RIGI prorrogado, competitividad ausente: una Argentina cara y el derrame que no aparece

El Gobierno estiró por decreto el plazo del RIGI hasta julio de 2027 y volvió a hablar de inversiones “en camino”. Pero el problema que frena el derrame no está en el expediente: está en la economía real. Con inflación todavía sensible en alimentos, actividad que se enfría y un tipo de cambio real apreciado —Argentina cada vez más cara en dólares—, la inversión productiva mira números y no le dan. A eso se suma un límite brutal y bien concreto: la logística, mover mercadería cuesta más y cuesta peor, con rutas nacionales deterioradas y sin transporte ferroviario. 


Un decreto no cambia el clima de negocios

La prórroga del RIGI quedó formalizada en el Decreto 105/2026, publicado el 19 de febrero de 2026. En lo central, estira el plazo para adherir hasta el 8 de julio de 2027. Es una decisión política: dar aire, sostener el relato de previsibilidad y mantener viva la promesa de “lluvia” inversora.

Ahora bien: si el país está caro y el mercado interno no repunta, la prórroga sirve para ganar tiempo, no para crear nuevos negocios. Y la inversión, sobre todo la productiva, se mueve cuando hay un tasa de retorno significativa.


  • El Gobierno prorrogó el RIGI por decreto y estiró el plazo de adhesión hasta el 8 de julio de 2027.


La economía real: inflación que molesta y actividad que afloja

En enero de 2026, el IPC dio 2,9% mensual y 32,4% interanual. El dato fino, el que se siente en el mostrador, es que Alimentos y bebidas no alcohólicas subió 4,7%, o sea: lo que más pega en la canasta de cualquier familia. Con esa dinámica, el consumo no se recupera por decreto ni por conferencia de prensa.

Y del lado de la actividad, el EMAE de noviembre de 2025 marcó -0,3% interanual y también -0,3% contra octubre en la serie desestacionalizada. No es un derrumbe, pero sí una señal: el enfriamiento está ahí. Cuando la economía se estanca, la inversión que depende de ventas y de un mercado interno se pone en modo espera.

Fate: cuando el cierre deja de ser “caso” aislado y pasa a ser síntoma de una crisis.

En ese contexto, lo de  FATE no es un episodio aislado. La empresa anunció el cierre definitivo de su planta y el despido de 920 trabajadores. La noticia recorrió redacciones, sindicatos y redes sociales porque sintetiza una combinación que se repite: costos, importaciones que compiten, ventas flojas y márgenes que se achican.

No hace falta exagerar: cuando una fábrica con décadas de historia decide apagar la producción, el mensaje para el resto del entramado industrial es directo. Y los inversores lo leen igual: si la industria local no puede sostenerse, ¿por qué apostarían a abrir otra planta?


  • Inflación enero 2026: 2,9%; Alimentos subió 4,7%.


El núcleo del problema: tipo de cambio real apreciado, Argentina cara en dólares

La discusión de fondo es la competitividad. Apreciación del tipo de cambio real es una forma técnica de decir algo muy concreto: el país se encarece en dólares aunque el dólar nominal no se dispare. Si la inflación corre más rápido que el tipo de cambio, suben los costos medidos en dólares: salarios, servicios, logística, alquileres, impuestos. Eso parte la ecuación de producción.

Con ese esquema:

  • exportar manufacturas pierde margen;

  • competir contra importados se vuelve cuesta arriba;

  • y la inversión industrial, la que necesita previsibilidad de costos y mercado, se frena.

No es una discusión ideológica: es aritmética.

El “logística” que no se discute lo suficiente: rutas y trenes

A lo anterior se le suma un problema que no entra en un Excel con prolijidad, pero se paga en cada kilómetro: la logística.

Un informe citado en las últimas semanas advierte que entre 65% y 70% de las rutas nacionales estaría en estado regular o malo. Eso no es solo incomodidad: es costo. Más tiempo, más roturas, más combustible, más incertidumbre. Y en un país que depende del camión porque el tren no cumple un rol estructurante, esa degradación se convierte en un recargo permanente sobre producción y exportaciones.

Para el agro, significa flete más caro y menos previsibilidad para llegar a puertos. Para la minería, muchas veces el cuello de botella deja de ser “extraer” y pasa a ser “sacar”. Para la industria, es un encarecimiento adicional en una economía que ya viene cara.

Entonces, ¿por qué el RIGI no “derramó”?

Porque el RIGI es una herramienta, no un milagro. Puede ofrecer estabilidad fiscal y algunas reglas, pero no resuelve lo esencial si el país combina:

  • Argentina cara en dólares (tipo de cambio real apreciado),

  • inflación que persiste en rubros sensibles,

  • actividad que se enfría,

  • señales de cierre y repliegue empresario,

  • infraestructura logística degradada.

En ese escenario, la inversión productiva ve más riesgos que oportunidades. Y cuando eso pasa, lo que crece no es la industria: crece la especulación de corto plazo, el “me quedo mientras rinde y me voy cuando cambia el viento”.


  • Rutas: estimaciones ubican 65–70% de la red nacional en estado regular a malo, con impacto directo en costos.


La prórroga del RIGI puede servir para estirar la agenda y sostener expectativas. Pero el derrame no va a aparecer mientras el país esté caro en dólares y producir sea un camino de obstáculos: costos que no cierran, mercado interno débil y una logística que encarece todo.

Si el Gobierno quiere inversiones de largo plazo, no alcanza con prorrogar un régimen. Tiene que discutir, en serio, competitividad: tipo de cambio real, costos sistémicos e infraestructura. Lo demás suma titulares para el relato. La economía real, en cambio, sigue pagando la cuenta.

REDACCION DATA POLITICA Y ECONOMICA