Los dilemas detrás de los espejismos liberales y las insuficiencias progresistas.
América Latina no está ante una simple discusión entre más mercado o más Estado. Está ante un problema bastante más profundo: lleva demasiado tiempo oscilando entre dos recetas que no funcionan.
Por un lado, el neoliberalismo, que promete que la apertura, la desregulación y el repliegue estatal terminarán generando crecimiento, eficiencia y modernización. Por el otro, versiones progresistas que lograron avances distributivos importantes, pero no consiguieron modificar de manera duradera la estructura productiva. Unos confiaron demasiado en el mercado. Otros subestimaron la necesidad de construir capacidades. El resultado está a la vista: bajo crecimiento, escasa transformación estructural y una región que sigue sin encontrar un rumbo claro.
Entre 2014 y 2023, América Latina creció apenas 0,9% anual. Es menos que en los años ochenta, la célebre “década perdida”. Las tres economías más industrializadas de la región —Argentina, Brasil y México— arrastran trayectorias decepcionantes. Más inquietante todavía: la región no solo crece poco. También discute poco qué tipo de desarrollo quiere construir.
Durante el ciclo de commodities, Sudamérica tuvo una oportunidad extraordinaria. Podía usar esa renta para diversificar, innovar y escalar productivamente. No lo hizo. Cuando el viento externo cambió, quedó otra vez expuesta. El progresismo distribuyó mejor, pero no siempre transformó. El liberalismo desreguló, pero tampoco construyó. Y así América Latina volvió a quedarse sin proyecto.
Ese es el verdadero problema. No la falta de recursos. No la falta de talento. No la falta de oportunidades. La falta de una estrategia de desarrollo. La economía creció apenas 0,9% anual entre 2014 y 2023, menos que en los años ochenta, cuando se acuñó el término “década perdida”. Las tres economías más industrializadas de la región — Argentina, Brasil y México — han tenido un bajo crecimiento de largo plazo. Más inquietante aún: la región no tiene un proyecto del todo claro más allá de diferencias y matices.
Durante el ciclo de los commodities, los países de América del Sur tuvieron una oportunidad de diversificar su estructura productiva. No lo hicieron. Cuando los precios de las materias primas cayeron, quedó expuesta sin nuevas fuentes de crecimiento. Los gobiernos progresistas de esa época priorizaron — con resultados sociales genuinos y valiosos — la distribución de la renta existente antes que la construcción de nuevas capacidades productivas. Los gobiernos de orientación más liberal apostaron a que el mercado solo resolvería el problema. Ninguno de los dos enfoques produjo una transformación estructural.
Ese es el nudo del problema. Y resolverlo exige algo que la región evita con llamativa persistencia: pensar en términos de proyecto de desarrollo.
El fracaso del neoliberalismo y la ilusión que regresa
Antes de discutir qué habría que construir, conviene despejar una confusión. América Latina ya probó una receta que prometía modernización a partir de la sola fuerza del mercado. Y no funcionó.
El neoliberalismo —entendido como la convicción de que el mercado asigna eficientemente los recursos y de que el Estado debe retirarse de cualquier intento de orientar el cambio productivo y tecnológico— fue la ideología dominante de los años noventa. Sus promesas eran conocidas: más eficiencia, más competitividad, más crecimiento. Su legado también: bajo dinamismo, fragilidad externa, desindustrialización parcial y una productividad estancada.
La productividad regional, que había crecido 2,8% anual entre 1950 y 1980, pasó a expandirse apenas 0,1% anual entre 1980 y 2019. La brecha con las economías desarrolladas, que durante la fase industrializadora se había achicado, volvió a ensancharse. México, que en los años setenta había alcanzado la menor distancia relativa con Estados Unidos de toda su historia, pasó a convivir con décadas de crecimiento mediocre. Argentina y Brasil, por su parte, combinaron volatilidad macroeconómica con pérdida persistente de capacidades industriales acumuladas durante generaciones.
Y sin embargo, el debate vuelve. O mejor dicho: nunca se fue.
Las nuevas derechas latinoamericanas no proponen una revisión inteligente del neoliberalismo a la luz de su fracaso. Proponen profundizarlo. La tesis es conocida: si no funcionó, fue porque no se aplicó con suficiente pureza. El problema habría sido el exceso de Estado, no la debilidad del modelo.
Es una posición ideológicamente coherente. Pero empíricamente insostenible.
