La conmemoración del 2 de abril volvió a desplegarse este año en varias escenas a la vez: el acto oficial en Plaza San Martín, la vigilia multitudinaria en Río Grande, la ceremonia en Ushuaia y una jornada atravesada por el reclamo de soberanía, el homenaje a los excombatientes y la disputa política que la causa Malvinas sigue proyectando sobre el presente argentino.
Apenas antes de las 10 de la mañana, Javier Milei llegó a la Plaza San Martín, en Retiro, acompañado por Karina Milei, para encabezar el acto central por el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas. Frente al cenotafio donde figuran los nombres de los soldados muertos en 1982, se acomodaron funcionarios nacionales, jefes militares, excombatientes y familiares. Todo el Gabinete tuvo presencia en la ceremonia, con Manuel Adorni en primera fila, en una imagen que también tuvo lectura política por el momento interno que atraviesa el Gobierno.

La escena oficial tuvo el tono que buscó imprimir la Casa Rosada: solemnidad, centralidad presidencial y un mensaje anclado en la soberanía. Según los primeros reportes de la jornada, Milei reafirmó el reclamo argentino sobre las islas y endureció el discurso contra la explotación petrolera promovida por el Reino Unido en el Atlántico Sur. En ese punto, el Presidente volvió a enlazar memoria, territorio y recursos estratégicos, en una fecha donde Malvinas dejó de ser sólo evocación histórica para convertirse otra vez en un tema de actualidad política y geopolítica.
Pero el discurso no se agotó ahí. Milei también puso el acento en el reconocimiento a los veteranos, habló de una “deuda histórica” con las Fuerzas Armadas, prometió una distinción especial para 2027, cuando se cumplan 45 años de la guerra, y anunció que el 10% de los ingresos fiscales provenientes de privatizaciones se destinará al sistema de defensa nacional. El mensaje oficial, así, mezcló homenaje, reposicionamiento de las Fuerzas Armadas y reafirmación soberana en un mismo bloque discursivo.
En Buenos Aires, entonces, el 2 de abril mostró un formato clásico: la Plaza San Martín como centro de la liturgia oficial, el Presidente frente al cenotafio, las referencias a la soberanía y la memoria de los caídos. Pero la jornada no se agotó en la Capital. A más de 3.000 kilómetros, en Tierra del Fuego, la conmemoración tuvo otra temperatura, más popular, más extendida en el tiempo y más ligada a la experiencia colectiva de la vigilia.

En Río Grande, la tradicional vigilia volvió a reunir a miles de personas a orillas del mar, en torno al Monumento a los Caídos. El Gobierno fueguino describió una convocatoria masiva y recordó que, como cada año, el homenaje fue organizado junto al Centro de Veteranos de la ciudad. Allí se encendieron 44 antorchas, una por cada año transcurrido desde la guerra, y el Batallón de Infantería de Marina Nº 5 realizó un simulacro de la Operación Rosario antes del acto oficial que recibió la medianoche del 2 de abril.
Esa vigilia tuvo además una densidad política evidente. Gustavo Melella estuvo acompañado por Axel Kicillof y Ricardo Quintela, además de veteranos, autoridades provinciales, legisladores y vecinos. El gobernador fueguino insistió en que “Malvinas tiene que ser la causa de todos”, mientras Kicillof aprovechó la escena para volver a vincular soberanía territorial, memoria histórica e industria nacional. Desde Río Grande, el mandatario bonaerense afirmó que el 2 de abril es una fecha para “recordar” y “hablar de soberanía”, y remarcó que la radicación industrial en Tierra del Fuego también forma parte de esa discusión.
En esa misma línea, la vigilia fue leída también como una postal de fuerte contenido opositor. Coberturas de la jornada destacaron que en Río Grande el cierre político de Kicillof quedó sintetizado en una frase que condensó el tono de su intervención: “La Patria, la memoria y el territorio nacional no se venden”. Más allá del juego partidario, la frase volvió a mostrar que Malvinas sigue siendo un territorio simbólico donde la soberanía se discute no sólo contra Londres, sino también hacia adentro de la política argentina.
La conmemoración siguió además en Ushuaia. Allí, la Plaza Islas Malvinas fue escenario de otro homenaje, con participación de autoridades provinciales y municipales, excombatientes y vecinos. El Gobierno fueguino informó que la ciudad acompañó la fecha con su propio acto y reafirmó, una vez más, el compromiso local con la causa. Ese desdoblamiento entre Río Grande y Ushuaia no fragmentó la jornada: al contrario, reforzó la idea de que en Tierra del Fuego el 2 de abril se vive como una experiencia territorial, no sólo como un acto de calendario.
Hubo, además, otra señal política que sobrevoló el día. La vicepresidenta Victoria Villarruel, que inicialmente había sido mencionada en la previa para actividades ligadas a la fecha, finalmente no viajó a Tierra del Fuego. Distintos medios consignaron que suspendió esa agenda y que desarrolló otra actividad en la provincia de Buenos Aires, lo que volvió a alimentar las lecturas sobre la distancia entre Milei y su vice aun en una fecha de fuerte peso institucional y simbólico.
Así transcurrió este 2 de abril: con el rito oficial en Retiro, con la multitud en la vigilia fueguina, con los nombres de los caídos como punto de reunión y con la soberanía reapareciendo como palabra inevitable. La jornada dejó una certeza conocida pero siempre vigente: Malvinas no habita sólo en el recuerdo de 1982. También se proyecta sobre el presente argentino, en la disputa por los recursos del Atlántico Sur, en la política de defensa, en las tensiones del sistema político y en una memoria colectiva que, 44 años después, sigue reclamando homenaje, unidad y una política de Estado.
