Desaparición de la clase media y población sobrante

“El gobierno de Milei y sus políticas económicas colaboran con el derrumbe de la clase media, pero también avivan, como estrategia la fragmentación y atomización al impulsar los odios horizontales”.

Sacha Pujó *


La autopercepción de clase media de la sociedad argentina es un componente fundamental de su imaginario. Pero si antes los estudios mostraban que la gran mayoría de las personas se identificaban así, hoy en día parece estar disolviéndose ese imaginario de la mano de las transformaciones de la economía y, por ende, se genera una mayor coincidencia entre las propias percepciones de clase y la realidad de la estructura social.

El imaginario de clase media tiene su origen en el siglo XX. Según Adamovsky, quien escribió “Historia de la clase media argentina”, la expresión “clase media” comienza a circular públicamente en Argentina alrededor de 1919-1920. Luego se profundizó en un periodo particular de posguerra caracterizado por el surgimiento de la sociedad de consumo que permitió una creciente segmentación e individualización, y particularmente el ascenso social dado por una clase obrera que accedía a ingresos económicos relativamente altos, vivienda propia, vacaciones, obra social, vehículo, y a una serie de derechos efectivos. Asimismo los hijos podían progresar de la mano de la universidad pública de calidad, es decir que la desigualdad estructural de origen no determinaba el destino de las futuras generaciones, y de esa manera podía alcanzarse una sociedad armonizada sobre los valores de la igualdad y la justicia. Por eso la clase media pudo abarcar posiciones económicas diferentes unificadas en una expectativa compartida de integración y movilidad.

Quizá la razón de que haya permanecido ese imaginario tanto tiempo inmune a las transformaciones materiales que demolieron aquellas condiciones tiene que ver con que se trataba de un ideal aspiracional. Cabe añadir que cumplió, en distintos contextos, una función de diferenciación respecto de la clase trabajadora y de debilitamiento de las identidades colectivas basadas en el trabajo y lógicamente de la conciencia de clase. De hecho, retomando a Adamovsky, la clase media surge como un constructo político que fragmenta al pueblo trabajador, y delimita un sector que simbólicamente se identifica con una posición importante y de prestigio, por ejemplo entre intelectuales, profesionales, comerciantes o administrativos de trabajadores manuales.

Los primeros usos importantes de “clase media” tienen relación entonces con la preocupación por la radicalización obrera y la lucha de clases. La clase media funcionó durante décadas como un símbolo de desproletarización. En ese sentido en 1997 el viceprimer ministro inglés John Prescott, quien paradójicamente era del laborismo, dijo “ahora somos todos de clase media”. De esa manera se simplificaban las desigualdades al tiempo que se eliminaba cualquier antagonismo en la sociedad y se ocultaban los engranajes de dominación. Se postulaba un cambio en la forma en que el propio trabajador interpretaba su relación con el trabajo para despojarlo de cualquier conciencia de clase, y reemplazarlo por una identidad de pertenencia vinculada a consumos y estilos de vida al que cualquiera podía aspirar.

Hay que decir que nunca existió en los hechos una sociedad de clase media como una entidad con homogeneidad socioeconómica. Según un reciente estudio del Instituto Argentina Grande (IAG) elaborado a partir de los datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del Indec y registros del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA), la población económicamente activa actual se compone de 22,5 millones de personas, distribuida del siguiente modo: 9,6 millones de asalariados registrados (6,6 millones en el sector privado y 3 millones en el sector público); 5,7 millones son asalariados informales; 5,6 millones cuentapropistas (de los cuales 3,4 millones no facturan) y 1,5 millones de desocupados. Del mismo estudio se desprende que el 45,2% de los trabajadores no tiene aportes jubilatorios ni estabilidad.

Según el Indec,el 40% de la población se ubica en los deciles de menores ingresos, mientras que otro 40% integra un estrato medio y apenas el 20% se encuentra en los dos deciles superiores. Según esos datos oficiales la pobreza alcanzó al 28,2% de las personas en el segundo semestre de 2025. Pero en un estudio más reciente que se viralizó de la Consultora W, los datos muestran que más de la mitad de los hogares argentinos pertenece a la clase baja: 21% está en la pobreza (ingreso promedio de $1 millón) y 31% es clase baja no pobre (piso de $1,5 millones). El ingreso promedio familiar es de $2.800.000, pero el 78% de los hogares gana menos que eso. Solo el 5% integra la clase alta, con ingresos desde $9 millones mensuales.