Porque se formula en el vacío, como si el resto del mundo no existiera. Y el resto del mundo existe. Estados Unidos desplegó políticas industriales de una escala inédita desde la Segunda Guerra Mundial. Europa subsidia, regula y planifica su transición verde. China sostiene desde hace décadas una estrategia industrial de largo plazo que la convirtió en potencia tecnológica. Corea del Sur, Taiwán y Singapur construyeron su desarrollo sobre intervenciones estatales selectivas, disciplinadas y estratégicas.
En ese mundo, la apertura unilateral sin política industrial no genera una competencia virtuosa. Genera especialización pasiva. Quien se desregula solo en un mundo que protege, subsidia e innova termina financiando el desarrollo ajeno. Abrirse sin estrategia, hoy, no es modernizarse. Es resignar capacidades.
La trampa de “vivir de la renta”
Frente a esto, las nuevas derechas tienen una respuesta. Y conviene tomarla en serio, porque no carece de seducción. Sostienen que América Latina tiene ventajas comparativas naturales en recursos primarios, y que intentar forzar una industrialización artificial solo distorsiona precios, genera ineficiencias y subsidia sectores que no son competitivos. El Estado debería correrse. Los recursos deberían fluir hacia donde rinden más. La riqueza natural, en teoría, se derramaría hacia el resto de la economía.
El argumento parece simple. El problema es que choca con la historia.
No hay un solo caso relevante de desarrollo sostenido basado exclusivamente en la exportación de recursos naturales sin política industrial activa. Noruega no se limitó a exportar petróleo: creó un fondo soberano, construyó capacidades institucionales y promovió una industria proveedora sofisticada. Australia no vivió solo de cavar y embarcar minerales: articuló su minería con servicios de ingeniería, conocimiento y tecnología. Los países del Golfo tampoco se contentan con extraer hidrocarburos: usan sus rentas para financiar universidades, fondos de inversión, infraestructura y apuestas tecnológicas. Nadie se desarrolló seriamente dejando actuar a la naturaleza y esperando que el resto ocurra por añadidura.
Pero además hay un problema temporal. Los recursos se agotan, pierden centralidad o cambian de valor relativo. El litio de hoy podría ser mucho menos estratégico mañana si cambian las tecnologías de almacenamiento. El petróleo enfrenta, aun con oscilaciones, una trayectoria de largo plazo que ningún analista serio debería ignorar. Apostar todo a commodities volátiles o no renovables no es una estrategia de desarrollo. Es una estrategia de corto plazo.
El problema, entonces, no es que América Latina tenga recursos naturales. Eso es una ventaja. El problema es haberlos gestionado históricamente de manera rentística: exportar el recurso e importar la tecnología para explotarlo.
Ahí está el núcleo de la cuestión. No se trata de elegir entre recursos naturales o industria. Se trata de decidir si los recursos serán una plataforma para construir capacidades o apenas una fuente transitoria de dólares. En demasiados casos, la región eligió lo segundo.
El dato es elocuente. Entre 2001 y 2015, el déficit comercial de las industrias proveedoras del sector petrolero regional se triplicó: pasó de 7.238 a 24.488 millones de dólares. El boom energético no consolidó entramados locales robustos. Financió importaciones crecientes. Es decir: la renta estuvo, pero la transformación no.
El viejo desarrollismo ya no alcanza
Dicho todo esto, sería un error creer que la salida consiste simplemente en restaurar el desarrollismo clásico. El mundo cambió demasiado para eso.
Las cadenas globales de valor, la revolución digital, la transición energética, la financiarización, la fragmentación geopolítica y las nuevas disputas tecnológicas configuran un escenario radicalmente distinto del que enfrentaron Prebisch, Furtado o los industrialistas del siglo XX. No hay vuelta posible a una industrialización por sustitución de importaciones pensada en clave nostálgica, cerrada sobre el mercado interno y sostenida indefinidamente por protección.
Ese camino no es viable. Pero de ahí no se deduce que el desarrollismo esté agotado. Lo que está agotado es una versión histórica, no la pregunta que lo animaba. La pregunta sigue intacta: cómo construir capacidades productivas, tecnológicas e institucionales para sostener crecimiento, bienestar y autonomía en la periferia.
Lo que hace falta, entonces, no es abandonar la tradición desarrollista sino actualizarla. Recuperar su ambición transformadora, corregir sus viejos sesgos y adaptarla a un mundo completamente distinto. No se trata de volver al pasado. Se trata de evitar quedar atrapados en él.
