La consigna “nuestro hemisferio” revela una estrategia: sostener la primacía de EE.UU. desde el continente americano, mientras intenta conservar el control de la energía y la rutas del comercio global en plena disputa de hegemonía con China.
por Antonio Muñiz
Las “nuevas” formas del imperialismo estadounidense se parecen demasiado a las viejas. Solo cambió el contexto: hoy el adversario estructural ya no es la Unión Soviética, sino China; y el problema de Washington no es expandirse sin fricción, sino frenar una pérdida relativa de influencia económica y tecnológica. Por eso, el giro de Trump —exhibido en la idea de “nuestro hemisferio”— funciona menos como una ofensiva global clásica y más como una estrategia defensiva: replegarse sobre el continente americano, asegurarse posiciones claves, manejar recursos y sobre todo la energía como palanca sobre rivales y aliados.
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“Nuestro hemisferio” ordena una doctrina de control regional: esferas de influencia y disciplina política.
El dato que empuja ese repliegue es la competencia por la hegemonía global. China consolidó un peso comercial y de financiamiento en América Latina difícil de “desenchufar” por coerción. En Sudamérica, su lugar como principal socio comercial se volvió un hecho duro, y varios análisis coinciden en que la fuerza bruta no alcanza para expulsarla si Washington no compite con inversión, infraestructura y comercio real.
En ese marco aparece la doctrina: “This is our hemisphere”. El mensaje de Marco Rubio no es retórico; ordena prioridades. Informes recientes describen un enfoque de “esferas de influencia” que coloca a América como zona a controlar política, económica, comercial y militarmente, como un “corolario” actualizado de la Doctrina Monroe. Esa definición ayuda a leer por qué Venezuela y Cuba pasan al frente: son el terreno donde se demuestra capacidad de disciplina hemisférica.
La presión sobre Cuba ilustra el método contemporáneo: no hace falta invadir para imponer. La Casa Blanca formalizó la amenaza de aranceles a países que suministren petróleo a la isla, con el objetivo explícito de cortar energía y forzar negociación. Es coerción económica con efectos materiales inmediatos: energía, transporte, servicios. El imperio opera por aduana, sanción y logística.
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Irán es palanca doble: sostener control de Medio Oriente con Israel y tensionar el suministro energético asiático.
El capítulo Irán es el que conecta la hegemonía con el petróleo. Las amenazas de acción militar y el despliegue regional no se explican solo por el expediente nuclear: también buscan sostener el control de Medio Oriente —y, con él, del sistema energético— en alianza estratégica con Israel, y al mismo tiempo tensionar uno de los canales de abastecimiento que benefician a China. En términos geoeconómicos, presionar a Irán encarece el riesgo del Golfo, restringe márgenes de maniobra y puede afectar flujos energéticos que terminan mayoritariamente en Asia.
Ahí entra el punto clave: los “cuellos de botella” del comercio mundial. El Estrecho de Ormuz concentra más de un cuarto del comercio marítimo global de petróleo y una porción relevante del GNL; cualquier escalada impacta precios y rutas. Controlar ese tablero —por presencia militar, alianzas y capacidad de disuasión— es controlar el termostato energético global. Y en una disputa con China, esa palanca vale oro.
El repliegue “americano” también implica asegurar rutas comerciales estratégicas fuera del Golfo. Por eso crece la importancia de nodos como el Canal de Panamá , el Ártico, donde Groenlandia aparece como plataforma logística-militar y reserva de recursos críticos. También el avance sobre Tierra del Fuego, con su control sobre el estrecho de Magallanes y el acceso a la Antártida. No es capricho: es geografía aplicada a la competencia entre potencias.
Ormuz, Panamá, Tierra del Fuego y Groenlandia sintetizan la pelea por rutas: controlar el tránsito es controlar el poder.
Las implicancias inmediatas son políticas y económicas. Sube el riesgo geoeconómico, se aflojan los límites multilaterales y se instala una lógica de “excepción administrada”: presiones, sanciones y acciones puntuales que se justifican después, cuando el hecho ya está consumado. El escenario probable no es una guerra total permanente, sino una secuencia de hechos de fuerza —militares, financieros y comerciales— que reordenan jerarquías y disciplinan regiones estratégicas, con los recursos naturales, el petróleo y las rutas comerciales y militares como palancas centrales.
