Estados Unidos reactivó su interés estratégico sobre Groenlandia y volvió a poner al Ártico en el centro de la agenda internacional. La presión sobre la isla no es un episodio aislado: expresa el retraso de Washington frente al avance sostenido de Rusia y China en una región donde confluyen seguridad, rutas marítimas, recursos críticos y soberanía.
Durante buena parte de la posguerra fría, el Ártico ocupó un lugar secundario en la política exterior de Estados Unidos. Era un espacio relevante desde el punto de vista militar, pero estable, previsible y sin competencia directa. Esa percepción se agotó. El cambio climático, al modificar las condiciones físicas de la región, aceleró una transformación geopolítica que Washington observa hoy con preocupación: el norte dejó de ser periferia estratégica y pasó a convertirse en un espacio de disputa abierta entre grandes potencias.
Las recientes señales de presión estadounidense sobre Groenlandia deben leerse en ese marco. No se trata de una discusión simbólica ni de un gesto retórico. Groenlandia alberga la base de Pituffik —antes conocida como Thule—, una instalación clave para los sistemas de alerta temprana, vigilancia espacial y defensa antimisiles de Estados Unidos. Desde allí se monitorean trayectorias balísticas y movimientos en el Atlántico Norte y el Ártico, en un contexto de creciente tensión con Rusia y de competencia tecnológica con China.
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Groenlandia es estratégica por su ubicación, su infraestructura militar y sus recursos.
El problema no es la existencia de la base, que funciona desde hace décadas en el marco de acuerdos con Dinamarca, sino el cambio de escenario político. Groenlandia es un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca y, desde hace años, debate su futuro político, incluida la posibilidad de una independencia gradual. Para Washington, ese proceso abre una incógnita estratégica: la continuidad del acceso irrestricto a una infraestructura militar crítica ya no puede darse por garantizada.

Desde la perspectiva de las relaciones internacionales, este punto es central. Estados Unidos enfrenta el riesgo de que un territorio clave para su arquitectura de seguridad hemisférica quede sujeto a dinámicas políticas locales y regionales que no controla plenamente. La reacción, sin embargo, revela una tensión estructural: cómo preservar intereses estratégicos sin vulnerar principios de soberanía ni erosionar alianzas históricas.
El Ártico se transformó, además, en un espacio económico potencialmente decisivo. El retroceso del hielo amplió las ventanas de navegación y volvió operativas rutas marítimas que reducen de manera significativa las distancias entre Asia y Europa. La llamada Ruta Marítima del Norte, promovida por Rusia a lo largo de su costa ártica, es el ejemplo más claro. Moscú invirtió durante años en infraestructura portuaria, rompehielos, sistemas de control y presencia militar, con el objetivo de consolidar un corredor bajo su influencia.
Aunque la ruta aún enfrenta limitaciones técnicas, climáticas y económicas, su valor geopolítico es innegable. Controlar el tránsito, establecer normas, condicionar accesos y utilizar la logística como herramienta de poder son activos estratégicos en un mundo donde las cadenas de suministro son cada vez más un factor de disputa política. Rusia entendió esto antes que Estados Unidos y actuó en consecuencia.
China, por su parte, avanzó con una lógica diferente, pero no menos efectiva. Sin presencia militar directa significativa en el Ártico, Pekín desplegó una estrategia de largo plazo basada en inversiones, cooperación científica, financiamiento de proyectos y participación en cadenas de valor vinculadas a minerales críticos. Su autodefinición como “Estado cercano al Ártico” no es retórica: es una forma de legitimar su involucramiento en un espacio que considera relevante para su seguridad energética, tecnológica y comercial.
En este punto, Groenlandia adquiere una centralidad particular. El territorio concentra recursos minerales estratégicos, incluidas tierras raras y otros insumos clave para la transición energética y las industrias de alta tecnología. Para una economía como la china, que busca asegurar suministros estables y diversificados, la isla representa una oportunidad. Para Estados Unidos, el riesgo es doble: perder influencia en un espacio cercano y ver a un competidor estratégico ganar posiciones en un sector sensible.
La reacción estadounidense combina, entonces, dos dimensiones. Por un lado, un intento de reafirmar presencia militar y control estratégico en el norte. Por otro, una señal política destinada a desalentar avances de terceros actores en Groenlandia y su entorno. El problema es que ese movimiento llega tarde y con márgenes de maniobra más acotados que en el pasado.
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Rusia consolidó presencia e infraestructura en la Ruta Marítima del Norte
Desde Europa, el tema también genera inquietud. Dinamarca, como potencia soberana formal sobre Groenlandia, queda en una posición delicada: debe equilibrar su alianza con Estados Unidos, las aspiraciones de autonomía de la isla y la presión de actores externos. La Unión Europea, a su vez, observa con atención un escenario donde se combinan seguridad, sanciones, comercio y transición energética, en un contexto de guerra prolongada en Ucrania y fragmentación del orden internacional.
La discusión de fondo es política y estructural. El Ártico se suma a otros espacios —el Indo-Pacífico, Medio Oriente, África— donde la competencia entre grandes potencias se expresa de manera cada vez más directa. No es un retorno a la lógica de la Guerra Fría, pero sí a un mundo donde la geografía, los recursos y las rutas vuelven a ocupar un lugar central en la definición del poder.
Para Estados Unidos, el desafío es claro: reconstruir una estrategia ártica coherente que combine presencia, alianzas y reglas, sin recurrir a gestos que puedan ser leídos como imposiciones. Para Groenlandia, el dilema es aún más complejo: cómo avanzar en su autonomía política y económica sin quedar atrapada en una disputa entre actores mucho más poderosos.
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Estados Unidos busca recuperar iniciativa, pero enfrenta límites políticos y aliados sensibles.
El escenario más probable no es una ruptura abrupta ni una redefinición inmediata de soberanías, sino una etapa prolongada de negociación, presión y reposicionamiento. Bases, inversiones, acuerdos comerciales y marcos regulatorios serán los instrumentos de una disputa que ya está en marcha.
En términos políticos, el mensaje es contundente. El Ártico dejó de ser un espacio marginal y se integró de lleno al tablero global. Quien llegue tarde pagará costos estratégicos. Estados Unidos parece haberlo comprendido ahora; la incógnita es si su respuesta será suficiente para recuperar influencia sin profundizar tensiones con aliados y sin acelerar la consolidación de un orden internacional cada vez más fragmentado.
