuras económicas y sociales permite comprender mejor algunas de las restricciones que condicionaron su evolución.
La historia como campo de debate
Madre Patria plantea una pregunta pertinente: hasta qué punto las sociedades interpretan su pasado a través de categorías elaboradas por otros. Las respuestas de Gullo deben examinarse críticamente, como corresponde a un ensayo que defiende una tesis histórica y política definida.
No necesitamos una historia destinada a justificar a España ni otra que convierta toda la experiencia colonial en una explicación única de los problemas americanos. Necesitamos conocer los hechos, confrontar las fuentes y reconocer las distintas experiencias de quienes participaron en la formación de nuestras sociedades.
Los pueblos originarios no son una presencia confinada al pasado. Forman parte de las sociedades contemporáneas y sus derechos, culturas y territorios siguen siendo cuestiones centrales. La historia española, por su parte, es una de las dimensiones que permiten comprender la formación de buena parte del continente, aunque no agota su diversidad.
El 12 de octubre ofrece una oportunidad para discutir ese pasado sin convertirlo en una disputa entre orgullos y culpas heredadas. Conocer la historia implica reconocer sus aportes y sus tragedias, sin ocultar unos para destacar los otros.
La pregunta no es solamente qué ocurrió en 1492. Es cómo se transformó América, qué relaciones de poder marcaron su desarrollo y qué podemos aprender de esa experiencia para construir sociedades más justas, productivas y soberanas.
El sentido de la conmemoración debería encontrarse en esa discusión.
