Argentina LNG: apoyos y críticas, pero con un debate de fondo sobre el rol de YPF

Sectores de la industria advierten que el proyecto de GNL exige una inversión enorme con un retorno directo bajo para YPF. El contraste entre la rentabilidad empresaria y el beneficio macroeconómico vuelve a abrir una discusión histórica: ¿Qué proyectos necesita el país y cómo se reparte el valor?.

Por Antonio Muñiz


El proyecto Argentina LNG, impulsado por YPF, volvió a poner a Vaca Muerta en el centro del debate energético. La iniciativa busca convertir el gas neuquino en exportaciones de gas natural licuado (GNL) desde la costa de Río Negro, con una capacidad inicial relevante y un horizonte de largo plazo. Sin embargo, junto con los anuncios y los socios internacionales, creció una crítica recurrente desde sectores de la industria: la inversión es muy grande y la tasa de retorno para YPF sería baja. El cuestionamiento no niega el impacto positivo para el país, pero sí interroga el balance entre riesgo empresario y beneficio colectivo.

La crítica: mucha plata, retorno moderado

El primer punto del cuestionamiento es simple y comprensible. Argentina LNG es un proyecto caro y largo. Requiere decenas de miles de millones de dólares, varios años de obra y exportaciones que empezarían recién a comienzos de la próxima década. En ese esquema, cualquier retraso, cambio de reglas o encarecimiento financiero afecta el resultado final.

Además, YPF no controla el 100% del negocio. El diseño prevé socios internacionales —como Eni y XRG— con participación accionaria relevante. Para YPF, eso significa que el retorno directo se calcula sobre su porción del proyecto, no sobre el total del flujo de dólares que genere el sistema. Desde la mirada estrictamente empresaria, el número puede lucir menos atractivo que otras alternativas más rápidas o de menor escala.

Un tercer elemento es el financiamiento. La idea es usar project finance, es decir, mucha deuda respaldada por los propios ingresos futuros del proyecto. Eso reduce el capital que deben poner los socios, pero también impone prioridades: primero se paga la deuda, luego vienen las ganancias. En los primeros años, la rentabilidad para los accionistas suele ser acotada.

Por último, está el riesgo de mercado. El GNL se vende en un mundo competitivo, con precios que dependen de la demanda global, los fletes y la oferta de otros países. Si el mercado se vuelve más ajustado o los precios bajan, el margen se achica. Todo esto explica por qué algunos industriales resumen la ecuación así: mucho riesgo para un retorno que no deslumbra.

El otro lado: ¿por qué el país sí gana?

El problema es que esa mirada, siendo válida, no agota la discusión. Porque Argentina LNG no es solo un negocio para una empresa: es una apuesta de política energética y económica.

Desde el punto de vista macroeconómico, el proyecto permitiría generar exportaciones estables de largo plazo, algo escaso en la historia argentina. No se trata de ventas ocasionales, sino de contratos que pueden durar 15 o 20 años, con un flujo de dólares relativamente previsible. En un país crónicamente limitado por la falta de divisas, ese dato pesa.

Además, el LNG obliga a invertir en infraestructura: gasoductos, puertos, servicios logísticos, mantenimiento naval, ingeniería. Ese proceso moviliza empleo y derrama sobre proveedores locales, muchas de ellas PyMEs, que encuentran demanda sostenida y posibilidad de escalar capacidades. No es un beneficio abstracto: es trabajo, conocimiento y desarrollo territorial, especialmente en Neuquén y la Patagonia.

También hay un efecto menos visible pero clave: ordenar el sistema energético. Exportar gas en gran escala permite planificar mejor la producción, amortiguar ciclos internos y reducir la dependencia de importaciones caras en invierno. En términos simples, ayuda a que el país deje de pagar dólares por energía y empiece a generarlos.

Retorno bajo… ¿para quién?

El punto central del debate es distinguir entre retorno privado y retorno social. Puede ocurrir —y de hecho ocurre— que un proyecto tenga una rentabilidad empresaria moderada, pero un impacto macroeconómico alto. La historia argentina está llena de discusiones similares en infraestructura, energía o transporte.

Para YPF, el desafío es que esa brecha no sea excesiva. Una empresa, aunque tenga control estatal, no puede sostener proyectos que destruyan valor. Pero tampoco puede evaluarse como si fuera una petrolera privada más, desconectada del interés nacional. Ese equilibrio explica muchas de las decisiones de diseño del proyecto.

¿Cómo mejorar la ecuación sin romper el proyecto?

Dentro del propio sector energético se señalan caminos concretos para mejorar la rentabilidad sin abandonar el objetivo macro.

Uno es el tipo de gas. No todo el gas es igual. El llamado gas húmedo, que viene acompañado de líquidos aprovechables, permite generar ingresos adicionales por productos derivados. Esa combinación puede mejorar sensiblemente la caja del proyecto y fortalecer su resultado económico.

Otro punto es la estabilidad de reglas. Cuanto menor es la incertidumbre fiscal y regulatoria, menor es el costo del financiamiento. Eso impacta directo en la rentabilidad final. No se trata de subsidios eternos, sino de previsibilidad para inversiones que se recuperan en décadas.

También pesa la integración local inteligente. Desarrollar proveedores nacionales suma valor, pero solo si se hace con eficiencia y productividad. Si la sustitución local encarece sin mejorar capacidades, el costo termina bajando el retorno. Si, en cambio, construye un entramado competitivo, el beneficio se multiplica.

Una discusión que excede al LNG

La crítica al retorno de Argentina LNG, en el fondo, es una discusión sobre el modelo de desarrollo. ¿Debe YPF priorizar solo proyectos de alta rentabilidad inmediata o también asumir un rol estratégico en iniciativas que ordenan la economía y generan dólares a largo plazo? ¿Cómo se reparte el riesgo entre la empresa, los socios privados y el Estado?

Argentina LNG no es una respuesta cerrada. Es una apuesta con tensiones reales, números ajustados y beneficios que no se miden solo en balances. La clave no es negar la crítica, sino ponerla en contexto.

El proyecto puede no ser el negocio más rentable del mundo para YPF, pero sí uno de los pocos capaces de mejorar la matriz energética y la ecuación financiera externa del país. Y en la Argentina, ese dato nunca es menor.