La autopercepción de clase durante mucho tiempo fue superior a lo que sugería la escala de ingresos. Un estudio de Moiguer registraba que en 2004, tras el derrumbe de la convertibilidad, el 91% de los argentinos se consideraba de clase media. Incluso en 2024, cuando la estructura objetiva ya mostraba un fuerte desplazamiento hacia los sectores bajos, el 74% continuaba identificándose como clase media. En contraste, recientemente una medición del Monitor de Opinión Pública de Zentrix de 2026 encontró que el 50,2% ya se autopercibe como clase baja y 39,3% como clase media. A veces los cambios en las representaciones transcurren a otro tiempo que los tecnoproductivos y sociales.

El dato sociológicamente significativo no es que haya menos clase media y personas que se perciban como tal, sino que durante años la identidad de clase media fue mucho más amplia que la posición económica que supuestamente representaba. La clase media funcionó así más como una identidad aspiracional asociada al consumo, la educación, los viajes, el esfuerzo individual y la expectativa de progreso. Lo que pareciera estar cambiando ahora es que esa distancia entre posición objetiva y autopercepción empieza a reducirse y la sociedad puede reconocerse como tal sin el velo de la distinción identitaria. Es decir que ese imaginario ya no aparece ni siquiera como promesa porque no hay forma de sostenerla en un mundo que disuelve una seguridad de posición social para toda la vida, o al menos, estar a salvo de la pobreza con la perspectiva de proyección.

El gobierno de Milei y sus políticas económicas colaboran con este derrumbe de la clase media, pero también avivan, como estrategia política y de gobernanza, la fragmentación y atomización al impulsar los odios horizontales en la sociedad. La gran grieta parida en esta época es entre exitosos y fracasados, donde el éxito está medido por el valor de mercado, versus aquellos “subsidiados” o “parásitos” del Estado como el personal de salud, del sector científico y técnico, fuerzas de seguridad, administración pública, educación y servicios sociales. En este nuevo mundo social la desigualdad no sería algo malo ya que estaría basada en el mérito, en el esfuerzo, en el talento, y validada en el mercado. En este marco ya no hay una totalidad o grandes categorías que puedan explicar el malestar y las desigualdades, ya sea el imperialismo, la división en clases o la explotación. Por eso la idea de justicia redistributiva sería antinatural y considerada “una aberración”.

El resultado que vemos en este paisaje social es mayoritariamente trabajadores pobres, sobreexplotados con hasta tres empleos para vivir y endeudados, con la herencia como principal factor explicativo del destino socioeconómico. Al respecto, un informe de la Universidad Di Tella advierte que la pobreza, tomando la metodología del Indec,subió al 31,3% en el semestre marzo-agosto de 2026, y ya afecta a más de 9 millones de personas en áreas urbanas. Y esto ayuda a entender el aumento del endeudamiento y el pluriempleo. Según datos de Eco Go y la Universidad Austral, la morosidad crediticia lleva 21 meses consecutivos en aumento y ya alcanza al 18% del crédito total, 10,3 puntos porcentuales más que hace un año. Entre las personas, el 26,6% de los deudores registra algún nivel de atraso. La situación es aún más crítica en el crédito no bancario, fintechs y tarjetas no bancarias, donde la morosidad es del 31,3%, prácticamente el doble que la registrada en los bancos tradicionales, que llega al 15,8%.

El sociólogo Pierre Bourdieu define el habitus como disposiciones incorporadas en el proceso de socialización ya sea gustos, expectativas, consumos, valores o aspiraciones, que permiten adaptar al sujeto a su posición objetiva en la estructura social. Esto tiende a reproducir el orden social. Pero la pulverización de los ingresos durante varios años disuelve cualquier aspiración de pertenencia. En algunos casos podría pensarse que esa caída en la propia percepción social intenta entonces detenerse, y el sujeto toma deuda para seguir siendo quien era, para sostener una identidad. La deuda que es un dispositivo de conducción de conductas, permite ignorar temporalmente la nueva realidad, y seguir actuando como si las anteriores condiciones de existencia no se hubieran modificado. Finalmente llegaremos a un nuevo habitus del sujeto endeudado tras un proceso doloroso donde se modifica la propia percepción, la visión de futuro y los márgenes de libertad. O sea que la deuda entra como un puente de transición entre posiciones sociales, una mutación enorme ya que organiza ahora la existencia.

