El ruido y la furia.

El Gobierno llega al 20 de marzo todavía aferrado a la centralidad de Javier Milei, pero con más ruido que control. Los viajes presidenciales, el caso $LIBRA, las denuncias sobre Manuel Adorni y las internas en la cúpula libertaria conviven con una oposición que volvió a moverse: Cristina Fernández de Kirchner recuperó escena en Comodoro Py y Axel Kicillof empezó a desplegar, desde La Plata y la Ciudad, un armado con proyección propia.


La semana dejó una evidencia incómoda para la Casa Rosada: el relato de orden y autoridad empieza a chocar con una realidad más desordenada, más áspera y más difícil de encapsular.

La escena política de la semana no mostró a un oficialismo en expansión, sino a un gobierno obligado a defenderse. La Casa Rosada intentó sostener una agenda de iniciativa, con Milei proyectándose en el exterior y con el aparato comunicacional libertario insistiendo en la idea de que el rumbo sigue firme. Pero el clima real fue otro: el caso $LIBRA volvió a recalentarse, Adorni quedó bajo investigación por sus viajes, y dentro del propio oficialismo recrudecieron las desconfianzas entre los sectores que orbitan alrededor de Karina Milei y Santiago Caputo. El dato político ya no es un episodio aislado, sino la acumulación: cuando una gestión debe gastar energía en administrar daños, reagrupar a su mesa chica y contener filtraciones, el problema deja de ser meramente comunicacional.

Manuel Adorni sigue complicando al gobierno de Javier Milei. Ahora lo denunciaron por el alquiler y la presunta titularidad de una casa sin declarar a nombre de su esposa en un country.

En ese marco, Milei volvió a recostarse en una estrategia conocida: buscar centralidad afuera cuando la agenda doméstica se vuelve más incómoda. La agenda oficial muestra que en marzo participó de la cumbre “Shield of the Americas” con Donald Trump, inauguró la Argentina Week en Nueva York, asistió a la asunción de José Antonio Kast en Chile y el 14 de marzo viajó a Madrid para disertar en el Madrid Economic Forum y reunirse con Santiago Abascal. Pero esa sobreactuación internacional ya no aparece sólo como despliegue presidencial: también empieza a leerse como fuga hacia escenarios ideológicamente amigables, en contraste con un frente interno cada vez más ruidoso. Además, la visita a España no incluyó reuniones oficiales con autoridades de ese país, sino participación en un foro privado ligado a la derecha radical.

Fue justamente en España donde Milei volvió a exhibir su registro más agresivo y descalificador. Según la transcripción oficial de su discurso del 14 de marzo, abrió con una burla sobre “las coimas y los saunas”, luego se refirió al poder político español como “el impresentable que tienen a cargo del poder” y volvió a inscribir al socialismo como “basura inmunda”. No fue una salida menor ni un exceso episódico: fue una intervención presidencial montada sobre la provocación, la descalificación y el insulto como método.

Ese tono tampoco quedó acotado al gobierno español. En el mismo discurso, Milei cargó contra “periodistas ensobrados”, “políticos corruptos”, el “nacionalismo berreta de pacotilla” y contra “la filial argentina del socialismo del siglo XXI, que es el kirchnerismo, o sea, los kukas”. La secuencia es significativa porque confirma algo que ya no parece coyuntural: el Presidente organiza buena parte de su intervención pública a partir de enemigos permanentes y de una retórica de guerra cultural que necesita tensión constante para sostener identidad y liderazgo sobre su núcleo duro. El problema es que ese recurso, que le sigue rindiendo en fidelización, también acelera desgaste institucional, agrava la polarización y empobrece el margen político de su propia gestión.

