El mercado le pone límites a Milei

Dos de cada tres inversores rechazaron renovar deuda en dólares y el riesgo país perforó los 500 puntos. El peso fue la moneda que más se depreció en el mundo durante el último año, pero ni así logra despejar la sospecha de un tipo de cambio real atrasado.

 


El Ministerio de Economía salió a buscar el lunes que los tenedores de letras en dólares que vencen a fin de mes le renovaran el crédito y consiguió, según se reveló, que sólo tres de cada diez aceptaran. El resto —dos de cada tres inversores— prefirió cobrar y no reinvertir. El resultado inmediato se leyó en dos precios: el riesgo país, que había pasado meses moviéndose en una banda relativamente calma, superó los 500 puntos, y las tasas en pesos volvieron a subir para retener depósitos que empiezan a mirar la salida.

 

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La secuencia no es un incidente aislado. Un país cuyo Tesoro emite deuda en una moneda que no controla queda atado al humor de quien se la presta: si ese acreedor decide no renovar, el Estado tiene que salir a buscar los dólares en otro lado —reservas propias, nuevo endeudamiento, o una corrección cambiaria que abarate el costo relativo de pagar— y las tres alternativas tensionan la macroeconomía de un modo distinto pero igual de concreto. Cuando dos tercios de los acreedores deciden no esperar, el mensaje que emiten no es sobre el Gobierno de turno sino sobre la estructura: una economía que necesita divisas para pagar compromisos denominados en una moneda que produce en cantidades limitadas.

A esa tensión se le suma una segunda, más silenciosa. Según el mismo relevamiento, el peso fue, en los últimos doce meses, la moneda que más perdió valor frente al dólar entre las principales divisas del mundo. Debería ser, en cualquier manual ortodoxo, la prueba de que el tipo de cambio se acomodó. Sin embargo, el mercado sigue discutiendo si el dólar está atrasado. La contradicción tiene una explicación sencilla: la devaluación nominal corre, pero la inflación doméstica corre más rápido, y ese diferencial licúa buena parte de la competitividad que la corrección cambiaria debería haber generado. El peso se deprecia en la cotización y al mismo tiempo se aprecia en términos reales, porque los precios internos suben más que el dólar. Es la paradoja de una moneda que cae y un tipo de cambio que igual queda caro para quien exporta y barato para quien importa.


  •  La fuga de divisas alcanzó US$60.400 millones desde la asunción de Milei, casi el triple de los dólares acumulados por el BCRA en reservas.


Esa combinación —deuda en moneda extranjera que no logra renovarse y tipo de cambio real que no logra estabilizarse— es la que empieza a marcarle el paso a la política económica, más que cualquier anuncio oficial. El Gobierno puede subir tasas para frenar la corrida hacia el dólar, pero tasas más altas encarecen el crédito interno y castigan a la actividad. Puede convalidar una devaluación mayor para recomponer competitividad, pero una devaluación en un contexto de vencimientos en dólares eleva el peso de esa misma deuda medida en pesos y presiona sobre los precios que dependen de insumos importados. Cualquiera de las dos salidas tiene un costo que termina distribuyéndose entre quienes menos margen tienen para amortiguarlo: asalariados con salarios que no indexan al ritmo de la corrida, pequeñas empresas que financian capital de trabajo a tasas que ya rozan niveles prohibitivos.

El dato de los vencimientos de fin de agosto funciona, en ese sentido, como un termómetro más preciso que cualquier discurso. Cuando el propio mercado que compró el modelo de estabilización empieza a pedir tasas más altas para quedarse y renueva sólo una porción de lo que antes renovaba entero, la señal no es de desconfianza en el rumbo declarado sino de una cuenta que empieza a no cerrar: reservas que no crecen al ritmo de los compromisos, superávit fiscal que no alcanza a compensar la necesidad de dólares genuinos, y una brecha entre el tipo de cambio que el Gobierno necesita para pagar y el que la economía real puede sostener sin perder actividad.

La pregunta que queda abierta no es si habrá una corrección sino cuando y en qué términos se hará: ordenada, negociada con el propio mercado que hoy retacea la renovación, o forzada por una corrida que ya empezó a insinuarse en el salto del riesgo país. La diferencia entre una y otra no es menor para quien paga el ajuste.

 

 


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