Marcos Domínguez- @zoncerasabiertas
Frente a esta situación, se abren dos caminos: el inmovilismo de las militancias retrospectivas y los repliegues en conjuros identitarios, o la maduración, que asume la derrota de 2023 como un sismo comparable al de 1983. Un cajón de Herminio contemporáneo que exige comprender que no se gobierna la misma sociedad dos veces y que es necesario apretar el esfínter de una renovación que excede, por mucho, el plano dirigencial. Es que aunque el peronismo siempre ha resurgido —no por magia, sino por el desastre de sus oponentes, como profesaba su fundador—, su eterno retorno se da a costa de un desgaste visible en su herramental de poder, un síntoma que evidencia que el problema trasciende los nombres.
Por eso, lector, sería simplista creer que todo se resuelve con un enroque de piezas en las alturas. De ahí la invitación: no mirar (solo) hacia arriba. Miremos la base. ¿Qué mutaciones en la morfología socio-laboral y política hicieron posible no sólo que un anarcocapitalista conduzca el Ejecutivo, sino que el peronismo siga “adentro” de la política pero “afuera” de la sociedad?
¿Está a tiempo de resolver el malentendido con buena parte de los argentinos, y conectar con otra sociedad, otras expectativas, otro mundo?, ¿seguirá esperando luz verde para la renovación desde las alturas?…la renovación es un sueño eterno.
Una larga marcha
El mundo socio-laboral sobre el que el peronismo se edificó es otro mundo. La clave de bóveda está en esa metamorfosis. Un mundo que, ya mucho antes del reformismo laboral libertario, estaba desbordada por precariedad, informalidad y cuentapropismo.
Esto es un predictor de otro tipo de conflictividad más dispersa e inorgánica, que es la escena social sobre la que después se monta la política.
En 2012 predominaba el empleo asalariado privado; hoy se redujo, dando paso a más «changas» y «rebusques». Esto no es una «nueva economía» para romantizar, sino el inventario de un modelo de descarte que requiere precariedad laboral.
El trabajador de los cuadros de Carpani, típico de la liturgia peronista, se estrella contra la sociología real de una matriz ocupacional transformada. El tipo común es el heredero en dispersión de aquel. Ya no una figura homogénea, sino el protagonista de una vida laboral fragmentada que sostiene, igual, el pulso del país. Busca otros lenguajes para nombrar su malestar y, cada vez más, elige entre votar con bronca, resignarse o no votar. La desconexión se profundizó en el último ciclo.
El tipo común
Hoy, el gran ausente en el longevo movimiento ni siquiera es el obrero industrial clásico, que ya no es mayoría ni en China, “el taller global”. El ausente es el “tipo común”. Y cuando hablamos del “tipo común” no nombramos una esencia moral ni un arquetipo romántico, sino a aquel que no es pobre estructural ni élite económica; que vive en una sociedad potencialmente próspera pero con el piso resquebrajado; que trabaja (o trabajó) en empleos más o menos estables, paga impuestos, manda a los pibes a la escuela, se endeuda, se da algún gustito cuando puede, se vuelve a endeudar y, al mismo tiempo, convive con la caída de su propio estándar de vida y con la visibilidad cotidiana de los descartados.
El tipo común es el que puede mirar Homo Argentum sin pedir la cabeza de Francella o El Eternauta sin pretender que Darín presida el PJ; que mira la pobreza de cerca sin habitarla del todo; que siente que “antes estaba mejor” pero no se reconoce ni como militante ni como víctima; que puede indignarse “por los planes” y por la pobreza en la misma frase; que se sabe parte de una mayoría silenciosa pero no se piensa como “clase trabajadora” ni como “pueblo” en sentido romántico.
Antropológicamente, el tipo común es ese argentino de zona híbrida sobre cuya idea de justicia, seguridad y futuro se definen, una y otra vez. Es este sujeto el que el peronismo no ha sabido nombrar ni organizar, y es para reconectar con él que el longevo movimieto debe redefinir su para qué. Si es que quiere seguir siendo longevo, claro.
Ahora metámonos en los filamentos políticos del ciclo que procuramos comprender.
Sobreviviendo
Con la derrota ante Alfonsín, en 1983, el peronismo aprendió que necesitaba coaliciones amplias y relativamente estables. Menem lo entendió a su manera. Soldó al viejo voto peronista con la franja liberal de la UCeDé y tuvo, a costa de fagocitar la estructura productiva, un largo período de gobierno. Menem estabilizó la inflación, transformando la relación entre capital y trabajo. Su coalición aseguró la gobernabilidad a través de la mediación sindical, aunque esto suscitó la emergencia de facciones opositoras (la CTA en 1992 y el MTA en 1994), las cuales, sin abandonar la CGT, se alzaron contra las reformas.