La otra zona de mayor desgaste fue la moral, justamente el terreno donde el mileísmo había pretendido construir superioridad sobre “la casta”. El caso $LIBRA volvió a golpear con fuerza después de que el peritaje al celular de Mauricio Novelli revelara, según Chequeado, al menos cinco llamadas entre Milei y el lobista en los minutos previos al lanzamiento de la criptomoneda, además de la existencia en el dispositivo de un borrador de presunto acuerdo confidencial y de un supuesto esquema de pagos por US$ 5 millones. El País agregó que la Justicia halló un documento que detallaría ese acuerdo y que la oposición denuncia un posible encubrimiento por la falta de avances judiciales. Más allá de la discusión penal, el efecto político es evidente: la defensa oficial de una mera difusión casual perdió solidez.

A ese frente se sumó el escándalo de Manuel Adorni. TN informó que el juez Ariel Lijo ordenó medidas para determinar quién pagó el vuelo privado con el que viajó junto a su familia a Punta del Este, mientras Ámbito reportó que avanzan causas por esos viajes y por una denuncia ampliada por presunto enriquecimiento ilícito y malversación. El caso tiene una gravedad política particular porque impacta en la figura de uno de los funcionarios más visibles del oficialismo y porque lo hace en un punto especialmente sensible para el relato libertario: privilegios, gastos y opacidad en un gobierno que hizo de la denuncia moral contra los demás una bandera identitaria.

El trasfondo de todo eso es una interna que ya no puede disimularse. Infobae describió otra semana de turbulencias marcada por las diferencias en el llamado “Triángulo de Hierro”, mientras Ámbito informó que el Gobierno reagrupó a su mesa política para “ordenar la estrategia”, en medio del impacto del caso $LIBRA y de las críticas por los viajes oficiales. Traducido al lenguaje del poder: la administración Milei ya no sólo enfrenta desgaste por oposición y escándalos, sino también por sus propias fracturas. Y cuando la jefatura política debe invertir tiempo en coser fisuras de su núcleo más cercano, la autoridad empieza a mostrar costos de mantenimiento cada vez más altos.

Del otro lado del tablero, el peronismo todavía no resolvió su síntesis, pero sí empezó a dar señales de reanimación. Cristina Fernández de Kirchner volvió al centro con su declaración en Comodoro Py en la causa Cuadernos. Allí denunció “prácticas mafiosas”, habló de persecución política, cuestionó la validez de la prueba central del expediente y rechazó responder preguntas. Más allá de la valoración judicial del caso, su paso por tribunales reactivó un mecanismo político conocido: la judicialización vuelve a producir centralidad alrededor de su figura, en un momento en que el oficialismo no logra monopolizar la conversación pública.

Pero la otra novedad de la semana fue Axel Kicillof. El 17 de marzo lanzó en La Plata el Centro de Estudios Derecho al Futuro, una usina de pensamiento y organización con mirada hacia 2027; y el 19 desembarcó en la Ciudad de Buenos Aires con el Movimiento Derecho al Futuro, donde planteó la necesidad de construir una alternativa “para cerrar este ciclo y abrir uno mucho mejor”. No es un detalle de agenda: Kicillof ya no aparece sólo como gobernador que resiste desde la Provincia, sino como dirigente que empieza a construir densidad propia, doctrina, estructura y volumen nacional. No rompe con Cristina —la acompañó en Comodoro Py—, pero tampoco espera quieto.

La conclusión política del 20 de marzo no es que haya cambiado el ciclo, pero sí que cambió el clima. Milei conserva centralidad, aparato discursivo y capacidad de interpelación a su base, pero la agresividad permanente que usa para retener ese núcleo también amplifica el desgaste, produce ruido diplomático e institucional, y deja cada vez más a la vista las inconsistencias de su propio gobierno.

El peronismo, por su parte, sigue sin una conducción resuelta, pero volvió a moverse en la calle, en los tribunales y en la construcción de una alternativa.

En esa tensión entre un oficialismo sobreactuado y una oposición que intenta rearmarse se jugó toda la semana política argentina.

ANTONIO MUÑIZ