«Astillas del mismo palo»

Economistas del establishment cuestionan el programa económico de Javier Milei. El diagnóstico, coincidente pese a las distancias entre sus autores, apunta al mismo lugar: falta de pesos, un dólar que no fija el mercado sino la Casa Rosada, y una economía que empieza a mostrar el costado que el propio Gobierno prefiere no mirar.

 


Treinta mil empresas cerradas y un cuarto de millón de puestos de trabajo registrados perdidos en dos años y medio. Esa es la cifra que Luis Palma Cané puso sobre la mesa para graficar, con números y no con consignas, por qué el esquema de Caputo llegó a un punto de agotamiento. El dato no proviene de un economista crítico del Gobierno por izquierda, sino de una de las voces del establishment financiero que hasta hace poco convivía sin sobresaltos con el programa libertario.

La lista de apellidos que se sumó en las últimas horas a poner en duda la sustentabilidad del modelo no es menor: Pablo Goldín, de Macroview; el propio Palma Cané; Carlos Melconian, ex presidente del Banco Nación durante el macrismo; y dos ex funcionarios del último tramo económico de Mauricio Macri, Hernán Lacunza y Guido Sandleris. Ninguno de ellos milita en las filas del kirchnerismo ni pertenece a la tradición estructuralista que el propio Gobierno denuesta a diario. Todos, sin embargo, coinciden en un mismo punto de fuga: el programa se está quedando sin oxígeno monetario.

 

Hernán Lacunza - Wikipedia, la enciclopedia libre

El dólar que no fija nadie

Goldín fue el más directo al describir el mecanismo. Al modelo, dijo, «le está fallando la falta de moneda, una cantidad suficiente de pesos en la calle y los bancos, para que la actividad fluya». Y agregó una definición que incomoda al relato oficial: «detener la inflación con la economía muerta no es un buen negocio». La secuencia que describe no es nueva para quien sigue de cerca la macroeconomía argentina: sin circulante suficiente, el consumo se retrae, la recaudación cae y el equilibrio fiscal, la vidriera predilecta del equipo económico, se vuelve más difícil de sostener sin apelar al ajuste puro.

El segundo cuestionamiento apunta a la mecánica cambiaria. Para Goldín, la estabilidad del dólar «no es el resultado de un mercado libre de oferta y demanda», sino de un tipo de cambio administrado por las autoridades mientras las empresas permanecen restringidas para operar en el mercado único. La distinción no es cosmética: separa el relato de la libre flotación que el Gobierno exhibe como trofeo de la realidad de un ancla cambiaria sostenida a fuerza de intervención.


«No es devaluar, es ir hacia lo que defina la oferta y la demanda», respondió Goldín cuando le preguntaron si la salida pasaba por una devaluación.


Una economía partida en dos

Palma Cané fue quien puso el eje en la geometría del daño, y lo hizo con un vocabulario que toma prestado de los manuales de macroeconomía para describir algo bastante más terrenal. «Tenemos muy poca liquidez, no hay crédito y hay sectores que no terminan de recomponer; es una dicotomía», planteó el lunes en diálogo con Radio Rivadavia, antes de bautizar técnicamente el diagnóstico: «esto se llama equilibrio inestable, porque está muy en el borde y cualquier movimiento en contra lo deteriora profundamente».

 

Multicrisis y corrida: el duro pronóstico de Luis Palma Cané

Luis Palma Cané

La construcción y la industria manufacturera aparecen, en ese diagnóstico, como las actividades más golpeadas por la escasez de crédito: la primera porque no puede funcionar sin financiamiento, la segunda porque depende del mercado interno que la política monetaria contrajo. A eso se suma el endeudamiento de las familias, con una mora de entre el catorce y el quince por ciento sobre la deuda vencida impaga, que Palma Cané resumió como «este desastre que es la mora».

El economista aportó además un dato que rara vez aparece en los discursos oficiales: en las principales encuestas de opinión, el empleo y el ingreso desplazaron a la inflación como la primera preocupación de los consumidores. «La inflación ha dejado de ser el principal problema y ha pasado a ser el empleo y el ingreso», afirmó, en una lectura que contradice el eje central sobre el que el Gobierno construyó su relato de éxito durante los primeros dos años y medio de gestión.

«Estoy totalmente en contra de aquella postura, que es un invento de este Gobierno, de que una cosa es la macro y otra cosa es la micro», cuestionó Palma Cané, y recordó que ambos planos del ciclo económico son inseparables del nivel de consumo y de empleo.

