Jauretche, la “colonización pedagógica” y un hilo histórico que llega hasta nuestros días.
Publicado en 1957, en pleno desarrollo de la Revolución Libertadora, el libro de Arturo Jauretche no fue un ensayo académico, fue una respuesta política. Señaló cómo se fabrica el desprecio a lo popular, quiénes lo administran y para qué sirve. Desde el ’55 hasta hoy, esa maquinaria cambia de estética, pero repite el mecanismo.
La Argentina de 1955 no fue solo un cambio de gobierno, fue un intento de reordenar la sociedad por la fuerza. La Revolución Libertadora llegó con proscripción, censura y persecución, pero también con una tarea menos visible y más profunda, la de “desperonizar” la vida pública. No bastaba con sacar a Perón; había que volver vergonzante todo lo que oliera a peronismo. En ese clima nace Los profetas del odio, publicado a mediados de 1957, como un libro de combate escrito desde el exilio y leído, adentro, como parte del circuito de la resistencia.
Jauretche no discute solamente políticas públicas. Su blanco principal es cultural, apunta contra una capa dirigente que se siente dueña de la interpretación “correcta” del país y que mira a las mayorías como un problema a corregir. A esa élite de opinión —la “intelligentzia”, como la bautiza— le reprocha algo clave, no entender (o no querer entender) que el peronismo no fue una patología social, sino una irrupción histórica de las clase populares en la escena nacional.
Ahí aparece el núcleo del libro: los “profetas del odio” no son solo polemistas de café o editorialistas con pluma filosa. Son operarios de un sentido común. Gente que, con palabras elegantes o con chicanas crueles, trabaja para degradar lo popular: si el pueblo es “chusma”, si el país es “invivible”, si la política popular es “irracional”, entonces el gobierno de una minoría iluminada se vuelve “necesidad”, y la represión puede presentarse como “orden”.
Jauretche escribe en una época donde la violencia estaba a la vista: proscripciones, persecuciones, cárcel, clandestinidad. Pero su acierto fue señalar que el odio no funciona solo como grito: funciona como clima. Un aire que se respira, que educa, que acostumbra. Por eso, años después suma una “yapa” decisiva —La colonización pedagógica— para explicar cómo se instala una mirada colonizada sobre nosotros mismos, cómo aprendemos a despreciar lo propio, a desconfiar del vecino, a creer que lo nacional es siempre sospechoso.
De aquellos polvos, estos lodos.
Desde 1955 para acá, la historia argentina está atravesada por ese péndulo. Cada vez que se buscó disciplinar a las mayorías, apareció el mismo recurso: construir un “otro” interno al que se le cuelga la culpa de todo. A veces fue “el cabecita”, a veces “el grasa”, a veces “el sindicalista mafioso”, a veces “el populismo”, a veces “los planeros”. Cambia el rótulo, se repite la operación: dividir, humillar, desmoralizar.
En el presente, la mecánica no desapareció: se modernizó. Y ahí es donde el libro vuelve a incomodar por actual. El odio ya no necesita esperar la tapa del diario del día siguiente: corre por redes, clips, cuentas coordinadas, tendencias, videos cortos que simplifican el mundo en una frase hiriente. La consigna no es convencer; es marcar, señalar, poner en ridículo. La política como debate se achica; la política como linchamiento simbólico crece.
El gobierno de Javier Milei, con su estilo de confrontación permanente, trabaja sobre esa sensibilidad: la idea de que la Argentina está partida entre “los que producen” y “los que parasitan”; entre “gente de bien” y “casta”, pero también —en la práctica del discurso— entre ciudadanos respetables y sectores convertidos en objeto de burla pública. En ese registro, el adversario no es un competidor: es un enemigo moral. Y cuando el enemigo es moral, la conversación se vuelve imposible, porque todo se resuelve con descalificación.
Jauretche, que desconfiaba de los maquillajes, lo diría sin vueltas: el odio no es un exabrupto de época, es una política. Sirve para justificar ajustes, persecuciones, disciplinamientos. Sirve para que la desigualdad parezca merecida y la protesta parezca delito. Sirve para que la violencia —aunque no siempre sea física— se normalice como método. Y sirve, sobre todo, para una cosa: que el pueblo deje de verse a sí mismo como sujeto histórico y acepte el lugar de espectador culpable.
Por eso Los profetas del odio no envejece: porque no describe un episodio, describe un dispositivo. Y cuando el dispositivo vuelve —con otras palabras, con otras pantallas— el libro vuelve a funcionar como alarma.
Antonio Muñiz
