La ola reaccionaria que gobierna el continente y la injerencia electoral de Trump no son el objetivo, son una herramienta. Detrás de la seguridad, el orden y la motosierra late el mismo proyecto de hace cinco siglos —apropiarse de los recursos naturales y clausurar toda economía que no sea primaria, dependiente y exportadora de naturaleza barata.
Por Antonio Muñiz
Conviene empezar por donde casi todos terminan. Cuando se inventaría la marea derechista que cubrió América Latina —De la Espriella en Colombia, Asfura en Honduras, Noboa en Ecuador, Kast en Chile, Paz en Bolivia, el fujimorismo encaminado en Perú, Milei en la Argentina—, el análisis suele detenerse en lo evidente: el alineamiento con Trump, la mano dura al estilo Bukele, la cruzada cultural contra el feminismo y la “agenda woke”. Todo cierto. Pero quedarse ahí es confundir el síntoma con la enfermedad. La pregunta que importa no es por qué votan así, sino para qué sirve que voten así. Y la respuesta tiene quinientos años.
Porque detrás de cada urna intervenida, de cada gobierno vasallo, de cada saludo militar convertido en emblema de campaña, hay un objetivo que precede largamente al trumpismo y que el trumpismo apenas actualiza: garantizar el acceso irrestricto a los recursos naturales del continente y consolidar economías primarizadas, desindustrializadas, condenadas a exportar lo que la tierra da en bruto y a importar todo lo demás. La injerencia política es el medio. El saqueo es el fin.
Galeano no era una metáfora, era un diagnóstico
Eduardo Galeano escribió que habíamos perdido hasta el derecho de llamarnos americanos, porque América, para el mundo, pasó a ser apenas Estados Unidos. Pero su tesis central en Las venas abiertas de América Latina no era cultural sino económica: la pobreza del continente es el reverso necesario de la riqueza ajena. Lo que se llevaron —plata de Potosí, oro, caucho, salitre, cobre, petróleo— se llevó con violencia y dejó una estructura. Esa estructura es la división internacional del trabajo que asignó a América Latina el papel de proveedora de naturaleza barata y compradora de manufactura cara.
Releer hoy esos pasajes produce un escalofrío de actualidad. La herida que Galeano describió en 1971 no cicatrizó: cambió de vendaje. Donde antes el imperio mandaba marines, hoy manda sanciones, amenazas arancelarias, retiros de visado y rescates financieros condicionados. Donde antes imponía un virrey, hoy financia una campaña. El mecanismo se modernizó; la función es idéntica. Y la función es asegurar que el subsuelo, las aguas, el litio, el cobre, el petróleo no convencional, las tierras raras y la energía del continente fluyan hacia el norte sin que ningún Estado nacional se interponga con la pretensión de industrializar, agregar valor o cobrar renta.
La injerencia política es el medio. El saqueo de los recursos naturales y la primarización de las economías es el fin.
La nueva derecha como gerencia del despojo
Por eso la categoría de “derechas neopatriotas” que propuso José Antonio Sanahuja resulta tan reveladora cuando se la lee en clave económica. Estas derechas no oscilan, como la radical clásica, entre neoliberalismo y estatismo: apuestan derecho al desmantelamiento del Estado. Y eso no es un capricho ideológico. Un Estado fuerte es el único actor capaz de regular la explotación de un recurso estratégico, de exigir contraprestaciones, de retener renta, de orientarla hacia la industrialización. Desarmar el Estado es, antes que un programa filosófico, una condición técnica del saqueo: sin aduanas, sin regulación ambiental, sin retenciones, sin empresas públicas, sin capacidad de planificación, el recurso sale sin fricciones.
Pablo Vommaro, director ejecutivo de CLACSO, lo nombró con precisión: la trama articula la sumisión vasalla a Estados Unidos con el neoliberalismo y el ultraneoliberalismo, consolidando un sistema profundamente neocolonial. Se presentan como cambio y antisistema, pero lo que encarnan es subordinación. La paradoja es perfecta y vale subrayarla: nunca tan “patriotas” en el discurso, nunca tan entregadores en los hechos. Juran defender a la nación mientras rematan su política exterior, su moneda y su capacidad de decidir qué hacer con su propia riqueza.
La pista argentina es transparente. El programa de la nueva derecha local combina motosierra sobre el Estado con regímenes de incentivo que blindan a los grandes capitales extractivos —energía, minería, agro— bajo esquemas que congelan beneficios fiscales y cambiarios por décadas y que organizaciones civiles describen, sin eufemismos, como un cheque en blanco. Vaca Muerta, el litio del noroeste, la frontera agropecuaria: el mapa de los “incentivos a la inversión” coincide punto por punto con el mapa de los recursos que el norte necesita. No es ideología: es geología con cobertura jurídica.
El garrote electoral al servicio de la geología
Acá se cierra el círculo. La injerencia de Trump en las elecciones latinoamericanas —documentada con impunidad de Argentina a Honduras y de allí a Colombia— no busca primariamente afinidad ideológica. Busca gobiernos que no obstaculicen el flujo de recursos. Por eso la presión es quirúrgica y se ejerce, como señala la analista Francesca Emanuele del CEPR, con un arsenal que excede lo arancelario: amenaza militar directa, sanciones a dirigentes incómodos, congelamiento de cuentas, retiro de visados. Cualquier país puede convertirse de un día para el otro en objetivo. El efecto disciplinador es químicamente puro.
