Desindustrialización acelerada detrás de la caída de las marcas históricas

Los casos de Fate, Mauro Sergio, Lumilagro y Moura no deben leerse como episodios aislados, sino como ejemplos emblemáticos de un proceso más vasto de desindustrialización. Detrás de esas marcas históricas aparecen miles de pymes golpeadas por la apertura importadora, el atraso cambiario, la caída del consumo y el aumento de costos, en un escenario que ya combina cierres, despidos, suspensiones y un deterioro social creciente.

Por Antonio Muñiz


Los cierres, suspensiones y reconversiones que golpean a marcas históricas de la industria argentina no son hechos aislados ni desajustes sectoriales pasajeros. Funcionan, más bien, como postales visibles de un proceso más profundo: apertura importadora, atraso cambiario, caída del consumo, tarifas en alza y un Estado que dejó de actuar como resguardo del entramado productivo. Detrás de esos episodios resonantes hay un cuadro mucho más extenso: entre noviembre de 2023 y noviembre de 2025 desaparecieron más de 21.000 empresas empleadoras privadas, a un ritmo cercano a 30 cierres por día.

Los casos más conocidos sirven para ponerle rostro a esa tendencia. El cierre de la planta de neumáticos de San Fernando, la crisis textil en Mar del Plata, el apagado de hornos en una firma emblemática del consumo masivo y la sustitución de producción local por importaciones en el rubro de baterías muestran distintas variantes de un mismo patrón. En todos los casos aparece la misma secuencia: caída de ventas, encarecimiento de costos locales, presión importadora y retroceso de la producción nacional frente a mercadería traída del exterior.

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Lo central no es sólo lo que ocurre con esas empresas de alto perfil, sino lo que revelan sobre el resto del sistema productivo. Porque por cada caso que gana visibilidad pública hay decenas de pymes que ajustan turnos, suspenden personal, cancelan inversiones o bajan definitivamente la persiana sin llegar al centro de la escena. La diferencia entre una marca emblemática y un taller, una textil mediana o una metalúrgica de escala local no es la lógica de la crisis, sino apenas su nivel de exposición.

El deterioro ya aparece en los indicadores generales. La producción industrial manufacturera arrancó 2026 en baja y la utilización de la capacidad instalada se mantiene en niveles débiles, señal de una estructura fabril que trabaja por debajo de su potencial. En rubros sensibles al mercado interno, como el textil, el panorama es todavía más severo por la combinación de consumo retraído e importaciones en ascenso. Ese cruce es letal para un tejido pyme que necesita volumen, financiamiento y previsibilidad para sostenerse.

El discurso oficial presenta esta dinámica como una depuración saludable: una economía más abierta, más competitiva y menos dependiente de la protección estatal. Pero el problema es que esa “competencia” se da con costos locales en alza, crédito caro, tarifas reajustadas y un tipo de cambio que abarata artificialmente lo importado. En esas condiciones, la apertura no ordena ni moderniza: desplaza producción nacional. Lo que se impone no es una mejora de eficiencia, sino una transferencia de mercado desde la industria local hacia bienes fabricados afuera.

El impacto social de esa orientación excede largamente a los balances empresarios. Cada planta que reduce actividad o cierra arrastra empleos directos, proveedores, logística, comercio de cercanía y recaudación local. En paralelo, la canasta básica alimentaria subió 3,2% en febrero y la canasta básica total 2,7%, lo que agrava la presión sobre hogares ya golpeados por la pérdida de ingresos y la precarización laboral. Es decir, la desindustrialización no ocurre en el vacío: se monta sobre una estructura social cada vez más frágil.

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Lo que está en discusión, en definitiva, no es sólo una coyuntura recesiva sino el perfil productivo del país. Mientras buena parte del mundo vuelve a proteger sectores estratégicos, incentivar cadenas de valor y discutir reindustrialización, la Argentina avanza en sentido inverso. Cuando cae una fábrica no desaparece sólo una razón social: se pierde capacidad técnica, aprendizaje acumulado, integración nacional y empleo formal de calidad. Y cuando la sangría alcanza a miles de empresas, el problema deja de ser empresarial para convertirse en un asunto de desarrollo nacional.

El pronóstico, bajo estas condiciones, es inquietante. Si se sostienen la apertura irrestricta, el atraso cambiario y la retracción del mercado interno, es probable que nuevos sectores se sumen a la lista de afectados. Textil, calzado, metalmecánica, línea blanca, autopartes y otros segmentos orientados al consumo y a la producción local seguirán bajo presión. Lo que se perfila no es una modernización virtuosa, sino una economía más dependiente, más primarizada y con menor capacidad para generar trabajo estable.

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Por eso, los casos emblemáticos no deben leerse como excepciones, sino como advertencias. No son la crisis: son su vidriera más visible. Detrás de esas marcas conocidas hay miles de pequeñas y medianas empresas que ya cerraron, redujeron actividad o entraron en zona de riesgo. Y detrás de esa destrucción silenciosa asoma un dato político de fondo: no se trata de un daño colateral, sino del costo concreto de un modelo económico que vuelve a poner a la producción nacional en un lugar de variable de ajuste.