Mateando con el “Pelao” Enrique Angelelli,

Agosto.  Mes de la Pachamama pero, sobre todo, el mes en el que en estos 50 años recordé siempre al Padre Obispo, el “pelao”, Enrique Angelelli.

Alberto Croce.

4 de agosto de 2026


Este año y en este aniversario, se me ocurrió que podría juntarme a matear con él y hacerle un “reportaje” que luego podría compartir con amigos y compañeros de camino.

El desafío era cómo hacer para juntarnos

Él, desde donde está, disfrutando del infinito amor que viven los que alcanzaron la meta y dieron su vida por la justicia y yo, que sigo peleándola desde aquí, inspirándome en su ejemplo y buscando el camino y embarrándome casi todos los días…

Quedamos en hacer “la juntada”  una tarde de principios de agosto. Así que mate y tortillas de por medio, como no podría ser de otra manera, me encontré con él con ganas de preguntarle muchas cosas.

El está con su sotana gastada, a lo cura Brochero, y con su poncho rojo riojano y martirial. Tiene una boina negra en la cabeza que le disimula un poco su pelada.

Mientras charlamos, sonríe, sobre todo cuando le hago las preguntas,   pero también se pone serio en muchos momentos de esta charla que, más que “virtual” yo llamaría espiritual.

Estamos en un escenario que tiene un paisaje extraño: edificios grises y altos, cardones inmensos, rayos de sol, llanos calurosos, veredas húmedas y benteveos cantores… de un lado el Cerro Velasco y, del otro, el océano infinito de mi querida Mar del Plata… Así, cuando cae la tarde sobre la montaña y las sombras se alargan, comenzamos esta gran conversación que teníamos por delante…

ACC – Lo primero que te quiero preguntar, querido Enrique, es ¿cómo fue tu decisión de hacerte cura, de entrar al seminario para ser sacerdote?

EA – El sacerdocio no fue para mí una elección de carrera ni la búsqueda de un refugio, sino la respuesta a un Dios que irrumpió en mi juventud para mostrarme el dolor y la esperanza de mi pueblo.

Descubrí la vocación cuando comprendí que seguir a Cristo implicaba entregar la vida sin reservas, no para aislarme en un templo, sino para meter los pies en el barro y ser instrumento de su amor y de su justicia entre los hombres. El Señor me llamó desde la sencillez de mi hogar y en el contacto con la realidad de nuestra gente, pidiéndome un corazón atento y disponible.»

ACC – Durante tu vida pasaste por distintas etapas, pero sin duda, me interesa hoy particularmente qué implicó para vos tu llegada a La Rioja. ¿Qué sentiste entonces?

EA – Cuando llegué sentí y experimenté interiormente el peso de la responsabilidad de haber sido ungido por el Espíritu del Señor y de ser enviado por Jesucristo para pastorear este pueblo de Dios. Por eso, al llegar les dije : Aquí tienen al obispo, hermano en la debilidad de todos los hombres, un cristiano como ustedes, sacerdote en la plenitud del sacerdocio de Jesucristo, obispo de esta diócesis riojana.

Sentí que le acababa de llegar a La Rioja un hombre de tierra adentro, que les hablaría el mismo lenguaje, también de tierra adentro. Un hombre que quiere identificarse y comprometerse con el pueblo riojano. Un hombre que quiere ser un riojano más. Por eso, desde ahora, los llamo: “mi querido pueblo riojano”.

Y supe que no venía a ser servido, sino a servir; a todos, sin distinción alguna de clases sociales o modos de pensar o de creer. Como Jesús, quise desde el principio ser servidor de nuestros hermanos los pobres, de los que sufren espiritual o materialmente, de los que reclaman ser considerados en su dignidad humana».

La charla se estaba poniendo linda. Los mates hacían espumita y el atardecer permitía ver el humito que sale de la calabaza forrada de cuero que estábamos compartiendo. Yo aproveché para insistir…

ACC – Pero, más allá de esto que me decís tan hermoso, la realidad es que te encontraste con una situación bastante compleja y difícil. Nuestro país atravesaba por entonces momentos muy complejos y violentos. Y las injusticias clamaban muy fuerte al cielo…

EA – En La Rioja me encontré con la dolorosa realidad del desierto, de la sequía y del aislamiento; pero, sobre todo, me encontré con la pobreza y la marginación de un pueblo postergado.

Vi familias divididas porque los jóvenes tienen que emigrar a las grandes ciudades buscando el trabajo y el futuro que aquí se les niega; vi la tierra concentrada en pocas manos mientras el peón rural y el campesino trabajan sin agua, sin precio justo para sus frutos y sin leyes que los protejan, sumidos en la resignación.

