MARIO VARGAS LLOSA: LA ELEGANCIA DEL MEDIOPELO

Cuando todavía vivía el primado de Roma llamado Francisco, se murió un escritor peruano de la pequeña burguesía limeña, de apellido compuesto y modales viejos: Mario Vargas Llosa. Conocido por ganar el Premio Nobel de literatura hace unos años, en 2010, se caracterizó por desatar polémicas y estar siempre en el candelero público por sus opiniones políticas.

por  | Ago 14, 2026


Para reflexionar, me gustaría señalar que esta nota no es un recinto biográfico, sino más bien una reflexión sobre aquellos que escriben desde este continente para el mundo, tomando en este caso como punto de partida al autor de La fiesta del chivo. Él se caracterizó, como toda la generación de los sesenta llamada el boom latinoamericano, por no ser solemne; pero en su caso, su métier no es la farsa ni el realismo mágico, sino el humor negro o la parodia cruel.

Sus personajes no suelen ser queribles y se percibe una distancia del autor hacia ellos, una disección pública de sus apetitos y pasiones desde un punto de vista racional. Allí se enmarcan su anticlericalismo, su antimilitarismo y su marcado liberalismo político, que ve en los derechos individuales el baluarte de la lucha nacional. En su juventud, esta postura —en el Perú previo al gobierno de Juan Velasco Alvarado, en donde las tierras se vendían con los trabajadores adentro o se permitía el castigo físico a los chicos en los colegios— lo colocaba, por su visión contraria a la estructura colonial, como un hombre de izquierda: aquel que desde la universidad y con un libro de psicoanálisis bajo el brazo se distinguía tanto de las guerrillas insurgentes como de los movimientos indigenistas tradicionales.

Pero con el correr del tiempo, al ver que las utopías de la nueva izquierda se evaporaban, su liberalismo demoprogresista derivó poco a poco hacia el neoliberalismo; es decir, grandes empresas y Estado mínimo, pasando de defender la libertad de expresión a priorizar la libertad de empresa. Perdió las elecciones presidenciales contra Alberto Fujimori en 1990 cuando quiso erigirse como el candidato salomónico, algo que coincidió con el «fin de la historia» para el mainstream político.

Nunca dejó de escribir, por lo general novelas de gran cantidad de personajes y de un marcado clasicismo. En todas ellas, la trama era mucho más importante que el preciosismo de la prosa o el lenguaje barroco; no era un posmoderno, y esa era su gran virtud.

 

 

 

Esa derrota electoral pareció marcar un punto de inflexión definitivo en su temperamento intelectual. Lejos de replegarse hacia la pura creación literaria, su pluma se convirtió en el ariete de una cruzada ideológica continental, donde su temprana vocación democrática mutó en una defensa acérrima de los consensos del libre mercado y del statu quo global, aplaudiendo sin matices cualquier giro conservador bajo el pretexto de la modernización.

Cuando llegó la «marea rosa» a nuestro continente, se convirtió en opositor a todos los gobiernos populares de la región y en un habitué de la CNN, un comentarista neoliberal del presente latinoamericano. Terminó siendo algo así como el Pérez-Reverte americano: una especie de indignidad política con ribetes pedantes.

Para finalizar, recomiendo la lectura de su obra pero, como decía Jauretche, poseía las lógicas del «medio pelo». Al final, más que una ideología tenía una pose, y más que un corpus de ideas, sostenía posturas personales que dialogaban con contextos políticos contradictorios.

 

-SEBASTIÁN IZQUIERDO. ENTREVISTADOR. ESTUDIANTE DE LA LICENCIATURA EN HISTORIA. UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES.
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