El menemismo sepultó la dimensión social del peronismo para abrazar un proyecto “modernizador” que no dudó en negociar con el capital concentrado y entregar patrimonio nacional, mientras construía al PJ en una maquinaria de gobierno. Los 90 dejaron un tendal: desocupación estructural, tejido industrial demolido y un modelo agotado cuya hemorragia colapsó en 2001 de la mano de uno de los peores gobiernos de la historia, el de La Alianza.
Tras la implosión del modelo neoliberal, el peronismo llegó a los 2000 con una sola joya en la caja fuerte: ‘por lo menos sabemos gobernar’. Su avatar kirchnerista hizo uso intensivo de ese capital, ofreciéndose como un pegamento social provisorio en una Argentina ya profundamente atomizada. Néstor Kirchner leyó bien su tiempo: no se podía conducir lo inorgánico.
Ese reordenamiento necesitó, otra vez, una bisagra con el mundo del trabajo organizado. Kirchner recompuso la unidad sindical apoyando a Hugo Moyano como pieza central, buscando recomponer el «todo el espectro sindical». Sin embargo, a medida que esa mediación se consolidó y el moyanismo ganó centralidad, se tensó la convivencia entre la representación política y la gremial. Folklore.
Esta dinámica llevó a la reconfiguración de alianzas internas y a la disolución del viejo andamiaje del MTA. Pese a todo, el frente informal —con intentos de encuadre como el monotributo social (2004) y una alta tasa de trabajo no registrado (31,9% en 2015)— siguió siendo el más difícil de conducir, y la creciente grieta laboral ponía en crisis el discurso político «en nombre del trabajo».
El hombre de la patagonia, con la táctica de la transversalidad, pasó la ambulancia por el sector herido de las clases medias progresistas. Kirchner hizo algo similar a Menem, pero con otra arcilla y orientación: observó que sin sumar los restos de la “izquierda moderada” del Frepaso no había proyecto posible y, reservándole la conducción al peronismo, reconstruyó una coalición. Una que en sus inicios titilaba en el antimenemismo pero evolucionó a algo más, y mantuvo doce años de continuidad política.
El proceso liderado por el matrimonio Kirchner interpretó la ventana donde la crisis del 2001 había detonado reputaciones. Jubiló al menemismo político, pero prolongó a la sociedad que éste gestó: aquella que confunde democracia con consumo y responde con la billetera. Se construyó contra el menemismo, pero montado socialmente sobre las mismas líneas de continuidad de la sociedad de consumo, sostenido por la tracción de sus liderazgos y la adaptación de programas y acciones al consumo. Ofreció una justicia social eficaz y persuasiva, sostenida con anabólicos que maridaban bien con un ciudadano degradado a consumidor: un sujeto gestado en dictadura y sociológicamente madurado en el menemismo.
El kirchnerismo impuso una matriz de conducción política, que logró ordenar el sistema político argentino con una audacia táctica notable. Se erigió como un cirujano del pasado ideológico de la Argentina moderna.Cosiendo y descosiendo el imaginario que la Argentina tenía de sí misma, busco rehacerlo a su voluntad política. En ese proceso, Estado y Sociedad volvieron a definirse mutuamente , a necesitarse.
El último gobierno de CFK terminó con indicadores que, a la luz del presente, suenan utópicamente positivos. Dejó un país tensionado, sí, pero con una red social que, agotado el kirchnerismo, permitió a Macri aplicar ajustes sin un estallido inmediato. Ya se insinuaba la lectura del peronismo no tanto como un “saber gobernar”, sino más bien como un productor de conflicto.
El Frente de Todos (FdT) armó una nueva coalición que permitió ganar. Pero la gestión de Alberto Fernández, y pandemia mediante, terminó de liquidar lo que quedaba de esa ‘joya de la abuela’: la percepción del peronismo como poseedor de un ‘saber gobernar’ se difuminó, a lo que se sumó una condena sobre su halo ético y moral que Milei utilizó bien para golpear al gigante invertebrado en su línea de flotación.
Esta incapacidad para leer y gobernar la nueva sociedad argentina, sumada a la desconexión con la trama laboral, explica la distancia con su base social.
TMAP: la euforia libertaria
Mientras tanto, la peruanización avanza.
