Mar del Plata, Milei y la calle: show libertario, repudio social y agenda punitiva

El Presidente aterrizó en el Hermitage, caminó por Güemes rodeado de militancia y operativo, y chocó con movilizaciones de repudio. En la previa de La Derecha Fest, empuja la baja de imputabilidad a 13 años y vuelve a gobernar con “batalla cultural” y mano dura como bandera.

Mar del Plata no lo recibió en silencio. Javier Milei llegó el lunes 26 y quedó enmarcado por dos escenas simultáneas: fanáticos libertarios que lo corearon como en un acto permanente y movilizaciones populares de repudio que se hicieron ver en la puerta del Hotel Hermitage, donde se aloja, y también durante el intento de recorrida por la zona de calle Güemes. En el medio, un cordón policial y algunos forcejeos. La imagen no fue la de un Presidente “cerca de la gente”, sino la de un país partido en la vereda.


  • El “Tour de la Gratitud” derivó en una escena caótica: caravana detenida y discurso con megáfono.


El Gobierno buscó darle nombre y relato: “Tour de la Gratitud”. En la práctica, fue una puesta en escena de movilización propia con alto voltaje: caravana frenada por la multitud, megáfono improvisado desde una camioneta y un discurso armado para reforzar identidad y disciplina interna. La caminata que iba a ser postal turística terminó funcionando como acto político en plena temporada.

En ese discurso callejero, Milei repitió el libreto de la “Argentina ordenada” y lo conectó con anuncios legislativos. El punto que más pesa —por impacto social y por mensaje político— es la baja de la edad de imputabilidad: el Ejecutivo sumó la Ley Penal Juvenil al temario de sesiones extraordinarias y el oficialismo busca llevar el piso a 13 años, según reportaron Infobae y Clarín, entre otros. Es un movimiento calculado: seguridad, castigo y “el que las hace las paga” como hilo conductor.

La discusión, además, no está cerrada ni siquiera dentro del sistema político: hay antecedentes de dictámenes y propuestas con piso en 14 años, y en el ecosistema jurídico se debate si el Estado tiene hoy capacidad real para sostener un régimen penal juvenil “moderno” sin que sea solo marketing punitivo. Incluso publicaciones especializadas consignaron esa tensión: consenso previo en 14 y presión política para volver a 13.

La otra escena decisiva es la que Milei eligió para el martes 27: La Derecha Fest, desde las 19.30 en el Horizonte Club de Playa, con entrada gratuita según difunden organizadores y coberturas. El evento se presenta como “antizurdo” y reúne figuras del universo libertario-conservador, con Milei como orador principal. Es, sin disimulo, la conversión de la política en festival: discursos, estética militante, “batalla cultural” y un enemigo interno definido.


  • La Derecha Fest consolida el formato “política-festival” como herramienta de cohesión del oficialismo.


La crónica marplatense deja una conclusión incómoda para la democracia cotidiana: el Presidente sigue apostando a gobernar desde la polarización organizada. La adhesión propia es mostrada como “pueblo”; el repudio social queda reducido a “minoría ruidosa”. Pero en la calle —en el Hermitage y en Güemes— se vio otra cosa: un conflicto social real, con jubilados y sectores golpeados por el ajuste, que ya no discuten tecnicismos, discuten supervivencia. Y cuando esa discusión se responde solo con más castigo y más espectáculo, el poder no ordena: endurece.


  • Hubo apoyo militante y también movilizaciones populares de repudio en Hermitage y en el recorrido por Güemes.


El efecto inmediato es claro: el oficialismo busca ganar la agenda con seguridad y “batalla cultural” mientras la economía y la conflictividad social siguen tensando el día a día. El escenario probable —sin futurología— es un Congreso empujado a discutir imputabilidad y penas bajo presión mediática, con el Gobierno usando la calle como amplificador.

La postal marplatense dejó algo más que un acto militante: mostró un país partido en el espacio público, con un Presidente que moviliza a su base dura mientras crecen las expresiones de rechazo social en las calles. Ese contraste no es anecdótico. Marca el límite de una estrategia que confunde adhesión partidaria con consenso social y que, lejos de cerrar la grieta, la convierte en método de gobierno.