“Ni yerba de ayer secandose al sol”

Como en los tangos de los años treinta, la crisis economica volvió a sentirse en la mesa de los argentinos. Mostradores que despachan pan por monedas, cortes vacunos en el piso de consumo más bajo en dos décadas y una leche que encuentra en la exportación el destino que el mercado interno ya no puede consumir.

Por Antonio Muñiz


El pan que se compra por monedas

En los mostradores de las panaderías argentinas ya no se pide medio kilo. Se entra con un billete y se pregunta qué alcanza. La escena, repetida en miles de comercios del país, resume con más precisión que cualquier índice el estado del consumo popular a mediados de 2026: una economía donde la caída del poder adquisitivo dejó de manifestarse en los productos superfluos para instalarse en la base misma de la dieta.


“La situación de los panaderos de la República Argentina es crítica. Seguimos en caída libre. Hace dos años y medio nos sentamos en un tobogán y no paramos de caer”, describió Martín Pinto, presidente de la Federación de Panaderos de Merlo y referente de CIPAN.


 

Según su relato, las ventas de pan tradicional retrocedieron entre 50% y 60% en los últimos dos años y medio, mientras que las de facturas, tartas y pastelería —los productos de mayor margen para el sector— se derrumbaron entre 85% y 90%.

 

El consumo masivo retrocedió 4,9% y encadenó nueve meses a la baja. 

 

El deterioro no fue lineal. Primero desaparecieron los consumos considerados prescindibles; después empezó a recortarse el pan común, uno de los alimentos más arraigados en la mesa argentina. Pinto identificó al sector más golpeado: “La mayor clientela que perdimos en nuestros negocios son los jubilados. Con esta crisis dejaron de comer pan, porque tienen que elegir entre comer o comprar los remedios”. El dirigente describió además un fenómeno que se volvió habitual sobre el cierre de la jornada, cuando los locales reciben más consultas por mercadería remanente que por ventas: “Hoy viene más gente a pedir al final del día que la que viene a comprar”.

La contracara de la caída en las ventas es una estructura de costos que no cede al mismo ritmo. “En estos dos últimos años nos aumentó el gas un 800%, la luz un 1.200%, el agua un 1.400%”, enumeró Pinto, quien calculó que un alquiler de entre uno y dos millones de pesos, sumado a las tarifas y a un empleado que cuesta cerca de 2,35 millones de pesos entre sueldo y cargas sociales, vuelve inviable sostener la actividad a pleno. El resultado es una industria que opera cerca del 50% de su capacidad, con cierres que Pinto estima en unas 2.850 panaderías y 17.000 puestos de trabajo perdidos en los últimos años, y con la aparición de circuitos informales —“cuevas de pan” elaboradas en garajes y comedores de casas particulares— que el propio dirigente atribuye no a una falla del panadero sino a las condiciones que le impone el contexto.

La carne, en el piso de dos décadas

El mismo patrón de ajuste sobre bienes esenciales aparece en la carne vacuna. Según un informe de la Cámara de la Industria y el Comercio de Carnes y Derivados de la República Argentina (CICCRA), el consumo aparente cayó 11,5% interanual en el primer semestre: entre enero y junio el mercado interno absorbió 1,02 millones de toneladas, unas 131.830 toneladas menos que en igual período de 2025. El promedio móvil de los últimos doce meses se ubicó en 47 kilos por habitante al año, 8,2% por debajo del año anterior.

La explicación está en los precios relativos. Mientras la inflación general se desaceleró en junio y acumuló 33,4% interanual, el rubro carnes y derivados subió 45%, y los cortes vacunos en particular treparon 53,6% en doce meses —18,3 puntos más que el pollo, que avanzó 29,9%—. Con la demanda interna retraída, la producción encontró salida en el mercado externo: el consumo doméstico pasó de representar el 75,6% de lo producido a 71,4% en un año, mientras las exportaciones crecieron 10,2% en volumen, impulsadas por la ampliación de la cuota hacia Estados Unidos. Es la lógica de un mercado que, ante la caída del salario real, privilegia la colocación externa por sobre el abastecimiento interno.

 

La carne vacuna cayó 10,5%, y acumula más de un año en contracción continua (13 meses).

