«Hoy la soberanía política requiere de una soberanía tecnológica»

Es decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad Católica de La Plata, profesor titular en la Universidad Nacional de La Plata, filósofo especialista en ciencia, tecnología y pensamiento nacional, y referente de la Mesa Federal por la Ciencia y la Tecnología, espacio que ahora enfrenta el desmantelamiento del sistema científico argentino. Santiago Liaudat estuvo en Montevideo recientemente y habló con Brecha sobre la necesidad de vincular la ciencia y la tecnología al pensamiento latinoamericano. Porque «la dependencia tecnológica es el corazón de la dependencia», sostiene.

Santiago Liaudat. – Federico Gutiérrez.

 

—¿Por qué es relevante pensar la ciencia y la tecnología desde una perspectiva geográfica, política, geopolítica y socialmente situada, cuando se supone que son asuntos más bien universales?

—Esta es una discusión que en nuestro continente se remonta, por lo menos, a los años sesenta. En ese momento la ciencia y la tecnología todavía estaban dominadas por un modelo positivista, o neopositivista, que empezaba a resquebrajarse. En 1962 aparece La estructura de las revoluciones científicas, de Thomas Kuhn, y luego otras miradas que van a ir cuestionando ese modelo. Y ya en los años sesenta y setenta se empezó a ver que la perspectiva que tenemos de la problemática incide en el modo en que esa problemática se configura. Esta reflexión atravesaba distintos ámbitos del saber –teoría de la dependencia, pedagogía del oprimido, filosofía de la liberación, teología de la liberación– y entonces ubicarse desde América Latina, desde la periferia, desde los países en proceso de liberación era crucial, indicaba que nuestra comprensión del mundo debía siempre estar orientada a la transformación. Hoy es casi de Perogrullo: la ciencia y la tecnología no son neutrales. Esta idea se ha actualizado en torno a los algoritmos y las plataformas; es cada vez más evidente que detrás del diseño tecnológico hay valores, relaciones de poder. La situacionalidad da una orientación determinada al pensamiento latinoamericano de ciencia y tecnología, que siempre tendió a pensar soluciones a los problemas, a producir herramientas políticas, de gestión. Nuestro pensamiento siempre ha sido un pensamiento que estuvo fuertemente orientado a la transformación, a la praxis.

—Ese movimiento fue a la vez heterogéneo e integrado –había ideas y núcleos diferentes en distintos lugares–, pero también había elementos comunes, intereses compartidos.

—Por supuesto, hay idiosincrasias nacionales que uno puede identificar en los pensadores, pero creo que el rasgo paradigmático de la época o característico fue su regionalización: era realmente latinoamericano. Recordemos que era una época de exilios, de redes internacionales vinculadas también a los partidos de izquierda o a corrientes intelectuales, de pensamiento crítico. Había una dinámica de latinoamericanismo en el pensamiento. Tenía un vínculo muy fuerte sur-sur con India, Corea, Egipto, Senegal y también con Europa, e impactó con potencia a través del Grupo de los 77 en la conferencia de Viena del año 1979 sobre la transferencia tecnológica.

Al mismo tiempo, uno podría decir que hay idiosincrasias por región. Es decir, una serie de problemáticas que se dan en contexto latinoamericano, pero asumen un perfil propio. Estoy pensando que, en el caso argentino –vinculado a un proceso de industrialización relativamente avanzado para el contexto regional–, tenés un variopinto arco de autores. Desde Oscar Varsavsky, que tiene una posición muy crítica, en diálogo con el marxismo, hasta autores provenientes de corrientes más reformistas, como Jorge Sábato, y miradas más desarrollistas; y en el medio, peronistas, como Rolando García o Amílcar Herrera. Pero todos tienen una preocupación por la soberanía y la autonomía tecnológica, no como aislamiento, sino como forma de disputar quién decide el destino tecnológico de un país. Entre estos autores, al principio hubo una discusión acerca de la inserción del sistema científico latinoamericano en un esquema mundial, casi como un subsistema dependiente –diagnósticos que se conservan casi en su totalidad–, que luego evoluciona hacia una reflexión sobre el papel de la tecnología.

Sábato es muy claro: entiende que en la dimensión tecnológica es en la que, en definitiva, se consolida la dependencia. Dice que hay cosas que hay que comprar, otras que copiar y otras que desarrollar. Es pragmático en la resolución, pero siempre con un horizonte de proyecto nacional enmarcado en una idea de país, de sociedad, de autonomía tecnológica como medio necesario para que no sean las corporaciones ni los agentes globales los que determinen tus posibilidades de desarrollo.

Ahí hay un concepto importante: autonomía científica y tecnológica como opuesta a la dependencia. Ellos se preguntan: ¿Cómo rompemos la dependencia? Tenemos que tener capacidad de decisión. Si no la tenemos, alguien está decidiendo por nosotros, en función de sus propios intereses.

—Esta discusión podría trasladarse al presente.