¿Qué significa hoy un “nuevo desarrollismo”?
Si el neoliberalismo fracasó y el viejo desarrollismo ya no alcanza, la pregunta es qué debería contener una nueva agenda.
Una respuesta posible puede organizarse en cuatro ejes.
El primero es convertir los recursos naturales en palanca de innovación, no en simple fuente de renta. América Latina cuenta con litio, cobre, petróleo, gas, suelos agrícolas, agua, biodiversidad y una variedad de activos estratégicos que el nuevo patrón de demanda global vuelve todavía más valiosos. Pero la cuestión decisiva no es exportarlos en bruto. La cuestión es qué entramados productivos, tecnológicos e institucionales se construyen alrededor de ellos.
La pregunta relevante no es cuántas toneladas de litio pueden salir de la región. La pregunta es cuántas capacidades pueden quedar en ella. Cuántos proveedores, cuánta ingeniería, cuánto procesamiento, cuánta química avanzada, cuánta movilidad eléctrica, cuánta tecnología asociada. Argentina y Chile concentran juntos una porción decisiva de la oferta mundial. La discusión seria no debería terminar en la extracción. Debería empezar ahí.
El segundo eje es la neoindustrialización, concepto que introdujera Verenta Hitner cuando se diseñó Nova Industria Brasil. No la reindustrialización en un sentido nostálgico, como si se tratara de revivir sin más la fábrica del siglo XX. Se trata de construir las industrias del siglo XXI y, al mismo tiempo, modernizar las existentes. Movilidad eléctrica, biotecnología, manufactura avanzada, tecnologías digitales, energías renovables, industria de la salud, nuevos materiales. Y junto con eso, digitalización, automatización e inteligencia artificial aplicadas sobre la base productiva ya instalada.
Nada de eso ocurre de manera espontánea. Requiere financiamiento de largo plazo, compras públicas inteligentes, marcos regulatorios adecuados, coordinación público-privada e instituciones capaces de sostener apuestas que no maduran en un trimestre. Hablar de neoindustrialización no es hablar de nostalgia fabril. Es hablar de disputar el lugar de la región en la economía del futuro.
El tercer eje es la industrialización verde. La transición energética no es solo un mandato ambiental. Es una oportunidad productiva de escala histórica. América Latina tiene condiciones excepcionales para producir energías limpias, hidrógeno verde, baterías, minerales críticos, redes inteligentes e insumos tecnológicos vinculados a la descarbonización.
Pero también aquí aparece un riesgo conocido: repetir el patrón de siempre. Exportar recursos estratégicos e importar la tecnología asociada. Convertirse en proveedor de insumos mientras otros capturan el conocimiento, el diseño y los eslabones de mayor valor agregado. Si eso ocurre, la transición verde será apenas una nueva versión del viejo extractivismo. Más limpia, tal vez. Pero igualmente subordinada.
La industrialización verde exige una estrategia deliberada. No alcanza con tener viento, sol o minerales. Hay que construir cadenas de valor, capacidades tecnológicas y mecanismos de articulación regional. El recurso natural abre una puerta. No garantiza lo que habrá detrás.
El cuarto eje es una integración regional distinta. Durante demasiado tiempo, la región osciló entre retóricas grandilocuentes y tratados de libre comercio demasiado genéricos. Ninguno de los dos caminos produjo una transformación relevante.
Lo que hace falta es un regionalismo más pragmático, más productivo y menos declarativo. Acuerdos sectoriales, cadenas específicas, proyectos concretos. Complementar capacidades en lugar de superponer fragilidades. La electromovilidad ofrece un ejemplo evidente: litio argentino y chileno, capacidades industriales brasileñas y mexicanas, mercados regionales de transporte público, plataformas tecnológicas compartidas. La integración no debería ser una consigna. Debería ser una herramienta de escala para desarrollar sectores estratégicos.
El problema político del desarrollo
Ahora bien: nada de esto es solo una cuestión técnica. Y ahí está uno de los puntos ciegos más persistentes del viejo desarrollismo.
La política industrial no puede pensarse como un asunto reservado a ministerios, expertos y bancos de desarrollo. Para ser sostenible, tiene que construirse como proyecto social y político. Tiene que ser percibida como algo que mejora la vida cotidiana, que crea empleo de calidad, que reduce desigualdades, que expande oportunidades y que puede mostrar resultados verificables.
No alcanza con tener razón en el diagnóstico. Hay que construir legitimidad.