La distinción no es un matiz académico. Separar la macro de la micro es, en los hechos, la coartada con la que el equipo económico despega los indicadores agregados —inflación a la baja, superávit fiscal— de lo que ocurre en el territorio: fábricas que bajan la persiana, familias que no llegan a pagar el resumen de la tarjeta, comercios que ajustan turnos antes que sueldos. Palma Cané calificó esa separación como «una discusión abstracta», y la contrapuso a un problema que definió sin rodeos: «cómo salir de esta encerrona».

El callejón de Melconian

Carlos Melconian eligió la metáfora del embudo. El plan de Caputo, dijo, está entrando «en un callejón complicado», forzado a elegir entre objetivos que hasta ahora convivían sin fricción: bajar la inflación, acumular reservas y reactivar la actividad. «Ya no puede apuntar a todos los objetivos al mismo tiempo: tendrá que elegir», sentenció el ex titular del Banco Nación, que además advirtió que la estabilidad cambiaria, la política monetaria y la necesidad de sumar reservas «comienzan a entrar en tensión» entre sí y con la posibilidad de recuperar la actividad económica.

Carlos Melconian cuestionó el rumbo económico y pidió cambios en la estrategia del Gobierno.

El trilema que describe Melconian tiene una lectura de manual para cualquiera que haya transitado una crisis de balanza de pagos: cuando el financiamiento externo escasea y las reservas no alcanzan, sostener el tipo de cambio exige contraer la demanda interna. La cuenta, en algún momento, la termina pagando la actividad. Ese es, en definitiva, el diagnóstico que comparten estos economistas, aunque no coincidan en las palabras exactas para describirlo.

El fantasma de 2001

La discusión más filosa se dio, sin embargo, en torno a otra decisión del Gobierno: la flexibilización del crédito bancario en dólares para empresas y personas que no generan divisas con su actividad. Hernán Lacunza fue tajante: «Ya hicimos eso a fines de los noventa y terminamos con la pesificación asimétrica, no cometamos los mismos errores».

 

Guido Sandleris - Wikipedia, la enciclopedia libre

Guido Sandleris

Guido Sandleris completó el argumento con precisión técnica. Recordó que después de la crisis de 2001 se dividió al sistema bancario en dos segmentos —pesos y dólares— aislados entre sí, de modo que los depósitos en moneda extranjera solo pudieran prestarse a quienes también generaban esa moneda. «El objetivo era evitar que una fuerte depreciación del peso volviera impagables esos créditos», explicó, y remarcó que esa regla permitió atravesar todas las crisis cambiarias posteriores «sin sufrir una crisis bancaria». La lección, insistió, «no fue casualidad».

Habilitar de nuevo ese descalce entre ingresos en pesos y deudas en dólares no es un detalle técnico menor: es reabrir una puerta que el sistema financiero argentino cerró con sangre, sudor y ahorros licuados hace un cuarto de siglo. Que la advertencia venga de dos funcionarios que integraron un gobierno abiertamente favorable a la apertura financiera le agrega un peso específico que ninguna interpelación opositora podría igualar.

La otra cara del diagnóstico

El reclamo de este sector del establishment por mayor liquidez circula, en paralelo, con una objeción que rara vez aparece en los mismos micrófonos: la de que emitir más pesos, sin una discusión de fondo sobre hacia dónde va esa plata, puede reactivar el consumo de corto plazo sin tocar el problema estructural. La escasa inversión productiva del capital concentrado local, la preferencia por la renta financiera y la fuga sistemática de utilidades hacia el exterior no se corrigen con un giro en el grifo monetario si las reglas de juego que premian esa lógica permanecen intactas.

Treinta mil empresas cerradas en dos años y medio no hablan solo de un problema de circulante: hablan también de una estructura productiva que, aun con pesos de sobra, sigue sin encontrar del otro lado quién esté dispuesto a apostar por producir antes que por especular. Ese costado del debate, menos audible que el reclamo por liquidez, es el que explica por qué ningún ajuste de política monetaria, por sí solo, cierra la cuenta pendiente de la economía argentina.

Pablo Goldín, de Macroview: “El dólar bajo llegó para quedarse, pero habrá que ver cuánto dura” - Infobae

Pablo Goldin

Lo que queda planteado, en definitiva, es una fractura que atraviesa al propio bloque que sostuvo el ajuste desde el primer día. Cuando el diagnóstico de insostenibilidad deja de ser patrimonio de la oposición y empieza a circular entre quienes diseñaron los libretos económicos de los últimos gobiernos no peronistas, la pregunta deja de ser si el modelo tiene límites y pasa a ser cuánto falta para chocar contra ellos.

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