Locura con dirección y método no es locura

Los hechos que a diario observamos en la política internacional y que nos asombran por lo inesperados no son, en rigor, nuevos. Lo novedoso no es la irrupción de conductas extremas, sino su sistematicidad, su coordinación y, sobre todo, su funcionalidad.
Por Humberto Vera

Las nuevas derechas extremas —autodenominadas libertarias— que proliferan en el occidente republicano y democrático no emergen desde los márgenes sin respaldo. Son financiadas y sostenidas por las nuevas mega corporaciones que Yanis Varoufakis define como los Patrones de la Nube, los señores del tecno feudalismo. Estos actores parecen haber llegado a una conclusión incómoda pero clara: el capitalismo occidental, tal como fue concebido, tiene los días contados y no dispone de herramientas suficientes para revertir su declive.

El motivo central de esta percepción es la imposibilidad de competir, en términos de eficiencia sistémica, con China. Allí se ha consolidado un sistema de producción industrial y tecnológica que iguala —y en algunos aspectos supera— al capitalismo tradicional, pero sin cargar con el costo social de la inter competencia empresarial permanente. A ello se suma un Estado con capacidad real de planificación estratégica y de toma de decisiones rápidas, algo estructuralmente vedado a los países con democracias atravesadas por frenos parlamentarios, judiciales y mediáticos constantes.
En ese marco reaparece con fuerza la tesis de Peter Thiel: la democracia sería incompatible con el capitalismo. Sin embargo, esta formulación, presentada como diagnóstico, opera en los hechos como justificación. Bajo consignas de “libertad”, se vuelve a sacralizar la propiedad privada y se cuestiona al Estado en tanto límite, mientras se intenta simultáneamente capturarlo. No se busca suprimir el Estado, sino desactivarlo como freno, vaciarlo de capacidad regulatoria y convertirlo en instrumento.
El objetivo de fondo es claro: remover los obstáculos que, según esta mirada, impiden competir con China. Pero el camino elegido no es la reforma ni el consenso, sino la disrupción total.
La disrupción opera como método. Acciones inesperadas, profundas y deliberadamente desconcertantes se suceden con rapidez. El asombro y la estupefacción no son efectos colaterales, sino objetivos buscados: retrasar al máximo la comprensión social de lo que ocurre y, con ello, la posibilidad de una reacción organizada.
Para que este método funcione, los hechos disruptivos deben ser continuos, exagerados y provocadores. Así, en medio del debate por Gaza, se propone públicamente expulsar a los sobrevivientes para construir resorts turísticos. Se secuestra a un presidente y se declara sin pudor que el objetivo es apropiarse de las riquezas de su país. Se amenaza con anexar Groenlandia o Canadá, se plantea renombrar el Golfo de México, se imponen aranceles de importación absurdos y se maltrata explícitamente a aliados históricos. La lógica no es la coherencia, sino la saturación.
Cuando observamos el plano local, la hipótesis se refuerza. En Argentina, el gobierno de Javier Milei reproduce esta misma lógica: violación sistemática de la juridicidad, gobierno por decretos, represión reiterada de jubilados, compra de gobernadores mediante premios y castigos, provocación permanente a través del insulto extremo. No se trata de exabruptos aislados, sino de una práctica sostenida.
Todo esto permite afirmar que existe una dirección y existe un método. La dirección es la normalización del autoritarismo en el seno del sistema democrático occidental, replicando —bajo retórica libertaria— aquello que se le atribuye como defecto a China. El método es la disrupción negativa: violenta, explícita, pública, exagerada.
El objetivo es generar miedo, desconcierto e impavidez. Frente a lo impensado y lo inesperado, la reacción se paraliza. Esta lógica no es nueva. Profundizada hoy por el poder de las redes, la velocidad de la información y el uso de inteligencia artificial, remite a una estrategia conocida: la traslación al plano político mediático de la Blitzkrieg, la guerra relámpago con la que el nazismo inauguró la Segunda Guerra Mundial.
No estamos, entonces, ante la locura. Estamos ante una racionalidad extrema, propia de un poder que sabe que el tiempo juega en su contra.
Por Humberto Vera
Referente del MP25M
Nodo Calamuchita –