Del ascenso social a la población sobrante

Pertenecer a la clase media al menos como identidad prometía que el futuro sería mejor porque en el presente había un lugar desde el cual afirmarse y crecer. Por eso la caída de los asalariados formales y su reemplazo por los trabajadores “independientes” es la caída de la clase media. Este nuevo mundo social produce una sensación inversa ya que no solo las condiciones de vida empeoraron sino que nadie sabe con certeza si el lugar que ocupa hoy seguirá existiendo mañana. Y ahí aparece un dilema más inquietante que la pérdida de la clase media porque ya no está garantizado que exista un destino o lugar social para cada uno.

La sociedad que está creando el anarcocapitalismo se piensa más en términos individuales que de clases, y de esa manera da lugar a un nuevo binarismo de exitosos y fracasados. No se trata de casta versus “gente de bien” como vende de manual la internacional de derecha. Interpretar el destino de cada uno de esa manera sin ningún tipo de sentimiento de solidaridad ni contención colectiva conlleva a los trastornos de salud mental que ya se convirtieron en una epidemia, donde la soledad y los suicidios presentan actualmente cifras alarmantes. El individuo que es convocado a verse como empresario de sí mismo debe vivir bajo la posibilidad permanente de fracasar con el colapso mental que eso genera.

La conciencia de clase, por el contrario, es poder ver la totalidad que nos determina, el sistema de clases. Pero el capitalismo todo el tiempo intenta evitar esto, fragmenta, divide, individualiza, confunde, pone señuelos, enemigos imaginarios al que culpar como inmigrantes, trabajadores estatales o el feminismo, y nos impone una cultura del yo y del rendimiento. La conciencia de clase anulada por estos dispositivos deviene en una subjetividad que porta una conciencia de la posibilidad de ser reemplazado con la angustia y la incertidumbre que eso genera, sin un lugar al que aferrarse, una situación de extrema vulnerabilidad.

El capitalismo revolucionó el anterior orden feudal porque rompió con la rigidez estamental: somos todos formalmente iguales como ciudadanos y podemos crecer económicamente sin importar el origen social. Sin embargo en la actual etapa, la riqueza y el capital se concentran cada vez más en una cúspide global de multimillonarios y la herencia se transforma en el factor explicativo del destino de cada uno. Aquel ideal “clasemediero” que podía crecer firme sobre la base de la movilidad desapareció. Por eso el capitalismo necesita propagandizar los casos de “héroes” individuales que se hacen ricos para contrastar con la realidad de estancamiento. Así mantienen la ilusión de que todos podemos ser potencialmente exitosos.

Queda por preguntarse por el futuro al que vamos, un escenario potenciado con la combinación de múltiples crisis. No se trata solo de la desaparición de la clase media, sino de la idea misma de una posición social segura que se pueda ocupar durante la vida. Es decir que estamos en el medio de una transformación más profunda de la estructura social porque se está debilitando la idea de que existe para la mayoría una posición relativamente estable dentro de la sociedad.

Mientras se desarrolla la automatización y concentración del capital, la llamada “economía del cuidado” deberá ser la economía del futuro. En pocas palabras cuanto más eficiente y automática se vuelve la producción más importante debe tornarse el cuidado de los vínculos. Suele asociarse en relación con la educación y socialización de los niños, el acompañamiento, la escucha, la contención de ancianos, enfermos o personas dependientes. Pero este universo se podría ampliar radicalmente porque en esta sociedad de automatización creciente, todos somos potencialmente personas sobrantes que necesitan ser cuidadas, no necesariamente por una dependencia física, sino por una fragilidad del lazo social que lleva a una crisis existencial subjetiva.

La posibilidad de volverse prescindible se convierte en una condición misma de la época, que ni siquiera se trata de ser reemplazado por otra persona, sino por un agente maquínico IA, lo que hace que no haya un lugar seguro desde el cual pensarse y proyectarse. Y para enfrentar sus consecuencias, entre otras la idea de fracaso individual, resentimiento y odios sociales, el miedo a caer, la crisis de reconocimiento, incertidumbre a futuro, se deberá reformular de manera sustancial la economía y el modo de vida.

(*) Licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y magister en Políticas Públicas para el Desarrollo con Inclusión Social por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Autor del libro Subjetividad Confinada. La pandemia como hecho social catalizador de transformaciones (Ciccus, 2021).