Canelones, la ópera prima como director de Christian Basilis, inspirado en un episodio real, el film producido bajo el modelo comunitario de Orsai Audiovisuales indaga en la persistencia del daño a través del tiempo.

Christian Basilis construyó una tragicomedia que no busca redimir a sus personajes. Sandra Cartasso
Hay historias que parecen chistes privados condenados a disolverse en el tiempo. Otras, en cambio, persisten como una deuda muda, fermentan en silencio y regresan décadas después con la violencia de lo no saldado. Canelones, la ópera prima como director de Christian Basilis, acompañado en ese rol por Ana Laura Gussoni, parte de ese desfasaje inquietante: una broma adolescente en la Mercedes de los años 80. Lejos de agotarse en la anécdota, se transforma en el origen de una tragedia que vuelve, treinta años más tarde, bajo la forma de secuestro, ajuste de cuentas y una espiral de venganza tan absurda como devastadora. Canelones se estrena este jueves en la Argentina.
Inspirada en un episodio real, transformado en un cuento por Hernán Casciari, la película -producida bajo el modelo comunitario de Orsai Audiovisuales junto a miles de socios- condensa su relato en una sola noche asfixiante, donde el humor negro y el suspenso se entrelazan para indagar en algo más incómodo que el delito: la persistencia del daño, las herencias invisibles que atraviesan generaciones y la dificultad -o la imposibilidad- de ponerle un punto final al pasado. En ese territorio ambiguo, donde la risa convive con la incomodidad, Basilis construyó una tragicomedia que no busca redimir a sus personajes, sino exponerlos en el límite de sus propias contradicciones.
La película surgió del universo Casciari, con quien Basilis comparte su recorrido creativo desde hace años. Consultado acerca de cómo fue el proceso de adaptación del cuento al lenguaje cinematográfico, el director señala: “El cuento transcurre en 1987, y parte de una broma telefónica que hizo Hernán, conmigo también, porque somos amigos desde la infancia, y compartimos un montón de cosas. Ese cuento está focalizado en ese año. Y es solamente esa anécdota que, obviamente, no alcanza para hacer una película. Entonces, a partir de una serie de sucesos que pasaron después del cuento, que se introdujeron un poco en la realidad, nos pareció una buena historia para adaptar, pero el cuento está tomado solamente como un disparador, como un punto de partida para contar los efectos secundarios que tuvo el cuento unos 15, 20 años después”, explica Basilis.
-Justamente, la película trabaja con una idea muy potente, una broma adolescente que deriva décadas después en una tragedia. ¿Qué te interesaba explorar sobre la responsabilidad y las consecuencias a largo plazo de los actos?
-Esa fue una pregunta que funcionó como disparador. Habla de las consecuencias que tienen nuestros actos inconscientes que, en realidad, no solamente transcurren o ocurren cuando somos adolescentes, sino que nos van a pasar en nuestras vidas. A veces, hacemos cosas que no tenemos en cuenta, o no calculamos los efectos derivados que pueden tener porque estamos pendientes de nuestras propias necesidades, deseos, intereses, sin tener muy en cuenta lo que está pasando del otro lado. Y si bien nunca se pudieron haber calculado -en el caso específico de Canelones-, las consecuencias trágicas que tuvo ese acto inconsciente, sí hubo una semilla de maldad que la provocó. Una acción humana que terminó desatando un tsunami. Exploramos ese boomerang, después de 20 años. Y cómo eso vuelve sobre el presente de los personajes. En un punto, nos interesaba contar un poco la inmadurez de ellos, que cuando los encontramos en el presente otra vez, son los mismos adolescentes que hicieron la broma al teléfono sin haber madurado una coma, un ápice. Les falta un golpecito de horno madurativo.
-La historia transcurre en una sola noche. ¿Qué te permitió esa unidad temporal en términos narrativos y de construcción de tensión?
-Todo lo que sucede en una sola noche y en un lapso de más comprimido ayuda a que la tensión y la cuenta regresiva funcionen mejor. En este caso, el tiempo de descuento es la proximidad de la muerte del personaje de Chichita. Es un recurso muy típico del thriller que te ayuda a que la trama avance. Te resuelve varias cosas. Es un desafío también.
-El cruce entre suspenso y humor negro es uno de los rasgos más fuertes de la película. ¿Dónde encontraste el equilibrio para que el humor no diluya la tragedia y viceversa?
-Eso fue un gran desafío durante el rodaje. También encontrar en qué tono estábamos contando esta historia fue uno de los grandes desafíos porque, a priori, el guion tenía una idea de cómo lo quería contar, en el rodaje también me di cuenta de que había distintos caminos por los que podíamos ir. Cuando ya ponés la historia en movimiento y la encarnan los actores, ellos le dan su propia impronta. En algunas escenas muy puntuales me aseguré tener diferentes tonos y un espectro un poco más amplio para el montaje posterior. Entonces, en algunas escenas muy trágicas nos íbamos mucho para el humor, pero al mismo tiempo, la oscurecíamos un poco en las distintas tomas para terminar de definir y afinar el tono. Fue muy buen experimento que concluyó en Canelones.
-En términos políticos y culturales, ¿qué implica hoy hacer cine por fuera de los modelos industriales tradicionales?
-La esperanza de que si la gente y las personas que aman el cine, aman la posibilidad de contar historias, en cualquier formato (pero hablando específicamente del cine) si nos juntamos para poder contar una historia, es posible. Más allá de lo mal que la está pasando la industria del cine en la actualidad, siento que es una buena oportunidad de que el cine siga vivo, por lo menos en estos tiempos complicados del país. No se está apostando a una industria tan potente. Ya sabemos lo que es el cine, obviamente todos lo vamos a defender, todos queremos que el cine exista, no solamente porque genera un montón de fuentes de trabajo, sino porque es un patrimonio cultural de la Argentina. Y frente a la falta de posibilidades, las pequeñas comunidades y las pequeñas voluntades y sobre todo las ganas y el deseo de contar historias, a través de este formato se nos da la chance de que no muera esto, de que siga vigente.