Pero también me encontré con la reserva espiritual más rica de nuestra patria: un pueblo noble, con una fe profunda, sencilla y encarnada, capaz de soportar el dolor sin perder la dignidad.

 En medio de tanta postergación, descubrí en el riojano una sed inmensa de justicia y de fraternidad, una esperanza reprimida que espera ser despertada para ponerse de pie y ser protagonista de su propio destino.

ACC – Padre Enrique, me interesa que hablemos un poco de la Iglesia de aquellos días. ¿Cómo era la Iglesia que encontraste en esta realidad a la que te sumabas como pastor?

EA -Encontré una Iglesia con un pueblo de una profunda fe, de tradición y de historia, que expresa su confesión pública a Cristo a través de su piedad popular y en los encuentros masivos de sus Fiestas Patronales.

 Pero, al mismo tiempo, comprendí que el gran objetivo de mi ministerio debía ser ir concretando, en el espíritu del Concilio, aquello que tiene que ser verdaderamente una diócesis.

Por eso propuse a la comunidad que tenemos que ir modelando una Iglesia diocesana donde todos nos sintamos fuertemente corresponsables de la misión salvadora traída por Cristo al hombre de nuestro pueblo; una Iglesia sin atadura ninguna y servidora de todos, profética y santificadora.

Una Iglesia que no se quede en el templo ni se deje usar, sino que camine junto a la gente.

Lo que el Padre Obispo me decía me llevaba de nuevo a tantas cosas vividas y sufridas, que se me revolvían mis propias entrañas. Fueron tiempos muy duros. De terrorismo de Estado, de desapariciones y ausencias que duran hasta hoy. Sé que para él las cosas tampoco fueron fáciles dentro de la Iglesia. Cuando estaba vivo pero también después de que lo asesinaron… por eso sentí que tenía que seguir yendo a fondo en la charla.

ACC – Me genera curiosidad, en medio de tantas tensiones, cómo fue tu relación con los Papas de tu época y con los otros obispos de Argentina? ¿Te sentiste apoyado y comprendido?

EA – Mi vocación episcopal nació bajo el impulso del Papa Juan XXIII, quien me nombró obispo, y se nutrió del Concilio Vaticano II.

 Con el Santo Padre Pablo VI, la comunión fue siempre profunda, fraterna y reconfortante.

Cuando en La Rioja se desató la campaña de calumnias y pretendieron aislarnos, el Papa envió a Mons. Vicente Zazpe para manifestar públicamente su confianza y benevolencia hacia la labor pastoral de esta diócesis.

Y en mi visita a Roma, al celebrar mis 25 años de sacerdote, viví uno de los momentos más conmovedores de mi vida. Así lo dejé escrito al recordar aquel encuentro con el Vicario de Cristo:

“Hoy, la tumba de Pedro es la Mesa de esta Eucaristía, Señor…

Pablo, tu Vicario, me sale al encuentro como un hermano mayor…

Me dice al oído: ‘Hermano, confirmo tu Fe y tu Misión,

recibe el ósculo de la paz y lleva a tu pueblo mi bendición’.”

 Por eso, cuando los sectores del privilegio acusaban a nuestra diócesis diciendo que “la Iglesia en La Rioja ya no es católica ni su Obispo está en comunión con el Papa y los otros Obispos argentinos”, les respondí con claridad: esa afirmación no sólo revela una ignorancia supina en materia religiosa, sino un intento diabólico de quienes, disfrazados de «defensores de la fe», pretenden dividir al pueblo de Dios.

Respecto a mis hermanos en el episcopado argentino, siempre busqué una comunión sincera y profética, aunque doliera.

Como le escribí en su momento a Mons. Zazpe: “Clarifiquemos criterios pastorales en este sentido. Necesitamos una verdadera comunión episcopal entre nosotros, obispos argentinos. La hora lo reclama. Todos lo necesitamos. Es nuestra responsabilidad. Sólo así podremos orientar y alumbrar luces para la Argentina.”

 El cielo ya estaba rojo. Nosotros seguíamos charlando. Bueno, en realidad, yo hacía alguna pregunta y luego lo escuchaba a él intentando de que me dijera todo lo que le saliera del corazón y yo pudiera sembrarlo en el  mío…

ACC – ¿Qué sentiste cuando vio que perseguían a sus sacerdotes y laicos comprometidos con los pobres? Situación que entiendo llegó al límite cuando asesinaron a los padres Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville junto a las vías de Chamical y, días después,  a su laico Wenceslao Pedernera en Sañogasta…

EA – Sentí un profundo dolor de alma y dolor de piel. Cuando tocan a un laico, a un catequista, a un campesino o a un sacerdote comprometido con la suerte de sus hermanos, me están tocando la pupila de mis ojos. Esta Iglesia diocesana estaba viviendo verdaderos dolores de parto; nos persiguieron, nos arrestaron, nos calumniaron y nos asesinaron porque no entendieron que la Iglesia no está contra nadie, sino a favor del hombre y de su liberación integral.