—Exacto. Pensemos en el capitalismo de plataformas. Somos absolutamente dependientes de las plataformas que consumimos. Nuestra población está inmersa: proveemos datos, consumimos contenidos. Entonces, ¿cómo peleamos contra ese monstruo? Avanzando en soberanía de decisión. Y con base en esa soberanía de decisión, habrá distintos caminos. Necesitás tener soberanía popular y política, pero hay que entender también que hoy la soberanía política requiere de una soberanía tecnológica.

Creo que la agenda de este movimiento está más vigente que nunca. Si recorrés una universidad latinoamericana, vas a ver una matriz cientificista dominante, que adopta los temas de la agenda internacional y se acopla a una producción científica guiada por las grandes revistas de su campo, que no se pregunta por la vinculación entre lo que hace y su entorno social. Y eso está en Ciencia, política y cientificismo, de Varsavsky, del año 1969.

Conceptos como los de política implícita y explícita, de Amílcar Herrera, refieren a cambios que a veces se producen en lo explícito –en este caso, de las misiones, de las instituciones, de los discursos–, pero que no se trasladan a las prácticas. Por ejemplo, en los gobiernos populares de inicio del siglo XXI había una intención de reorientar la ciencia, pero en los hechos encontrás este mismo desacople que Herrera identificó hace 50 años.

Ni hablar del triángulo de Sábato y [el politólogo Natalio] Botana, una propuesta de interacción sinérgica entre el Estado, las instituciones y la producción para lograr que el conocimiento local tenga un uso local. Esto mantiene una vigencia total.

—Y la alternativa que proponían no era replegarse en lo local y dejar lo universal a los países del centro: daban respuestas al universalismo del centro con un particularismo universal, podríamos decir.

—Es que el de ellos, el del centro, también es un particularismo universal. Este punto es muy importante. Cuando hago formación con movimientos sociales o sindicatos siempre digo que no se queden discutiendo la agenda de la pobreza, que discutan también la agenda de la riqueza, que no discutan las migajas, sino la torta. Aquellos pensadores no se quedaron discutiendo las migas: entraron a discutir el pastel. Y a veces asumimos nuestra condición dependiente de manera pasiva y somos, en todo caso, aplicadores de teorías del norte, sucursaleros –como dice Enrique Dussel– tratando de hacer la adaptación local o buscando la anomalía local que no se adapta a la teoría universal. Abandonamos la discusión universal.

—Más recientemente, cuando se intentó fortalecer los sistemas científicos, hubo una profesionalización que en verdad potenció la ciencia y la tecnología locales, pero en muchos aspectos implicó adoptar mecanismos de valoración y legitimación creados desde el norte.

—Comparto totalmente. En Argentina tuvimos una inyección de recursos en contextos de vacas gordas y matriz distributiva orientada al desarrollo, con un Estado presente. Se destinaron recursos importantes a la universidad, a la ciencia y a la tecnología, pero no fuimos capaces de esa discusión epistemológica. El horizonte de autonomía tecnológica no era compartido como en los años setenta. Vos tenés que cambiar una lógica. Esa inyección de recursos debió haber sido en absoluto subordinada al cambio de una lógica. Eso no ocurrió. Y de repente la evaluación por papers y la idea de hacer la carrera por prestigio acentuó ese dualismo estructural de una universidad que empezó a engordar, a crecer, a tener recursos, mientras un sector de la sociedad lo vio de afuera y fue distanciado. A la vez, no se tuvo la capacidad de dar respuesta a una serie de nudos que la sociedad percibió como problemáticos. Hay un déficit de ambas partes: del propio sistema, en no dar respuesta e integrarse mucho más profundamente a la sociedad, y también de la sociedad, que se ha despolitizado. Hoy la destrucción del sistema científico tecnológico no es una preocupación central de la sociedad. El hecho es que hace 50 años que todas las teorías económicas ven que el factor científico-tecnológico es la variable clave en la geopolítica y economía. Entonces, que un país destruya sus capacidades científico-tecnológicas es una condena al suicidio colectivo.

—En la actualidad, los sistemas científico-tecnológicos son globales. ¿Cómo se puede reivindicar la soberanía, lo nacional, lo regional en esta clave de particularismo universal en un contexto en el que las fronteras a veces parecen reliquias de otra época?

—La internacionalización de la ciencia es una realidad desde siempre; nunca conoció fronteras, no es un fenómeno contemporáneo. Pero hoy adquiere otra dimensión por las tecnologías digitales. Creo que es un dato de la realidad contra el cual no se puede ir, no tiene sentido. Porque expresa lo mejor de la humanidad: la posibilidad de colaboración entre distintas sociedades, distintas culturas, detrás de metas de conocimiento. Perder ese vínculo es también una firma de suicidio, es básicamente condenarte al oscurantismo.

