El pacto se rubricará el sábado 17 en Paraguay, tras el aval del Consejo de la UE. Pero la implementación no será inmediata: aún faltan ratificaciones parlamentarias y persisten resistencias internas, sobre todo en Europa. En un mundo que gira hacia el proteccionismo, Bruselas busca diversificar y ganar autonomía estratégica, mientras Lula lee el acuerdo como una salida al intento de “encierro” político y comercial que impulsa Trump sobre América Latina.
El presidente Javier Milei viajará a Asunción para participar de la firma del acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea, prevista para el sábado 17 de enero bajo la presidencia pro témpore paraguaya. La cita llega después de que el Consejo de la Unión Europea aprobara el 9 de enero las decisiones que habilitan la rúbrica del paquete de entendimientos con Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, destrabando un expediente que llevaba décadas en negociación y años de parálisis política.

La escena, sin embargo, no debe confundirse con la puesta en marcha. En Bruselas, el propio Consejo lo explicitó: el acuerdo requiere el consentimiento del Parlamento Europeo para ser concluido formalmente, y la ratificación de los Estados miembros es necesaria para que entre en vigor el “Acuerdo de Asociación” completo. En paralelo, las partes diseñaron un “Acuerdo Comercial Interino” que cae bajo competencia exclusiva de la UE y podría aplicarse antes, pero aun así el proceso político está lejos de terminar. Traducido: habrá foto, pero después vendrán meses —y posiblemente años— de trámites, discusiones y votaciones.
Resistencias: agricultores, parlamentos y crisis política en Francia
El principal ruido, por ahora, se escucha en Europa. El apoyo mayoritario de los gobiernos de la UE no disolvió la resistencia de sectores agrícolas y partidos opositores. La tensión alcanzó a Francia, donde el manejo del acuerdo se convirtió en un factor de disputa interna: Reuters informó que el tema llegó incluso a disparar mociones de censura contra el gobierno en París, reflejo del costo político que el pacto puede tener en países con fuerte peso del agro y sindicatos rurales movilizados.
La oposición europea combina argumentos económicos (competencia sobre carnes, azúcar, granos), ambientales (deforestación, trazabilidad) y de “asimetrías” regulatorias. En ese marco, el acuerdo entra a la fase más imprevisible: la parlamentaria, donde los gobiernos negocian votos sector por sector y país por país.
La clave geopolítica: comercio en tiempos de repliegue y proteccionismo
El regreso del acuerdo no se explica sólo por la economía. Aparece en un momento de endurecimiento comercial global y giro proteccionista, con Estados Unidos bajo Donald Trump tensionando reglas multilaterales, reintroduciendo presiones bilaterales y amenazando con medidas de fuerza económica y política en el hemisferio. En esa lectura, el tratado funciona como un mensaje: mientras Washington juega duro, Europa intenta sostener (y reconfigurar) su red de acuerdos.
Desde la perspectiva europea, el acuerdo también encaja en una discusión estratégica más amplia. Un análisis de Le Monde lo resumió en clave de “autonomía estratégica”: la necesidad de una Europa menos dependiente de Estados Unidos (y también de China) en un mundo donde se usan las dependencias como palanca de poder. En ese tablero, Mercosur vuelve a ser una pieza útil para diversificar proveedores, mercados y alianzas.
Lula, el Mercosur y el intento de “aislamiento” en la era Trump
Del lado sudamericano, Brasil empuja el acuerdo con una motivación que excede el intercambio comercial. Lula celebró el aval europeo como un “día histórico” para el multilateralismo en un contexto internacional de creciente proteccionismo, y la prensa internacional lo leyó como una victoria política en un momento de reordenamiento global.
Esa apuesta se vuelve más nítida si se observa el entorno regional: Trump retomó una agenda de presión sobre América Latina —con amenazas explícitas en seguridad y comercio— y un refuerzo del control hemisférico que analistas ya describen como un “corolario” actualizado de la Doctrina Monroe.
En ese contexto, para Lula el acuerdo con la UE no es sólo un mercado: es una forma de evitar quedar atrapado entre la presión estadounidense y la disputa con China, ampliando margen de maniobra con un socio relevante. Y para el Mercosur, ofrece una salida institucional a un mundo que se cierra.
Argentina: relato de apertura, y una discusión pendiente sector por sector
La administración de Milei presenta el tratado como un salto de competitividad y reglas estables, con promesa de más exportaciones e inversiones.
Pero el debate doméstico —inevitable— será de distribución: ¿Qué sectores ganan rápido, cuáles quedan expuestos y qué capacidad tendrá la Argentina para transitar el cambio sin agravar tensiones sobre empleo industrial y estructura productiva?.
Todo eso, además, con un detalle decisivo: aun después de la firma, la “entrada en vigor” dependerá de decisiones políticas en parlamentos donde las resistencias ya están encendidas.
