Horacio Rovelli: «Todos estamos siendo afectados, salvo una pequeña minoría parasitaria»

El economista repasó en Radio La Tucumana la norma que habilita a los bancos a prestar dólares a empresas privadas no exportadoras, el patrón cíclico de las devaluaciones argentinas y la distancia entre el volumen de producción petrolera del país y el precio que paga la población por los combustibles.

 


El economista Horacio Rovelli pasó este martes por el programa matutino de Radio La Tucumana, en su habitual paso semanal —corrido un día por el feriado del lunes— para analizar la coyuntura económica nacional. La entrevista se produjo días después de la difusión del índice de inflación de julio y de la confirmación oficial de que el Gobierno no cumplió la promesa de Javier Milei de llevar el índice a cero en agosto. Sobre ese fondo, Rovelli desarrolló tres ejes que atraviesan la actualidad económica del país: la habilitación reciente para que los bancos presten dólares a empresas privadas, aunque no exporten, el historial de devaluaciones que castiga cíclicamente a la Argentina cada siete años y la relación entre la producción petrolera nacional y el precio que paga la población en el surtidor.

Horacio Rovelli

— Circuló esta semana que los bancos van a poder prestar dólares a empresas privadas, aunque no sean exportadoras. ¿Cómo lo analiza?

Es una barbaridad, y te explico por qué se hace. Trabajé en el sistema financiero, así que conozco cuál es el problema de fondo de los bancos: tienen dólares de sobra. Entre el blanqueo entraron veinticuatro mil millones de dólares y hubo otros dieciséis mil de ahorristas, así que los bancos acumulan cuarenta mil millones de dólares de depósitos. Los exportadores, para prefinanciar exportaciones, y los importadores usan apenas la mitad de esa masa. Queda una capacidad ociosa de veinte mil millones de dólares que no colocan las grandes empresas, porque las grandes empresas se financian afuera: colocan obligaciones negociables en el exterior en lugar de tomar crédito en el mercado interno.

Según la Comisión Nacional de Valores, que es el organismo que registra esas operaciones, entre el 2 de enero de 2024 y el 30 de junio de 2026 —los primeros treinta meses de la gestión de Milei— las grandes empresas colocaron obligaciones negociables por treinta y un mil seiscientos millones de dólares. Cristina Fernández de Kirchner lo definió bien en su momento: si nadie le presta a la Argentina como país, mal podrían prestarle a sus empresas en mejores condiciones; es autopréstamo, plata que sale y vuelve disfrazada de deuda. Entonces esas grandes compañías no necesitan la línea de los bancos locales. La que sí la necesita es la pequeña y mediana empresa, que está ahogada, que ya no puede tomar más crédito en pesos porque está sobrepasada de deuda. A esa la financian en dólares, que sale más barato, pero corre el riesgo cambiario.

Una pyme no consigue una línea regular de crédito en pesos por debajo del sesenta por ciento anual, y en descubierto paga cien por ciento. Si se endeuda al diez por ciento en dólares, la cuota baja drásticamente. El problema aparece si hay una devaluación: ahí tiene que afrontar ese salto con ventas que no acompañan. Y la Argentina no es Alemania, que ajusta su moneda a 0,22 por ciento, ni Estados Unidos, que ajusta a 0,25. Cuando acá devaluamos, esto vuela por el aire, como pasó tantas veces: en 1975 con el Rodrigazo, en 1980, en 1989 con el final del gobierno de Alfonsín y el comienzo de Menem, en 1995 con el tequila —ahí lograron contenerlo, a un costo alto— y en 2001. Cada siete años se repite el ciclo. La única gestión que rompió esa periodicidad fue la de los Kirchner, porque respondía a otro modelo.

Me acuerdo bien de la fecha: el 6 de febrero de 1989, José Luis Machinea, que presidía el Banco Central en ese momento, tuvo que reconocer que no tenía más dólares para vender. El dólar estaba a diecisiete australes con sesenta y ocho centavos. Poco más de dos años después, al arrancar la Convertibilidad en 1991, había pasado a diez mil australes. De diecisiete australes con sesenta y ocho centavos a diez mil en poco más de dos años. Eso es lo que le meten en el bolsillo al pequeño empresario que ya está ahogado en deuda: paga cinco o seis veces menos de interés hoy, pero corre el riesgo de que el capital se le multiplique por cuatro mañana. Y encima vende a un mercado interno que se cae día a día, porque cae el consumo, porque los salarios no le ganan a la inflación real y la gente compra cada vez menos.

En definitiva, de los cuarenta mil millones de dólares en depósitos, los bancos están prestando veinte mil, porque el comercio exterior argentino no necesita más que eso: exportamos por cien mil millones de dólares y esa es la proporción técnica entre crédito y ciclo comercial. Para que esa relación creciera, tendríamos que exportar por doscientos mil millones, y eso no se resuelve de un día para el otro. Lo que hace Caputo es trasladarle el riesgo cambiario al empresario que ya está al borde de la quiebra, apostando a que no vuelva a volar todo por el aire como pasó tantas veces en nuestra historia.

— Si uno compara el poder adquisitivo actual con el que había al final de la gestión de Alberto Fernández, ¿qué encuentra?

Una caída estrepitosa. No hace falta comparar números fríos: alcanza con preguntarle a cualquier trabajador cuánto podía comprar con su sueldo hace tres años y cuánto puede comprar hoy. Ahí no hay forma de sostener el relato de que este modelo funciona. Toda la discusión sobre la inflación como único indicador es una trampa: el índice puede bajar, pero eso no dice nada sobre lo que la gente puede comprar con lo que gana.

— ¿Y qué pasa con las tarifas y los combustibles en ese mismo período?

Ahí no hay manera de mentir, porque el dato lo publican las propias empresas reguladas. Metrogas, la distribuidora principal, aumentó las tarifas de gas más de dos mil por ciento desde que asumió Milei. La electricidad subió novecientos por ciento. En el caso de los combustibles pagamos directamente el precio internacional, y eso que somos productores y exportadores de petróleo crudo: estamos produciendo casi un millón de barriles por día, ciento cincuenta y nueve litros por barril. Tenemos un océano de petróleo debajo y sin embargo nos cobran lo mismo que a un país que tiene que importarlo.

— Ante ese nivel de producción, ¿debería esperarse que bajaran los costos internos?

Sería lo lógico. Ni siquiera te pido el modelo de un país que subsidie el combustible: alcanzaría con que cobraran a la población un poco por encima del costo de producción local, como hace cualquier país productor razonable. Acá cobran precio internacional puro. La nafta súper está a dos mil doscientos pesos el litro. En Tucumán encima la pagás más cara que en otras provincias, y la ruta que tenés que recorrer para cargarla está destruida, aunque una parte de lo que pagás en cada litro debería ir a impuestos con afectación específica al mantenimiento vial. Es insostenible.

— En ese cuadro, ¿quién gana y quién pierde?

Todos estamos siendo afectados, de una forma o de otra —algunos un poco más, otros un poco menos—, salvo una pequeña minoría parasitaria, la de siempre. Se benefician los dueños de las grandes empresas que extraen petróleo, oro, litio y cobre, los grandes bancos, y los que trabajan para ellos en los puestos más altos. Un gerente de un banco o de una petrolera cobra bien y forma parte de los grandes ganadores de este proceso. El resto lo paga.

 

 

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