Un estudio del Boletín Informativo del grupo que preside Paolo Rocca retrata una estructura fabril partida en tres velocidades, cuestiona la asimetría del RIGI y advierte sobre el impacto de la nueva ola de sobrecapacidad china.
DATA POLITICA Y ECONOMICA·
No lo dice Paolo Rocca en una conferencia de prensa. Lo dicen dos economistas, en una publicación técnica que el mayor grupo industrial del país sostiene desde hace décadas y que rara vez sale de los círculos especializados. Pero el diagnóstico que despliega la edición de agosto del Boletín Informativo Techint funciona como una fotografía nítida de cómo piensa la conducción del holding la actual encrucijada económica, y qué le exige al Gobierno de Javier Milei antes del próximo seminario anual del grupo, previsto para el 27 de agosto.
El estudio lleva la firma de Diego Coatz, director ejecutivo de I+D (Industria y Desarrollo) y ex economista jefe de la Unión Industrial Argentina, y de Bernardo Kosacoff, profesor de la Escuela de Negocios de la Universidad Torcuato Di Tella y ex director para la Argentina de la Comisión Económica para América Latina. Ambos coinciden en un punto de partida poco frecuente puertas adentro del oficialismo: más de una década de estancamiento y volatilidad macroeconómica erosionó los incentivos a la inversión, debilitó el empleo formal y fragmentó la estructura productiva.
La frase que condensa el argumento central aparece temprano en el texto: contar con una estructura industrial diversificada es, para los autores, un privilegio estratégico que pocos países en desarrollo conservan con la profundidad que todavía exhibe la Argentina. No es una consigna sectorial. El sector fabril representa el 19% del valor agregado bruto, el 19% del empleo y más del 22% de la masa salarial total —por sus mayores niveles de remuneración y formalidad—, aporta el 27% de la recaudación tributaria y concentra el 54% de la inversión privada en investigación y desarrollo. Son números que, leídos junto a la caída de 6.517 empresas industriales (11%) desde 2011 y de 150.245 puestos de trabajo fabriles desde 2013, describen un tejido que retrocede en cantidad sin perder, todavía, su peso relativo en las variables que más importan para el desarrollo.
Tres velocidades, una misma economía
El corazón analítico del documento es la descripción de una fragmentación productiva que el estudio bautiza como las «tres Argentinas»: un núcleo moderno exportador, cercano a la frontera internacional de productividad; un sector intermedio, orientado al mercado interno, con capacidades valiosas pero tecnológicamente rezagado; y un sector informal de baja productividad que crece y profundiza la fractura social. La distancia entre esos tres pisos no es solo un problema distributivo. Es, sobre todo, un obstáculo para que los aprendizajes tecnológicos y organizacionales que genera el núcleo más avanzado se derramen sobre el resto del entramado productivo, el mecanismo que en cualquier proceso de desarrollo exitoso permite que la modernización de una punta del sistema arrastre a las demás.
Ese diagnóstico tiene una consecuencia de política inmediata: el documento sostiene que es necesario superar el falso dilema entre apertura indiscriminada y protección ineficiente, una fórmula que interpela tanto al recetario de desregulación irrestricta como a la tentación de blindar sectores sin exigirles mejoras de productividad. Lo que Techint reclama es una arquitectura de política industrial capaz de diferenciar entre sectores con potencial de escalar —energía, minería del litio y el cobre, agroindustria, bioeconomía, y también actividades de alta sofisticación como la farmacéutica, la biotecnología, la industria nuclear y satelital— y actividades que requieren otro tipo de intervención para no perpetuar el atraso.
Los costos que no se ven en el tipo de cambio
El estudio dedica buena parte de su desarrollo a los llamados factores sistémicos, es decir, a los costos que no dependen de la eficiencia interna de cada empresa sino del entorno en el que opera. La carga tributaria sobre el sector formal roza el 50% en algunos rubros; los impuestos explican casi el 40% del precio final de los bienes metalúrgicos producidos en el país, una brecha 5,2 puntos porcentuales mayor que en Brasil y 10,6 puntos mayor que en México. Un tercio de esa carga, según los autores, corresponde a tributos calificados como distorsivos —el impuesto a los débitos y créditos bancarios y los ingresos brutos, entre los más citados—, que penalizan la actividad con independencia del resultado económico de cada firma.