Sin embargo, ante el dolor por la sangre derramada de mis hermanos, no hay espacio en el corazón para el odio ni para la venganza. Como dije frente a los cuerpos arrebatados de Carlos [Murias] y Gabriel [Longueville]: ellos no son cadáveres, son semillas de vida. Sus vidas cortadas no son un absurdo, son un testimonio de fe y de fidelidad a este pueblo.

 

Sentí el peso de la responsabilidad y conocí el peligro, pero el pastor no huye cuando el lobo amenaza al rebaño. La tentación de callar o de pactar con el poder para estar tranquilos sería traicionar a Cristo. Mi misión fue permanecer de pie junto a la cruz de este pueblo, con la convicción de que la verdad nos hará libres, manteniendo siempre la actitud que nos define: un oído en el Pueblo y otro en el Evangelio.

 Mirándolo a los ojos mientras lo veía con sus manos juntas apretando una cruz de madera que había hecho con  unas ramitas que  había levantado del piso, me animé a preguntarle:

 ACC-  ¿Tuviste conciencia de que podrían matarlo también a vos? ¿Qué decidiste frente a esas amenazas?

EA – En esos momentos fui plenamente consciente del riesgo y supe que el desenlace estaba cerca, sobre todo cuando cayeron Carlos, Gabriel y Wenceslao. Las amenazas eran constantes y no faltaron quienes, con buena intención, me aconsejaron que me fuera de La Rioja o que saliera del país por un tiempo para resguardar mi vida.

Pero mi decisión fue firme: el pastor no huye cuando el lobo ataca al rebaño. Si me hubiera ido para salvar la piel, habría convertido en una mentira todo lo que prediqué durante años a este pueblo. Entendí que mi lugar estaba aquí, dando la cara y acompañando el dolor de mi gente hasta las últimas consecuencias.

No busqué la muerte ni jugué al héroe, pero tampoco estuve dispuesto a negociar el Evangelio a cambio de mi seguridad personal. Tenía claro que la verdad se paga cara y que defender la dignidad de los perseguidos nos ponía en la cruz. Decidí quedarme de pie porque la vida de un sacerdote no le pertenece a él mismo, sino a Dios y al pueblo que se le ha encomendado.

 Ya se veían sobre el cielo una multitud de estrellas que estaban brillando como nunca. Me di cuenta que la conversación debía llegar al final. Que cada uno tenía que seguir “en lo suyo”. Pero, me animé a tomarlo de la mano y con todo el cariño que podía, le hice la última pregunta:

 ACC – Para terminar esta charla, ¿qué nos podés decir a nosotros, que seguimos hoy inspirándonos en tu ejemplo y compromiso para vivir una Iglesia al servicio de los más pobres y de la construcción de un mundo más justo?

EA – No se queden en la contemplación estéril ni en la nostalgia de los testimonios del pasado. El Evangelio no es un libro para admirar en una vitrina, sino una vida para ser encarnada en el hoy de la historia.

 Si quieren ser una Iglesia verdaderamente servidora de los más pobres, no le tengan miedo al barro ni a la incomprensión; salgan a la calle, escuchen el clamor de los desposeídos y jamás se acomoden a las estructuras de injusticia que pretenden naturalizar la miseria.

Hay que seguir andando nomás. A pesar de las sombras, de los desiertos y de las tempestades de cada época, la fe no es un refugio para ponerse a salvo, sino una fuerza transformadora. Mantengan intacta la capacidad de indignarse ante la mentira y el atropello, pero sobre todo mantengan viva la esperanza.

Recuerden siempre el compromiso: un oído en el Pueblo, para sentir sus dolores y sus sueños, y un oído en el Evangelio, para no perder nunca la brújula del amor y de la libertad de Dios.»

 

Nos pusimos de pie. Yo recogí mi termo y mi mate y él. me puso una mano en el hombro y con la otra me bendijo.
“Rezá por mí, Enrique” – le dije-  y despacito se fue.

¿Se fue?

Nota:

Todos los textos que dice Mons. Angelelli en este escrito son textuales de homilías, discursos, cartas, etc. Apenas hay algunas pocas licencias gramaticales para darles consistencia literaria.

Tengo todas las citas pero no las pongo en este texto porque este artículo es de divulgación y no una investigación sobre sus enseñanzas.

Para hacer este escrito me ayudé con la Inteligencia Artificial, que fue muy importante para poder realizarlo con los plazos con los que contaba.