En el Foro Económico Mundial, el primer ministro canadiense Mark Carney dio por terminado el “orden basado en normas” tal como se lo vendió durante décadas. En un contexto de presiones arancelarias y disputa por Groenlandia, propuso que las potencias medias construyan poder propio y coordinen coaliciones para no quedar “en el menú”.
La escena fue Davos, el 20 de enero de 2026, pero el mensaje apuntó a algo más profundo que la agenda anual del Foro: Canadá, de la mano de Mark Carney, se plantó sobre una tesis incómoda para Occidente. “Estamos en medio de una ruptura, no de una transición”, dijo, al sostener que el orden internacional “basado en reglas” se convirtió en una ficción funcional que hoy ya no ofrece previsibilidad ni protección.
Carney armó su discurso como una advertencia y, a la vez, como un manual de supervivencia para países que no son hegemones. Tomó el viejo aforismo atribuido a Tucídides —“los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”— para describir una época donde la integración económica dejó de ser promesa de beneficios mutuos y pasó a ser un campo de coerción: aranceles como palanca, cadenas de suministro como vulnerabilidad, infraestructura financiera como herramienta de presión.

El contexto político no fue abstracto. En paralelo a Davos, creció la tensión con Washington por amenazas arancelarias y por la escalada discursiva alrededor de Groenlandia, un territorio autónomo de Dinamarca clave en la disputa ártica. Reuters reportó que Carney se opuso con dureza a los aranceles estadounidenses y respaldó explícitamente la soberanía de Dinamarca y Groenlandia, sin necesidad de nombrar a Trump para que el destinatario quedara claro.
El corazón de su intervención fue una idea: las potencias medias tienen margen de acción si abandonan la comodidad del “como si”. Para explicarlo, citó a Václav Havel y la metáfora del verdulero que coloca un cartel que no cree, solo para evitar problemas. Traducido al presente: durante años muchos países “pusieron el cartel” del orden basado en normas, aun sabiendo que las reglas se aplicaban con doble vara. Ese pacto —dijo— se rompió. Y seguir actuando como si nada hubiera cambiado no compra seguridad: compra subordinación.
En esa línea, Carney propuso lo que llamó un “realismo basado en valores”: sostener principios (soberanía, integridad territorial, derechos humanos, límites al uso de la fuerza según la Carta de la ONU) pero aceptar que el mundo se organiza por intereses y que el progreso será incremental, con socios que no siempre piensan igual. La diferencia, insistió, es no simular soberanía mientras se compite por quedar bien con el hegemón de turno.
Claves centrales.
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El diagnóstico: “ruptura” del orden global y debilitamiento de OMC/ONU/COP como marcos efectivos.
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La amenaza: la integración económica usada como arma (aranceles, finanzas, cadenas de suministro).
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La respuesta: autonomía estratégica, pero sin caer en un mundo de “fortalezas” aisladas.
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El método: “geometría variable”, coaliciones por tema con socios suficientes para actuar.
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El mensaje a las potencias medias: coordinadas, pueden construir un “tercer camino”; solas, negocian desde debilidad.
El tramo más concreto del discurso estuvo dedicado a la agenda canadiense. Carney afirmó que su gobierno recortó impuestos, eliminó barreras federales al comercio interprovincial y acelera inversiones masivas en energía, inteligencia artificial, minerales críticos y corredores comerciales, además de duplicar el gasto en defensa hacia 2030 “de maneras que fortalezcan industrias nacionales”. También listó una estrategia de diversificación externa: asociación con la Unión Europea, acuerdos en varios continentes y nuevas asociaciones con China y Catar. Ese paquete, presentado como una política de Estado, busca reducir vulnerabilidades: el país “se gana el derecho” a una política exterior principista cuando baja su exposición a represalias.
En la caja geopolítica, Canadá se ubicó sin ambigüedad en el tablero atlántico: reafirmó el compromiso con el Artículo 5 de la OTAN y destacó inversiones para asegurar el flanco norte, con énfasis en soberanía ártica. El respaldo a Groenlandia y Dinamarca funcionó como señal doble: a Europa, garantía de alineamiento; a Estados Unidos, aviso de que no todo se negocia como transacción.
El cierre fue más que retórico: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”. La frase circuló como eslogan porque condensa el giro de época que Carney intentó fijar: el orden anterior no se restituye por nostalgia y la obediencia ya no es seguro contra el conflicto. Lo que queda, según su hoja de ruta, es construir fuerza “en casa”, diversificar vínculos y tejer redes densas de comercio, inversión y cooperación con potencias medias para amortiguar la coerción de los grandes.
La pregunta de fondo, para Canadá y para países como la Argentina, es qué lectura prevalece: si esto es solo un ajuste táctico dentro del viejo esquema o el anuncio de un mundo más fragmentado, donde la autonomía estratégica deja de ser consigna y pasa a ser condición material. Carney eligió la segunda. Y Davos, por una vez, escuchó una voz real, sin el filtro de un falso optimismo obligatorio.