A ese cuadro se suma una infraestructura logística que encarece los costos de transporte en un 43% respecto del promedio regional, producto de una matriz fuertemente desequilibrada: el 91% de la carga se mueve por camión y apenas el 5% por ferrocarril, contra un 30% de participación ferroviaria en Estados Unidos. El costo de la energía eléctrica industrial, pese al potencial de Vaca Muerta, todavía duplica al de Estados Unidos. Y el sistema financiero completa el cuadro de restricciones: el crédito al sector privado representa apenas entre el 12% y el 14% del producto, frente al 72% de Brasil o al 109% de Chile, una brecha que limita la capacidad de evaluar proyectos de mayor riesgo y termina reemplazando el análisis de rentabilidad esperada por esquemas basados casi exclusivamente en garantías reales.
La innovación tampoco escapa a esa lógica de subinversión. Argentina destina apenas el 0,5% del producto a investigación y desarrollo, una fracción del esfuerzo de las economías industrializadas, y ese gasto además está invertido: cerca del 70% lo ejecuta el sector público y solo el 30% el sector privado, una proporción opuesta a la que exhiben los países desarrollados.
El nuevo shock chino
El estudio dedica un capítulo a lo que denomina «China Shock 2»: una segunda ola de sobrecapacidad industrial china caracterizada por subsidios masivos, dumping y precios predatorios que distorsionan la competencia global. El fenómeno no es una novedad para Techint —el tema atravesó los seminarios anuales del grupo en 2024 y 2025, este último con la participación del ex asesor comercial de Donald Trump, Robert Lighthizer—, pero el documento lo actualiza con un dato que ilustra la escala del problema: las medidas antidumping contra productos chinos pasaron de representar el 22% del total mundial entre 1995 y 1998 al 39% entre 2023 y 2025.
El seminario anual de Techint, previsto para el 27 de agosto, profundizará ese eje con dos invitados internacionales: Ricardo Hausmann, fundador y director del Growth Lab de la Universidad de Harvard, y Leland Miller, miembro de la comisión estadounidense de revisión económica y de seguridad con China y CEO de China Beige Book, que expondrá específicamente sobre las lecciones que ese nuevo shock chino deja para la Argentina.
Elogio y reproche al RIGI
El pasaje más político del documento es, sin embargo, el que analiza el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones. Ahí el estudio combina reconocimiento y objeción en un mismo movimiento: la creación del RIGI y su ampliación posterior al «Súper RIGI» constituye, para los autores, un reconocimiento implícito de que incluso en un esquema orientado al mercado, concretar grandes inversiones requiere una intervención pública activa que reduzca la incertidumbre y modifique la ecuación de rentabilidad de los proyectos intensivos en capital. Pero el mismo régimen exhibe, señalan, una asimetría de fondo: mientras los proyectos estratégicos de gran escala acceden a un paquete excepcional de beneficios fiscales, cambiarios y regulatorios, la amplia mayoría de las empresas argentinas —en especial las manufactureras, las pymes y los proyectos de menor escala— sigue enfrentando los mismos costos financieros elevados, la misma presión tributaria y las mismas restricciones regulatorias que existían antes de su sanción.
La conclusión del trabajo evita el tono de manifiesto sectorial y apunta a una síntesis: el desafío de la industria argentina en este siglo no pasa únicamente por atraer inversión de gran escala, sino por construir un entorno capaz de convertir los recursos naturales del país en empleo formal, exportaciones y progreso social, a través de una política industrial moderna, abierta a la competencia internacional pero sin ingenuidad frente al proteccionismo sofisticado que despliegan otras potencias. Esa es, en última instancia, la apuesta que Techint intenta instalar antes de que el Gobierno defina el rumbo de su segunda etapa de reformas.