Ahora, la internacionalización de la ciencia y la tecnología no es incompatible con procesos de identificación de prioridades nacionales. Incluso Estados Unidos, que es el corazón del sistema científico mundial, tiene absolutamente claras sus prioridades nacionales. Y no es un fenómeno del trumpismo, esto ya venía de antes. Recuerdo un discurso de [Barack] Obama en el que presentaba una agenda nanobiocognitiva para preservar la supremacía sobre China.

China planifica cada cinco años, incluso en metas más largas en temas específicos: a 10, 15, 20 o 30 años. Y ese camino no implica aislarse del estado del arte de esos temas en el mundo; todo lo contrario: mandan gente a formarse en distintos lugares para que vuelvan a China y fortalezcan la línea que ellos identificaron prioritaria en función de la etapa de desarrollo en la que están. Porque China hoy se propone competir en inteligencia artificial, en robótica, en transición energética, en los temas de frontera mundial. Hace 20 años no lo hacía, porque la etapa de su desarrollo era otra.

Ese es el camino: ¿Cuáles son los desafíos de conocimiento, la frontera interna del conocimiento?

—¿Y qué implicancias tiene eso para el desarrollo?

—Tanto que les gusta a los liberales hablar de déficit y superávit: América Latina tiene el 8 por ciento de la población mundial, pero el 3 por ciento de la producción científica. Producimos menos de la mitad de lo que deberíamos producir según nuestra población. Y, si sacáramos a Brasil del cálculo, estamos en la lona total, porque Brasil está en otra liga.

¿Y cuánto es el aporte latinoame-ricano a la producción tecnológica global? Es 0,1 por ciento. ¿Qué significa? Que si vos tenés un aporte medido en cantidad de patentes globales –que no es el mejor indicador, pero es del que disponemos–, quiere decir que el 99,9 por ciento lo estás importando. Es decir, prácticamente la totalidad de la tecnología que estamos utilizando es importada. Argentina es un exportador muy fuerte de soja, creo que Uruguay también. La tonelada de soja vale hoy 500 dólares, para decir un número redondo. ¿Cuánto vale este teléfono que tengo en la mano? Más o menos 500 dólares. ¿Cuánto pesa? 200 gramos. Es como decía el estructuralismo latinoamericano: deterioro de los términos del intercambio. ¿Cuánta soja tiene que vender Uruguay para poder ingresar los teléfonos que no produce porque no tiene la tecnología para hacerlo? Esto te lleva a una reprimarización. Te obliga a expandir la frontera agrícola, a sobreexplotar la tierra para poder sostener un nivel de vida según bienes de consumo que vos no tenés la capacidad de producir. La dependencia tecnológica es el corazón de la dependencia. Tenés que obtener dólares como sea para poder sostener este nivel.

—¿Y esto cómo se logra?

—De la noche a la mañana no va a ser. Pero Corea del Sur en los setenta tenía menos desarrollo que Argentina, y hoy nos supera ampliamente. Los países escandinavos tuvieron políticas nacionales que orientaban los sistemas científico-tecnológicos. Es que hablamos y pareciera que estamos todos de acuerdo. Pero después, en los hechos, no se modifican las prácticas. Es una discusión que tiene 50 años y es muy poco lo que hemos avanzado. Este es un tema de urgencia. Si no, nuestros pueblos no tienen futuro. ¿Hasta dónde podés sostener un esquema en el que tu exportación es básicamente de bienes primarios sin valor agregado? Y el valor agregado es, en esencia, ciencia y tecnología. Esa soja que vos exportás en bruto es procesada en China y obtienen 20 subproductos, y la semilla es tecnología alemana o estadounidense. Los sindicatos, los movimientos sociales, los universitarios, todos demandamos una parte mayor de la torta, lo cual es lógico, genuino y válido. Pero, si esa demanda no está acompañada de un cambio estructural en lo productivo, es una demanda insostenible en el tiempo. En contexto de vacas gordas, podés distribuir, pero ¿qué pasa cuando vienen las vacas flacas? Y son variables que no manejamos porque son internacionales, dependemos de una guerra o de la bolsa de Chicago. El que tiene autonomía tecnológica, agregación local de valor, estrategias de desarrollo claras, tiene mayor resiliencia a esas vulnerabilidades externas.

—También está el problema de la escala.

—La única posibilidad de que América Latina avance en la economía de plataformas, por ejemplo, es uniéndose, empezar a tener centros de datos soberanos de América Latina, pero no por país, porque no tenemos la capacidad financiera ni técnica para sostener centros de datos soberanos para los datos de nuestras poblaciones a la escala que se necesita para competir con los de datos de Google o Amazon. Podríamos pensar en el Mercosur, que es una estructura muy consolidada. ¿Por qué no podemos pensar en un centro de datos latinoamericano, en un país como Uruguay, que es superestable? Entonces, podrías disponer de la información pública y estratégica, con la escala necesaria. Por la escala, la integración regional y la unidad latinoamericana en estos temas son cruciales.

 


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