Mastellone Hermanos, emblema de la industria láctea argentina atraviesa una etapa delicada: acumula dos ejercicios consecutivos en rojo, sostiene su operación con exportaciones y eficiencia industrial, pero no logra recomponer rentabilidad en un mercado interno todavía debilitado. El cuadro se vuelve más sensible porque la crisis financiera coincide con el anuncio del traspaso del control accionario a Arcor y Danone.
La foto actual de Mastellone no muestra una empresa paralizada, sino algo más inquietante: una compañía que sigue vendiendo, exportando y procesando enormes volúmenes, pero que aun así no logra transformar esa escala en ganancias netas. La firma presentó sus estados financieros de 2025 a comienzos de marzo y, según el análisis de esos balances, cerró 2024 con una pérdida de $50.761 millones y 2025 con otra de $44.994 millones. La última vez que había terminado un ejercicio anual con saldo positivo fue en 2023, cuando informó una ganancia de $57.172 millones.
El dato clave es que el problema no parece estar solamente en la producción o en las ventas, sino en la estructura financiera. En su reseña consolidada al 30 de junio de 2025, la propia compañía informó un resultado operativo positivo de $4.061 millones, pero ese desempeño quedó absorbido por resultados financieros negativos por $7.744 millones. El balance semestral terminó así con una pérdida neta de $869 millones. En paralelo, los pasivos totales llegaron a $512.137 millones y el índice de liquidez cayó de 1,80 a 1,10 en un año, una señal clara de mayor estrechez financiera.
Ese descalce explica buena parte de la fragilidad actual. Incluso con mejora en los volúmenes, los números no cierran. En el primer semestre de 2025 Mastellone vendió 678 millones de litros, contra 623 millones en igual período de 2024; de ese total, 486 millones fueron al mercado interno y 192 millones al externo. La propia empresa sostuvo que los volúmenes domésticos crecieron 4,5% interanual en esa primera mitad del año. Sin embargo, reportes periodísticos basados en los balances señalan que la firma no siempre puede trasladar a precios toda la inflación y los mayores costos logísticos, y que además enfrenta un cambio de hábitos de consumo: menos postres y yogures premium, más leche fluida y productos básicos, que dejan márgenes bastante menores.
La debilidad del mercado interno no es una impresión: ya aparecía con claridad en la propia memoria empresaria de 2024. Allí Mastellone reconoció que debió revisar mes a mes su estrategia comercial en un contexto de consumo “muchísimo más complicado” que el previsto, y admitió una baja de alrededor del 5% en sus volúmenes. En ese mismo documento citó datos del OCLA según los cuales el consumo de lácteos se había deprimido 6,8% en 2024. Los registros más recientes del Observatorio muestran una mejora en 2025 —el consumo doméstico total subió 6,3% en litros de leche equivalentes—, pero también aclaran que la recuperación fue parcial, que el segundo semestre mostró desaceleración y que persiste un fuerte deterioro de los ingresos reales, con sustitución hacia productos más baratos e incluso ventas informales.
En ese escenario, las exportaciones funcionan como un respirador, aunque no alcanzan para resolver el cuadro completo. En su memoria 2024, la empresa informó que sus exportaciones crecieron 7% en litros de leche equivalentes y llegaron a representar el 25,1% de su producción total. Más recientemente, análisis de balances empresariales indicaron que el 21,5% de sus ingresos ya proviene del exterior, una fuente de divisas estratégica porque ayuda a “calzar” parte de su deuda dolarizada. La compañía, además, mantuvo una escala industrial enorme: su reporte de sustentabilidad 2024 informó operaciones por 1.166 millones de litros anuales.
Por eso, lo que ocurre en Mastellone no es un asunto aislado de directorio. La empresa tiene su domicilio legal en General Rodríguez y su propio reporte ubica allí al Complejo Industrial Pascual Mastellone, presentado como el de mayor envergadura del grupo. También destaca ese polo como núcleo central de sus operaciones ambientales e industriales. En una firma de este tamaño, cualquier tensión financiera repercute mucho más allá del balance: alcanza a tambos remitentes, transporte, proveedores de insumos, comercios de apoyo y empleo regional en General Rodríguez, Luján y la zona oeste.
La novedad de estas horas agrega otra capa de incertidumbre —y también de expectativa— al panorama. Arcor y Danone anunciaron la adquisición del 51,32% que permanecía en manos de la familia fundadora y del fondo Dallpoint, con lo que pasarían a controlar el 100% de Mastellone, aunque el cierre definitivo todavía depende de aprobaciones regulatorias y ratificaciones societarias. La operación reordena el mapa accionario de la histórica láctea justo cuando la rentabilidad está bajo presión. El interrogante es evidente: si la nueva conducción apostará por inversión y fortalecimiento productivo o por una lógica más dura de reorganización, eficiencia y recorte de costos.

Lo que está en juego, en definitiva, excede a una marca icónica de góndola. La situación de La Serenísima revela un problema más amplio de la economía argentina: aun empresas líderes, con escala, exportaciones y productividad, pueden quedar asfixiadas cuando el mercado interno no recompone poder de compra y el costo financiero se vuelve un lastre permanente. Mastellone llega a esta nueva etapa con un dato inquietante: vende, exporta y opera, pero sigue perdiendo plata. Y cuando eso le ocurre a una compañía de este tamaño, la señal para el resto del entramado productivo es difícil de ignorar.
