Gran apagón en el AMBA: la red al límite y una obra que no llega

En plena jornada de 36 grados, un corte masivo dejó sin luz a barrios porteños y municipios bonaerenses. La falla volvió a poner el foco donde más duele: el transporte eléctrico, un cuello de botella que se arrastra hace años entre obras demoradas, parches caros y tarifas en alza.


El calor apretaba y, de golpe, se apagó medio AMBA. No fue un corte “chiquito” ni encerrado en una sola empresa: hubo interrupciones en zonas de Edenor y también de Edesur, con barrios de la Ciudad como Palermo, Colegiales, Almagro, Devoto y Flores, y varios puntos del Conurbano. Semáforos muertos, comercios bajando persianas a medias, ascensores clavados, bombas de agua que dejan de empujar: la vida urbana se vuelve frágil en minutos cuando se corta la luz.

El episodio tuvo, además, un condimento que encendió todavía más la bronca: durante el apagón, muchos usuarios reportaron dificultades para consultar información oficial. La referencia inmediata es el ENRE, el organismo de control, cuya web tuvo problemas de acceso en medio de la emergencia. En situaciones así, la comunicación pública no es un detalle: es parte de la respuesta.

¿Qué se rompió (y por qué se sintió en tantos lados)?

Según lo que se difundió en las primeras horas, el corte se habría disparado por la caída de líneas de alta tensión vinculadas a un nodo clave: la subestación Morón. Y ahí está la pista principal para entender la magnitud.

Cuando falla un punto neurálgico del transporte, no es solo “una zona” la que se queda sin energía: se compromete el camino por el que la electricidad viaja desde donde se genera hasta donde se consume. El sistema, para protegerse, empieza a “sacar carga” y el efecto dominó se vuelve posible, sobre todo con demanda alta y equipos trabajando al límite.

En el AMBA ese límite es conocido. El consumo crece, los picos de verano se vuelven cada vez más pesados y la red de transporte —la autopista eléctrica— no se reforzó al ritmo que necesitaba. El resultado es este: con temperaturas extremas, cualquier falla fuerte se transforma en un apagón de escala.

El problema de fondo: no es solo “más energía”, es moverla

En la discusión pública, muchas veces se mezcla todo: generación, distribución, tarifas, subsidios. Pero en cortes como este aparece una verdad simple: podés tener energía disponible, pero si no tenés capacidad de transporte, no llega. Y el transporte de alta tensión es el tramo más caro, el que exige planificación y obras largas, y el que suele quedar para “después”.

Hubo planes para descomprimir ese cuello de botella. En los últimos años se presentó el proyecto AMBA I (y luego se habló de AMBA II) como parte de un paquete grande de infraestructura para reforzar la red metropolitana. La promesa era subir capacidad y confiabilidad con nuevas estaciones transformadoras y líneas de alta tensión.

Con el cambio de orientación económica y geopolítica, el asunto entró en zona gris: qué se hace, con qué financiamiento, bajo qué modalidad y quién paga. En paralelo, el Gobierno avanzó con un camino alternativo: un paliativo a base de “baterías” o almacenamiento de energía a gran escala.

El “plan baterías”: sirve, pero no es magia (y llega tarde)

La idea de usar baterías grandes tiene lógica técnica: pueden ayudar a estabilizar la red y cubrir picos en momentos críticos. El problema es que, tal como se anunció, no resolverían lo urgente: los plazos las ubican más cerca del verano de 2027 que del próximo pico de demanda. Es decir, no son una respuesta inmediata a una red que hoy está exigida.

El otro punto que alimenta la polémica es el costo. Diversos informes y publicaciones periodísticas sostienen que el esquema de baterías implicaría pagar un valor por la energía significativamente más alto que el promedio del sistema, lo que reabre la discusión sobre prioridades: ¿conviene pagar más por un “parche” o invertir en la obra estructural que baja el riesgo de apagones?

Tarifas suben, servicio no acompaña: la ecuación que irrita

El corte ocurre en un contexto sensible: en enero volvieron a oficializarse aumentos en distribución para Edenor y Edesur, y también ajustes del precio mayorista de la energía a través de resoluciones del área energética y del ente regulador. Para el usuario común, eso se traduce en una sensación directa: “pago más y el sistema igual se cae”.

Es una percepción difícil de desactivar si no se muestran avances concretos en infraestructura. Porque en verano no se discute teoría: se discute si vuelve el ascensor, si hay agua en el tanque, si la heladera aguanta, si el barrio puede circular sin semáforos.

El apagón de hoy no fue solo una falla técnica. Fue un recordatorio brutal de lo que pasa cuando la red de transporte se queda corta. Y dejó una pregunta que vuelve cada vez que el calor aprieta: si las obras grandes siguen demoradas y las soluciones rápidas son caras o tardías,  el AMBA seguirá entrando al verano con la misma pregunta: ¿Cuánto falta para el próximo apagón?

Redacción Data Política y Económica