 

El ajuste también golpeó al eslabón industrial. En Mar del Plata, los obreros del frigorífico ex Sadowa se manifestaron por despidos sin indemnización y aguinaldo impago; el gremio ya elevó la denuncia al Ministerio de Trabajo bonaerense. En Villa Gobernador Gálvez, en cambio, el Frigorífico Euro reabrirá tras nueve meses de parate, con un acuerdo que reincorpora personal de manera gradual —una señal de que la crisis del sector no es uniforme, aunque su tendencia de fondo sí lo es.

Leche: exportar el excedente que el mercado interno no puede pagar

El tercer vértice de la canasta básica muestra el mismo mecanismo con otro ritmo. Jorge Giraudo, director ejecutivo del Observatorio de la Cadena Láctea Argentina (OCLA), explicó que el precio pagado al productor acumula un retraso de 18 puntos frente a la inflación, producto de una sobreoferta doméstica que no logra ser absorbida por un consumo interno debilitado.


“La torta de ingresos de la población se está dirigiendo hacia otros gastos fijos, como son agua, gas, luz, transporte público, alquiler de la vivienda, y eso restringe el destino de recursos para el rubro de alimentos y bebidas”, señaló Giraudo.


El consumo per cápita, que había llegado a 188 litros en 2022 y cayó hasta 20% en algunos meses de 2024, recuperó el nivel agregado pero con una composición más básica de productos. En el surtidor, el litro de leche fresca en sachet en el Gran Buenos Aires pasó de $1.655,28 en enero a $1.998,81 en julio, una suba de 20,7%. En términos interanuales, sin embargo, los lácteos treparon cerca de 24%, por debajo del 33,8% del IPC general y del 34,5% de alimentos y bebidas no alcohólicas: la leche se encareció menos que la inflación general, pero ese alivio relativo convive con un consumo que sigue exportando el margen que el mercado interno no puede pagar. Giraudo anticipó que, de sostenerse la tendencia, 2026 cerrará como año récord de exportaciones lácteas.

El patrón se repite en la yerba mate.

El consumo interno cayó de 285,4 millones de kilos en 2023 a 266,8 millones en 2025 —un retroceso del 6,5%, que en términos per cápita ronda el 7,6%, ya que cada argentino consumió en el último año casi medio kilo menos que en 2023—, mientras las exportaciones treparon a un récord de 57,9 millones de kilos. La paradoja exportadora tiene una explicación directa en el precio, entre diciembre de 2023 y enero de 2026 el valor de la yerba en góndola cayó 45,7% en términos reales, y ese abaratamiento —que vuelve a la yerba argentina más competitiva que la brasileña o la paraguaya en el mercado externo— se trasladó hacia atrás en la cadena hasta dejar a los productores de hoja verde cobrando menos de la mitad de su costo de producción. El mate, el gesto más cotidiano del consumo argentino, terminó incorporado a la misma dieta del ajuste que ya alcanzaba al pan, la carne y la leche.

Un consumo que no logra despegar

Los relevamientos agregados confirman que no se trata de fenómenos sectoriales aislados. El Índice de Precios al Consumidor que elabora la Universidad de Palermo mostró una caída acumulada de 2% en el primer trimestre de 2026 respecto de igual período de 2025; la consultora Scentia registró una retracción de 2,1% en el primer bimestre, más marcada en las grandes cadenas (-4,6%). El consumo de carne cayó 10% en el primer trimestre y tocó el menor nivel en dos décadas, mientras la venta de electrodomésticos retrocedió 1,5% en enero-febrero, según Nielsen.

El correlato de ese retroceso aparece en las decisiones de consumo durable: la patente de motos subió 44,4% en el primer trimestre, con marzo como el mejor mes histórico (+54,8%), impulsada por su mayor accesibilidad frente al automóvil y el crecimiento del trabajo por cuenta propia; en simultáneo, la venta de vehículos 0 km cayó 3,1%, según Acara.

El desplazamiento desde el bien de mayor valor hacia el de menor costo —igual que la migración del kilo de pan a la flauta suelta, o del asado al alimento más económico— es el mismo movimiento en distintas escalas: una economía familiar que administra la escasez recortando primero lo prescindible y, cuando eso no ya no alcanza, ajustando lo indispensable.

Fuentes: Resumen Latinoamericano, Perfil, La Izquierda Diario, Conclusión, Clarín, Rebelión, CICCRA, OCLA, Universidad de Palermo, Scentia, Nielsen, Acara, CEPA. 

 


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