El ajuste y la apertura comercial liberan endorfinas en este plantel de debutantes en la historia. Un patio de las palmeras por otros medios. Otra vez la palabra “irreversible”, dicha con la ternura de quien no conoce el péndulo. Libertad.
Milei, el golem, balconea la época. Decora el techo y camina sobre ripio. La base material se contrae.
La euforia de lo precoz dura lo que tarda en aparecer la realidad. Y aparece.
La euforia oficialista por el éxito electoral y la debilidad opositora esconde una sensación paradójica: el gobierno de Milei «nació viejo» y quemó etapas rápidamente. Su plan reformista se tradujo en una desregulación a machetazos, destruyendo empleos y precarizando salarios. El oficialismo celebra prematuramente la «modernización» y cree en un cambio definitivo, ignorando que la historia argentina opera como un péndulo de reformas y contrarreformas, y que la celebración temprana de un reformismo sin medir consecuencias sociales suele terminar en decepción. Ya escuchamos demasiadas veces la palabra «irreversible».
El crecimiento primario-financiero plantea la pregunta de quiénes crecen y a costa de quién. No obstante esto, Milei, el golem, no es un»loco suelto», sino la expresión de una coalición que, por ahora, no encuentra otra que le haga frente. Que gestiona el hartazgo de una sociedad que percibe la política como una estafa. Su gestión se sostiene en una mixtura de exitismo, antiperonismo y la esperanza de que el «sacrificio de ahora» dé lugar a «otra Argentina».
Una renovación para el desierto peronista
“La renovación es un momento de nuestro desarrollo movimientista. Un tiempo de cambios, de rupturas, de fidelidades creativas y de heterodoxias audaces.”
Documento fundacional de la renovación peronista (21 de diciembre de 1985).
Definir los contornos de la coalición antimileísta es necesario. Al hacerlo, se presenta una bifurcación: caer en lo que los muchachos postkirchneristas sugieren —una reacción de tono, un rechazo estético o una crítica a los vicios «procedimentales» sin ir al fondo—, o emprender una renovación más genuina, que implique otra forma de pensar el poder para conectar con una sociedad, una política, un mundo y unas expectativas diferentes.
En los ochenta, después de la derrota de 1983, esa pulsión existió y tuvo forma. La Renovación peronista se constituyó formalmente en 1985 con un manifiesto firmado por Cafiero, Grosso y Menem, se consolidó en 1987 y terminó de partirse en la interna de 1988, cuando el cafierismo cayó ante el menemismo.
La consigna actual de «renovación dirigencial» resulta limitante. La auténtica renovación desborda el mero cambio de nombres en la cúpula, pues exige una transformación profunda que abarque hábitos, prácticas, personas y una sólida formación para resolver los problemas concretos que esta etapa dejará como una herencia terrible.
Para lograrlo, la experiencia acumulada por esas bases que todavía subsisten, sostenidas a menudo por lazos de pertenencia y arraigo histórico, debe conjugarse con la de otros espacios comunitarios. Solo un movimiento subterráneo y transversal así puede sacar a la política opositora de la dimensión retiniana del scrolleo y llevarla al cara a cara para reconstruir confianza en la acción colectiva. Y no es que la vida comunitaria esté intacta, pero sigue existiendo; y ahí, afuera de la cultura de orgas, también late una politicidad que no le pertenece a ningún sello.
Este interregno, comparable a la Década Infame, debe ser un período de gestación. Así como F.O.R.J.A. gestionó en el plano de las ideas el fin del régimen oligárquico, sentando las bases de lo que vendría después. Es que el 17 de octubre de 1945 no fue una explosión espontánea, sino la culminación de una acumulación silenciosa que le dio expresión política a un sentir social confuso pero indetenible, que se tejió desde las entrañas de algo que vivió innominado. Que iba más allá de la mera supervivencia y buscaba la posibilidad de vivir mejor, y que ese anhelo era inalcanzable de modo aislado e individual.
Hoy la pregunta clave no es cómo volver a ser gobierno, sino para qué quiere el peronismo ser gobierno. Y eso es imposible sin tener claros por lo menos cinco nodos que, para este escriba, son fundantes.
Una perspectiva nacional centrada en el mundo del trabajo. En un mundo convulsionado y lleno de acechanzas, el primer acuerdo no debería girar sobre sutilezas identitarias, sino sobre un piso común que ponga al trabajo en el centro. De ahí se desprenden —sin vueltas— producción, empleo y educación. Un proyecto nacional que no se deje contrabandear por el rumeo ideológico del “post-trabajo” y vuelva a reconocer, sin pudor, a quien trabaja como motor del desarrollo.
