Ya nadie usa la palabra «reelección» con las certeza de hace seis meses. Según la consultora Zuban Córdoba, el 64,5% de los argentinos desaprueba la gestión presidencial y el 71,2% considera necesario un cambio de gobierno, números que hace apenas unos meses el propio oficialismo consideraba impensables.
La llamada ley de tierras generó más de 82 mil menciones en redes durante agosto, con picos el 5 y 6, y el rechazo cruzó la grieta habitual. La Casa Rosada perdió, según fuentes legislativas, la confianza de gobernadores que hasta hace poco daba por descontados, y esa pérdida se paga en gobernabilidad, no solo en las encuestas.
El simbronazo del hotel Emperador
El martes por la noche, en un hotel de la avenida Libertador, ocurrió lo que nadie esperaba: Axel Kicillof y Máximo Kirchner volvieron a verse las caras después de octubre de 2025, cuando compartieron el escenario de la derrota electoral y después ni se saludaron. Los acompañaron Sergio Massa, cuatro gobernadores peronistas, Gerardo Zamora y los jefes de los bloques legislativos de Unión por la Patria. Cinco horas de reunión, clima descripto como ameno por los propios protagonistas, y un único preacuerdo concreto, defender las PASO frente al intento oficialista de eliminarlas. Pero el dato relevante no fue el temario. Fue la foto.
La cumbre dio origen a lo que en el peronismo empezó a llamarse «la nueva mesa política», un ámbito que podría transformarse en permanente si se prueba como mecanismo exitoso de funcionamiento. El modelo a replicar es el que ya funcionó la semana anterior, cuando el peronismo trabajó articulado y consiguió deshilachar en el Senado la ley de inviolabilidad de la propiedad privada que impulsaba la Casa Rosada.
El mensaje hacia adentro del PJ fue tan claro como amenazante: cualquier gobernador que negocie con Milei la eliminación de las primarias se va a encontrar con una lista peronista armada en su provincia.
Kicillof, de todos modos, no frena su despliegue territorial ni cede su ambición presidencial; la semana próxima estará en Chaco, en el acto de normalización de la CGT.
La tregua no es unidad, es logística compartida ante un enemigo común.
En el oficialismo, la respuesta fue minimizar. «Son el tren fantasma», ironizó una fuente de la Casa Rosada. Pero puertas adentro la lectura fue otra: si el peronismo logra ordenar mínimamente su interna en año electoral, el escenario de 2027 deja de ser el paseo que Milei imaginaba meses atrás. La incertidumbre no es menor, se instaló justo cuando el propio mileísmo empezaba a mostrar grietas propias.
Un presidente ausente y una hermana que ocupa el vacío
Porque mientras el peronismo se reagrupa, Javier Milei prácticamente desapareció de la escena pública. El Presidente se mantiene en la Quinta de Olivos con audiencias privadas y sin agenda oficial en la Casa Rosada. La dinámica de Balcarce 50 quedó delegada en la mesa política que encabeza su hermana, la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, mientras desde el entorno presidencial insisten en que el jefe de Estado sigue «con cabeza de economista» el programa de ajuste. Es un reparto de roles que el propio Gobierno reconoce puertas adentro: a Milei le interesa la macroeconomía, la gestión cotidiana de la rosca política se la delegó por completo a Karina, y cada funcionario sabe cuál es su espacio.
La ausencia presidencial coincide con el peor momento de la gestión económica en meses. La inflación de julio repuntó a 2,1%, con una interanual del 33,8%, lejos de la meta de converger a cero en agosto que Milei había prometido en diciembre. El consumo sigue cayendo, la actividad industrial no repunta y las consultoras recortaron sus proyecciones de crecimiento para lo que resta del año. Caputo repite que tiene «confianza plena» en el rumbo, pero la brecha entre el relato oficial y el bolsillo de la gente es cada vez más difícil de disimular.
En ese contexto, el ala política del Gobierno, con Karina Milei a la cabeza, quedó a cargo de administrar un frente que no tiene buenas noticias que ofrecer. Negocia con gobernadores sin poder mostrar resultados económicos, intenta contener la fuga de apoyos legislativos y al mismo tiempo cuida la interna libertaria, cada vez más tensionada entre el sector que responde a Santiago Caputo y el que responde a la propia Karina. Es una gestión de la escasez política, hecha con un presidente que decidió correrse del centro de la escena justo cuando más se lo necesita ahí.
El regreso del hijo pródigo
En ese vacío también se cuela Mauricio Macri. El lunes, Karina Milei lo llamó por teléfono, una charla de media hora que reabrió un canal cortado desde octubre. El expresidente venía de relanzar el PRO en Parque Norte con una consigna que hoy se resignifica: «No somos oposición, somos el próximo paso». En ese momento sonaba a diferenciación cosmética; ahora suena a apuesta de sucesión. El PRO reconstruye su estructura territorial en distritos donde el sello estaba intervenido, Córdoba y Tucumán entre ellos, justo cuando el helicóptero de Milei empieza a mostrar fallas mecánicas.
En esta reaparicion conviven, incómodas, dos lecturas de lo mismo. Una plantea que el mileísmo necesita a Macri para blindar gobernabilidad; la otra, que su regreso es apenas la confirmación de que la centroderecha no tiene todavia un plan B mejor para reciclarse, con un Milei con escasas posibilidades electorales en el proximo año.
Los aliados juegan su propio juego
Los gobernadores aliados observan estos reacomodamientos con desconfianza declarada.
Llaryora administra reclamos puntuales, discapacidad, PAMI, financiamiento universitario, sin romper el vínculo financiero con Nación.
Daniel Passerini, intendente de la capital cordobeza, ya dice abiertamente que Milei no llegará ungido a la reelección, una hipótesis que le calza perfecto al rol de árbitro nacional que el peronismo cordobés cultiva desde 2023.
Los gobernadores más activos de Provincias Unidas, Llaryora, Pullaro y Torres, dan por descontado que ese espacio tendrá oferta nacional en 2027, más allá de qué sigla termine representándolo.
Lo que viene
El interior manda una señal clara: los gobernadores dejaron de actuar como furgón de cola. Negocian recursos, cuidan capital político propio y esperan definiciones antes de resignar autonomía electoral. El peronismo, por su parte, encontró en la defensa de las PASO un motivo para ensayar una unidad que hasta hace dos semanas parecía imposible. Y Milei, mientras tanto se encierra en Olivos, con una economia en la deriva y una agenda política, que no arranca, en manos de Karina. Detras hay una sociedad que espera algunas respuestas, antes que sea demasiado tarde.
Antonio Muñiz