En ese punto, el enfoque de misiones que Brasil viene adoptando con distintos grados de sofisticación ofrece una pista interesante. No porque resuelva por sí solo el problema, sino porque intenta conectar la política productiva con objetivos compartidos, visibles y medibles. El desarrollo deja así de aparecer como una abstracción tecnocrática y pasa a presentarse como una empresa colectiva.
Pero hay otra dimensión igual de importante: la condicionalidad.
El apoyo público no puede ser un cheque en blanco. Tiene que estar asociado a compromisos verificables en inversión, empleo, exportaciones, innovación, encadenamientos, sostenibilidad y aprendizaje. Un desarrollismo sin condicionalidad corre el riesgo de reproducir algunos de sus peores vicios: captura de rentas, protección sin exigencias, ineficiencia enquistada, ausencia de evaluación.
Y ese es, precisamente, el flanco por el que las críticas liberales golpean con más eficacia. A veces lo hacen de manera dogmática. Pero no siempre se equivocan al señalar los riesgos de un Estado que subsidia sin disciplinar. Un nuevo desarrollismo no puede ignorar ese problema. Tiene que resolverlo. El desafío no es solo intervenir más. Es intervenir mejor.
Lo que está pasando en la región
No todo, sin embargo, es estancamiento o repetición.
Brasil está desplegando Nova Indústria Brasil, una iniciativa ambiciosa que combina enfoque de misiones, financiamiento de largo plazo y el protagonismo de instituciones como el BNDES. México, por su parte, ensaya con Plan México una estrategia orientada a capturar inversiones, ordenar prioridades y aprovechar la reconfiguración productiva asociada al nearshoring. Son experiencias distintas, con fortalezas y límites propios. Pero tienen algo en común: expresan el retorno de la planificación del desarrollo después de décadas en las que esa conversación parecía expulsada del vocabulario legítimo de la política económica.

La contracara es Argentina bajo Milei.
Allí no hay actualización del debate desarrollista, ni siquiera una discusión crítica sobre sus límites. Hay, más bien, una restauración ideológica. Desmantelamiento de instituciones científicas y tecnológicas, abandono de políticas productivas, apertura unilateral y apreciación cambiaria en un mundo que subsidia agresivamente sus sectores estratégicos. Argentina aparece así como el único gran país de la región que decide ir activamente a contramano de las tendencias globales, y hacerlo además como si esa anomalía fuera una forma superior de modernidad.
El mecanismo es bastante simple. Cuando todos protegen algo y uno solo decide no proteger nada, el que renuncia no se vuelve más eficiente: se vuelve más vulnerable. Cuando todos promueven capacidades y uno solo confía en la mano invisible, lo que termina invisible son sus propias capacidades productivas.
No hay aquí ningún misterio teórico. Solo una vieja historia latinoamericana reciclada como novedad.

La pregunta que no puede esquivarse
¿Puede América Latina construir un nuevo desarrollismo?
La respuesta no es obvia. Y conviene no romantizarla. Los obstáculos son serios: restricciones fiscales, inestabilidad macroeconómica, heterogeneidad estructural entre países, debilidades estatales, captura de intereses, baja densidad institucional y una persistente batalla ideológica en la que una parte importante de la derecha sigue prefiriendo el dogma a la evidencia.
Un nuevo desarrollismo no puede negar nada de eso. Tiene que partir de ahí.
Pero la pregunta inversa es, en realidad, más incómoda. ¿Qué pasa si no se construye? ¿Qué pasa si la región sigue oscilando entre apertura ingenua, distribución sin transformación y rentismo exportador?
La respuesta ya la conocemos. Es la última década. Y antes de eso, fueron los años noventa.
América Latina no carece de recursos. Tampoco carece de capacidades. Tiene base industrial, ecosistemas científicos, potencial energético, espacio para integrarse regionalmente y una posición nada despreciable en varios sectores estratégicos del nuevo escenario global. Lo que no tiene, al menos por ahora, es una estrategia consistente y sostenida para convertir esas ventajas en desarrollo. Y mucho menos una voluntad política capaz de sostenerla más allá del corto plazo electoral.
Ahí está el desafío central. No solo pensar un nuevo desarrollismo, sino construir las condiciones políticas para que deje de ser una consigna y se convierta en proyecto.
Porque el problema de América Latina no es que no tenga con qué desarrollarse. Es que todavía no termina de decidir si realmente quiere hacerlo.
