¿Pero alguna vez vamos a volver?

Espejito sintió el viento helado en la jeta y soltó un pedo que venía aguantando desde Río Gallegos más por temor a que lo bajaran que por respeto a los compañeros. Héctor, que no era el Tío de nadie todavía, se santiguó por vez quichicientas mil y no dijo nada pero Antonio lo miró con cara de culo. “Este cagón está pensando en la jermu y en largar todo”, pensó. Cagados, lo que se dice cagados, estaban todos. De frío y de miedo.

Había que sacar el coche de la ruta 3 y meterlo en el medio de la estepa para rodear el paso de Monte Aymond. Era la única manera de escapar de la Gendarmería. Hasta Punta Arenas había 200 kilómetros más. Caminando iban a morirse de frío o ser comidos por algún puma. Bueno, a un puma lo podían cocinar a balazos pero quién sabe si en esa extensión de silencio no los escuchaban los milicos.

Había que empujar el Ford, no más, por la tierra reseca. Sin guantes, con poco abrigo. Sin morfi, con un garrafón de agua, un bidón con nafta por lo que putas pudiere y dos docenas de facturas no más, empujar terminaba siendo un buen ejercicio para entrar en calor. Las facturas, que quién carajo sabía cómo habían llegado hasta ahí y ya eran de ayer, las desayunarían en Chile.

Los pantalones blancos, que se habían confeccionado para simular ser empleados del frigorífico que estaba al lado de la cárcel, habían quedado macanudos, pero hechos con una tela de mierda. A Guillermo el chiflete le entraba por entre las patas, como a los demás, pero el más pituco, y más fascista, del grupo parecía también el más endeble. Cada vez que empujaba sentía el dolor de las manos entumecidas, le crecían más lágrimas que hacían fuerza por salir. Si zafaba de esa, juró, abandonaría la política y se dedicaría a afanar bancos, que se dejen de joder.

Para colmo, lo miraba al Bebe en camiseta y lo odiaba todavía más. El gordo se había sacado las pilchas, mitad porque bufaba y transpiraba como un descosido. Pero también porque estaba ardiendo, febril, la carta de Madrid lo había puesto como loco. Si él era el delegado, entonces no había frío ni milicos ni nada que los frenara.

A Espejo la helada le estaba haciendo mierda las manos y el hambre y el sueño lo estaban casi tumbando. Empujaba por vergüenza pero también tenía ganas de pucherear. Todos, en verdad, estaban agotados, tanto que en un momento, Héctor, que era el más vejestorio de los ocho, se frenó un momento para recuperar fuerzas. Los otros lo miraron pero nadie dijo nada, aprovecharon para tomar aire. Medio minuto no les iba a mover el amperímetro.

Pero Guillermito se derrumbó en el suelo y se tapó la cara para que no lo vieran llorar. Antonio, que ya tenía ganar de largar un sablazo de la bronca, se alejó y se prendió un pucho. En cambio el gordo y Héctor, que lo miraban al pibe con desprecio porque ni del movimiento era, lo alzaron con ternura y palmaditas. El Bebe se fue a empujar de vuelta el auto cuando escuchó otro llanto.

Era Espejito que moqueaba y entre pucheros largó:

– ¿Alguna vez vamos a volver?

Entonces el Gordo se le acercó, lo abrazó cómplice y sin decir agua va le soltó un sopapo con más cariño que fuerza, como un tío borracho en Navidad. Después le pellizcó los mofletes y le largó, seco, como pastel de polaco:

– ¿Pero qué decís? ¿No ves que estamos volviendo?

 

 

 

 

Publicado por El Tío Carril


El Tío Carril nació en La Plata en 1975. Petiso, chicato, narigón, chueco, gordito y ojeroso, de chiquito era un nene rubio y lindo que pintaba para publicidad de pañales primero, y para integrar los elencos de «Pelito», «Cantaniño», o «Telejuegos», pero con el tiempo se arruinó. Talentoso fracasado y mediocre notable, fue arquero por patadura, bajista por saber tocar apenas cuatro notas de la guitarra, infaltable radiador de asaltos y milongas. Inevitablemente escolta de la bandera, udilizó ordodonzia durande zres añoz y se incendió para toda la cosecha como periodista deportivo de fútbol de Primera C. Como jamás sumaba un poroto ni remojado en asuntos amorosos, el tipo usufructuó el berretín de la poesía para enganchar alguna minusa, pero no pegaba una con los versos -incluso lograba que le pegaran a él- hasta que se abandonó a la tarea de los cuentos y obras menores. Como era de esperar, se dedica al periodismo sin ningún entusiasmo, pero entre eso y laburar, ni lo duda. Con la literatura le fue bien y hasta metió un cartón lleno, de manera que tuvo que caretearla un rato que ya lleva algunos años, varios libros y ahora sigue robando en la web. No hace falta ni leerlo de ojito para darse cuenta de que es otro tantos millones pululando por la red que no cuenta con ideas muy interesantes que digamos pero con un ego lo suficientemente grande como para creer que el mundo no pueda vivir sin ellas. De todas maneras, se sospecha que cuando el iluso descubra su falta de talento, aceptará finalmente su destino de oficinista de clase media, engordará todavía más, se le caerá definitivamente el pelo, y todo eso. Después, se morirá, como todos. Eso seguro.

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