En esta guerra mundial en cuotas las potencias juegan su final usando a los países periféricos como tablero. El “derecho internacional” es una escenografía de cartón. Por lo que hoy recuperar densidad nacional es fundamental para reconstruir un nosotros. Cuidar el trabajo argentino es condición de defensa y cohesión, para no ofrecer nuestro suelo como “un lugar” disponible o un conjunto de activos en liquidación
Una nueva concepción de Estado. Es fundamental que el Estado asuma que el sector privado es el gran motor de la generación de riqueza, reservándose para sí la conducción estratégica de objetivos nacionales basados en una reconversión ética y moral profunda . Esto implica rechazar el estatismo ideológico que promete redistribución eterna sobre una base económica menguante y el ‘gestionismo’ tecnocrático que administra la decadencia.
Un programa basado en los problemas reales del país, no en los de los dirigentes. Las coaliciones exitosas se construyen cuando la sociedad percibe un rumbo donde vale la pena arriesgarse colectivamente. La conducción debe gestarse en ese mismo proceso, no volver al desatino de imponerla antes.
Una lectura que metabolice el pasado sin tomarlo como mancha venenosa. Nadie adhiere por meditaciones metafísicas, sino por conveniencia compartida. El desafío es que el peronismo vuelva a ser percibido como opción conveniente, no como “salvador mesiánico”. La salida no pasa por diseñar un nuevo balcón desde donde sermonear a la época, sino por bajar al sótano y revisar, ladrillo por ladrillo, qué quedó en pie de aquella mayoría social que en 1945 o en 2003 no quería solo “dejar de estar mal”, sino vivir bien.
Una renovación organizacional apoyada en la sociabilidad realmente existente. Piovani y Kessler, en Una sociología de la vida en común, se apoyan en una encuesta nacional de cuatro mil casos sobre vínculos cotidianos —familia, amistades, trabajo, barrio, religiosidad, organizaciones sociales— para recordar que el mapa de la politicidad no se agota en los partidos ni en el Estado, algo que el peronismo fundacional ya sabía cuando hablaba de las organizaciones libres del pueblo. No estamos en un “desierto cívico”. Esas tramas existen y funcionan. Lo que falta es capacidad de articulación política y organizativa sobre ellas, en una época donde el poder real se concentró y la “columna vertebral” se fragmentó. Ese es el nuevo mapa social y laboral desde donde releer al ciudadano común y su vida material.
Aunque todavía estas tramas de sociabilidad parpadean, su alcance es limitado y desigual. Según el trabajo citado, la participación institucional apenas roza el 40% (cayendo al 30% sin contar lo deportivo/cultural), y exhibe un marcado sesgo de clase: florece entre jubilados y empleados formales, mientras languidece en la informalidad y los sectores de bajos recursos. Esta brecha, que nos deja bajo el promedio latinoamericano, dibuja una sociabilidad raleada y segmentada, espejo de, entre otras cosas la desigualdad en la naturaleza de la inserción laboral. El desafío político no reside en idealizar una comunidad perdida, sino en articular lo que aún late, sin confundir esa persistencia con un paraíso inmune a sus propias contradicciones. Solo sobre esta sociabilidad imperfecta podrá pensarse un «nosotros» capaz de expandir la acción colectiva.
Leído así, el problema no es solo que los aparatos peronistas hayan perdido representación electoral. También dejaron de ser —o quizá nunca lo fueron en las últimas décadas— la casa natural de buena parte de vínculos que siguen vivos en clubes, parroquias, asociaciones y comedores. Por eso no alcanza con lamentarse por la “sociedad rota” ni con oponer lo digital a lo territorial. Lo que habitamos es una trama híbrida donde la vida en común persiste, pero ya no entra cómoda en las viejas formas de organización. Las desborda o las esquiva.
Hay vida después de Milei. Las alternativas se encuentran, probablemente, en esos espacios comunitarios. Lo único razonable de esperar como soplo de aire fresco a mediano plazo es lo nuevo, lo imprevisto, aquello que todavía no tiene nombre y ya se está tejiendo en esos átomos de la sociedad. Son los espacios que burbujean comunidad, persistiendo en tejer lazos de solidaridad en la época del hiperindividualismo, los que se revelan, subterráneamente, al mostrar la fuerza de asociarse por sobre competir.
No mires arriba.
PH de portada: Sarah Facio




PH: Clarín




