El salón del Hotel Alvear reunía este jueves a banqueros, petroleras, mineras y cuatro gobernadores. Ante ese auditorio, el presidente Javier Milei cerró la 23° edición del Council of the Americas con una hora de cifras sueltas y una certeza repetida como mantra: nada de lo que le critican es cierto.
Mientras hablaba de una Argentina que crece al 4% y de una inflación que bajó el 85%, la misma tarde el riesgo país trepaba a 517 puntos —su nivel más alto desde mayo—, el índice de confianza del consumidor caía por el deterioro de la situación personal, y un grupo de familias endeudadas marchaba para reclamarle al ministro de Economía, Luis Caputo, alguna respuesta frente a la mora en préstamos y tarjetas. Dos películas del mismo país, proyectadas a la misma hora.
El Council of the Americas no es un auditorio cualquiera. Fundado en los años sesenta por el banquero David Rockefeller, nuclea a más de doscientas corporaciones financieras, energéticas y mineras con un objetivo declarado: la apertura de mercados y la integración comercial del continente bajo condiciones que sus miembros negocian entre sí. Que ese sea el escenario elegido para el relato del “milagro” argentino no es un detalle protocolar: es la confirmación de a quién se le rinden cuentas primero.
Ante ese público, Milei no necesitó explicar por qué cierran fábricas y comercios de a miles; alcanzó con una fórmula: los recursos “se reasignan”. La empresa que quiebra libera trabajadores y capital que, según el argumento, terminan en la firma más eficiente. El problema es que esa reasignación, cuando ocurre sobre una estructura productiva ya heterogénea, no reparte: concentra. No es la misma cadena de valor la que gana con la apertura y el ajuste que la que pierde, y el propio Presidente lo admitió sin quererlo cuando distinguió entre “empresas de una sola persona” que cierran y firmas que “contratan de repente diez personas”: una fotografía nítida de qué eslabón productivo se angosta y cuál se expande cuando el tipo de cambio, el crédito y la demanda interna castigan por igual a los que menos escala tienen para resistir.
El mandatario también ensayó una fórmula clásica de la política de ajuste: la culpa siempre viene de afuera. Un intento de golpe de Estado nunca comprobado, cuarenta leyes del Congreso, siete juicios políticos, diez mil deportados “tratando de pudrir la calle” y la complicidad de “empresaurios” y medios de comunicación explicarían, en su relato, por qué el crecimiento no se siente en el bolsillo. Es el mismo movimiento retórico que ensayan los gobiernos que comprimen la demanda interna para sostener el ajuste fiscal: cuando el consumo no repunta, la explicación nunca está en la política económica sino en enemigos que sabotean el rumbo correcto. La frase que mejor resume esa operación la dijo el propio Milei: “la foto sigue siendo horrible pero la película sigue siendo la mejor película de la historia argentina”.
“La foto sigue siendo horrible pero la película sigue siendo la mejor película de la historia argentina.”
Milei usó además el atril del Council of the Americas para instalar una correlación entre la interrupción voluntaria del embarazo y el desfinanciamiento del sistema previsional, al sostener que la caída de la natalidad compromete el mercado de trabajo y el régimen jubilatorio argentino. La proyección demográfica que exige más aportantes futuros para sostener un sistema de reparto es un problema real de cualquier economía envejecida, pero atribuirlo a una ley sancionada en 2020, con una tasa de natalidad en caída sostenida desde mucho antes y en países sin legislación similar, desplaza la discusión de fondo: qué proporción de la población económicamente activa está registrada, qué salario cobra y cuánto aporta. Es un problema de empleo formal y de ingresos, no de derechos reproductivos.
La defensa que hizo del ministro Federico Sturzenegger, arquitecto de la desregulación, tampoco eludió el insulto como recurso: llamó “sorete” y “mierda humana” a quien cuestione su gestión, y sostuvo que detrás de cada norma hay “un kiosco”. La consigna de que toda regulación esconde una renta indebida es funcional a un programa preciso: cada desregulación libera un beneficio, y ese beneficio no se reparte parejo entre quien tiene escala para aprovecharlo y quien no. El propio Milei lo dijo al pasar, sin buscarlo: desregular “les permite ser más competitivos” a quienes ya estaban en condiciones de competir. Al resto, a la pyme que necesitaba esa misma norma como piso mínimo frente al proveedor concentrado o el importador, la desregulación no la vuelve más libre, la vuelve más expuesta.
Cerca del final, Milei prometió que en treinta años la Argentina será un país grande si la sociedad abraza “los valores judeocristianos”. Entre el salón del Alvear y la calle donde marchaban los endeudados mediaba, esa misma tarde, apenas una distancia de unas cuadras. Y sin embargo, entre ambos escenarios corría la misma brecha que separa la foto de la película: un relato que necesita treinta años de fe para cumplirse mientras la economía real se mide en la mora de este mes, en la persiana que bajó esta semana, en el riesgo país que subió esta tarde. El mundo de fantasía no es una metáfora, es el nombre exacto de un relato que solo funciona si nadie mira lo que esta pasando en las calles.