Las preguntas se responden solas. ¿Habría ganado Milei sin el rescate económico de Washington tras su derrota bonaerense? ¿Asfura en Honduras sin el apoyo explícito de Trump —que indultó a un expresidente condenado por narcotráfico en suelo estadounidense— frente a un rival que se veía ganador? ¿De la Espriella sin el acoso sistemático a Gustavo Petro, uno de los pocos mandatarios que se atrevió a enfrentar a Trump de cara? No es casual que Petro —el que dijo que no— sea el más castigado. Decir que no, en la lógica del despojo, es el único delito imperdonable.
Y el garrote ya no es metáfora. Washington empezó a designar como “organizaciones terroristas” a cárteles y organizaciones criminales —el Tren de Aragua, el inverosímil “Cártel de los Soles”, organizaciones en Brasil— en una maniobra que, como advierte Emanuele, crea el marco legal para intervenir militarmente allí donde considere que sus intereses están en juego. Venezuela tutelada y convertida en protectorado, cuyo presidente fue secuestrado ilegalmente y hoy detenido en carceles norteamericanas; Cuba bajo bloqueo petrolero asfixiante; más de dos centenares de ejecuciones extrajudiciales en supuestas “narcolanchas”. Y no es necesario forzar la lectura para advertir que Venezuela —con las mayores reservas de petróleo del planeta— y la región caribeña concentran exactamente el tipo de riqueza que la doctrina del “patio trasero” nunca estuvo dispuesta a dejar en manos soberanas.
Decir que no, en la lógica del despojo, es el único delito imperdonable. Por eso Petro —el que se enfrentó a Trump— es el más castigado.
Por qué Europa puede y América Latina todavía no
Hay un contraste que confirma la tesis. La misma maquinaria de coerción rinde mucho menos en Europa: Orbán perdió en las urnas pese al alineamiento, la AfD apadrinada por Vance y Musk no logró el sorpasso, Meloni se distanció cuando Trump arremetió contra el Papa. La diferencia no es ideológica sino estructural, y es exactamente la que importa: el grado de dependencia. Europa mira a Washington con distancia porque no necesita su rescate para pagar los sueldos del Estado ni vende su economía atada a una sola canasta de commodities.
América Latina, en cambio, fue construida para depender. La primarización no es un accidente: es el resultado deliberado de cinco siglos de una estructura que premió la exportación de naturaleza y castigó cada intento de industrialización autónoma. Por eso la autonomía política es función directa de la autonomía económica, y no al revés. No es casualidad que los pocos bastiones que todavía resisten el moldeado externo —México, Brasil, — sean, con todas sus diferencias, las economías con mayor densidad industrial y mayor capacidad de decir que no. Donde hay aparato productivo diversificado, la presión se diluye. Donde solo hay un yacimiento y una deuda, la presión gobierna.
La herida y la cura
De manera que el espanto no alcanza. Documentar cada injerencia, denunciar cada masacre —la de los veintiún campesinos del Bajo Aguán hondureño, las bombas que caen sobre granjas colombianas en nombre de una guerra antinarcótica que no reduce ni la violencia ni el tráfico— es necesario y es deber del periodismo. Pero la indignación, por sí sola, administra el síntoma. La enfermedad es estructural y se llama dependencia, y su forma concreta y contemporánea es la primarización.
El pensamiento nacional argentino tenía nombre para esto antes de que existieran las “derechas neopatriotas”. Jauretche hablaba de la colonización pedagógica: la operación por la cual las élites locales aprenden a mirar el país con los ojos del imperio, a llamar atraso a lo propio y progreso a la entrega. La motosierra de hoy es el liberalismo de Mitre con peluca nueva: la misma idea de que el destino de estas tierras es proveer materias primas y agradecer. Diamand, Prebisch, Ferrer, Basualdo dedicaron su obra a demostrar lo contrario: que sin industria no hay autonomía, que sin diversificación productiva la restricción externa termina disciplinando cualquier proyecto soberano, por más votos que tenga.
Las venas, entonces, siguen abiertas porque la herida nunca se cerró. Cambió el bisturí —antes la espada, después el marine, hoy la deuda y el rescate condicionado—, pero el corte es el mismo y apunta al mismo lugar. La disputa por la soberanía política de América Latina no se juega, en el fondo, en las urnas, se juega con una decisión política que cambie la matriz de la dependencia. Reconstruir capacidad industrial, agregar valor a los recursos antes de exportarlos, invertir en educación, en ciencia y tecnología, integrarse regionalmente para negociar en bloque y no en forma individual, recuperar márgenes financieros. Esa es la única vacuna conocida contra el tutelaje externo sobre nuestras democracias.
Galeano lo describió hace medio siglo. Quinientos años después el saqueo continua. La pregunta sigue siendo la misma de siempre: ¿si la riqueza de esta tierra va a seguir financiando el desarrollo de otros, o si alguna vez será la base del nuestro.?
Esta columna dialoga con dos análisis publicados en elDiarioAR el 24 de junio de 2026: “Una ola reaccionaria y trumpista gobierna América Latina: vasallos vestidos de ultras”, de Javier Biosca Azcoiti, y “Argentina, Honduras y ahora Colombia: Trump interfiere en las elecciones en América Latina con total impunidad y le sale bien”, de Andrés Gil. Las citas de Pablo Vommaro (CLACSO), José Antonio Sanahuja y Francesca Emanuele (CEPR) provienen de esos trabajos.
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