El mercado le marcó la cancha al ministro Luis Caputo

En su primera gran prueba financiera del año, el Tesoro logró renovar casi todo lo que vencía, pero pagó caro: convalidó rendimientos cercanos al 50% anual en el tramo corto. La jugada busca contener la presión cambiaria, pero deja una factura inmediata sobre el crédito y la actividad, en un país que cerró 2025 con 31,5% de inflación.


El mercado le marcó la cancha al ministro Luis Caputo: para renovar la deuda en pesos que vencía a mitad de enero, el Tesoro tuvo que subir el premio y aceptar tasas que rozan el 50% anual en los instrumentos más cortos. No fue una licitación menor. Según el resultado informado por la Secretaría de Finanzas y reportado por Noticias Argentinas, se adjudicaron $9,37 billones (con ofertas por $10,06 billones) y el “rollover” fue del 98%.

El dato que encendió las alarmas no fue el porcentaje de renovación —que el Gobierno celebró— sino el precio. El caso emblemático fue la LECAP al 27 de febrero de 2026, un papel muy corto que se llevó gran parte del interés y terminó con una tasa efectiva mensual informada en torno al 3,39% (que anualizada se aproxima al 49%/50% según el criterio de conversión).

En criollo: el Tesoro evitó largar una montaña de pesos al mercado —y con eso, reducir el riesgo de que esa liquidez termine presionando sobre el dólar—, pero lo hizo pagando un interés que se siente en toda la economía. Ese es el punto que miran los bancos, las empresas y cualquiera que necesite financiamiento: cuando el Estado paga caro por la plata, el resto del sistema rara vez consigue crédito barato.

Un “éxito” con sabor amargo

La licitación fue la primera del año y llegó en un contexto delicado: inflación que vuelve a moverse hacia arriba en el margen, tasas que se recalientan y un calendario cargado de vencimientos. La inflación oficial de 2025 cerró en 31,5% (diciembre dio 2,8%), según el INDEC.

Si se lo compara con esa inflación anual, un rendimiento cercano al 50% anual implica tasa real positiva, aun antes de discutir expectativas. El Gobierno, además, lleva en el Presupuesto 2026 una meta de inflación del 10,1%, un supuesto que distintas miradas críticas consideran difícil de sostener.

Ahí aparece el problema: para defender el esquema financiero y cambiario en el corto plazo, el Tesoro termina encareciendo el “costo de capital” del país. Y eso no queda en una planilla: se traduce en préstamos más caros, descuentos de cheques más duros, giros en descubierto que asfixian y proyectos productivos que se congelan porque el número no cierra.

La advertencia externa y el “premio” que exige el mercado

Horas antes de la renovación, un informe de Morgan Stanley —replicado por medios locales— advirtió sobre un rojo de alrededor de USD 5.000 millones para atender vencimientos del año. En ese marco, el mercado local y externo tiende a exigir tasas altas y plazos cortos: te renueva, pero te cobra.

El trasfondo es conocido: Argentina puede conseguir rollovers, pero la confianza se mide por la tasa y por el plazo. Si el inversor solo se estira a 40 o 50 días y encima exige casi 50% anual, el mensaje es claro: no cree mucho en el programa; lo mide, licitación a licitación.

La mirada de Horacio Rovelli: “tasas de asfixia” para la economía real

El economista Horacio Rovelli viene insistiendo en que la discusión de tasas no es técnica: es política económica pura. En un texto de análisis, cuestionó que se habiliten costos financieros que “disciplinan” a la producción y favorecen al prestamista. En su diagnóstico, cuando el Estado paga rendimientos altos y el sistema se ordena alrededor de esa rentabilidad, el crédito comercial se vuelve prohibitivo.

Rovelli lo explicó con una imagen contundente: permitir que los bancos fijen “tasas del 50% anual” para descubiertos y “del 85% y más” para financiar saldos de tarjetas, mientras pagan bastante menos por depósitos, termina inclinando la cancha a favor del capital financiero y empuja a la economía a refugiarse en dólares o a cortar actividad.

Su planteo conecta directo con lo que dejan estas licitaciones: tasas altas para “secar pesos” pueden calmar el frente cambiario por un rato, pero trasladan presión a la calle productiva. La pyme que necesita capital de trabajo no discute los saldos del Tesoro: su problema es si puede pagar el descubierto, sostener stock y bancar la cadena de pagos.

La cuenta que sigue abierta

El Gobierno logró pasar el primer escollo de enero, sí, pero a un costo elevado y con un calendario que no afloja. El mercado le mostró a Caputo que la renovación no es gratis. Y, como suele pasar, la factura no queda encerrada en el Palacio de Hacienda: se reparte entre tasas bancarias, crédito más caro y una economía real que se hunde.

Redacción Data política y económica-