Una palabra que incómoda al gobierno: estanflación

El dólar se mantiene calmo, las reservas repuntaron y los depósitos en moneda dura crecieron, pero la inflación sigue alta para los ingresos y la actividad no despega. Economistas que acompañaron el programa empiezan a hablar de “estanflación” y advierten que, sin mejora tangible en salarios y empleo, el ajuste pierde justificación social.


El Gobierno logró, en poco tiempo, una foto que hasta hace un tiempo parecía improbable: tipo de cambio estable, recomposición de reservas y un sistema financiero con más dólares. Pero esa tranquilidad convive con una escena cada vez más áspera en la calle y en la producción: salarios que no alcanzan, consumo frenado, suspensiones y despidos, y empresas que achican o directamente bajan la persiana. El contraste empieza a encender alarmas incluso entre economistas cercanos al oficialismo, que ya no discuten si hay o no calma financiera, sino para qué sirve si la vida cotidiana no mejora.

La palabra incómoda: estanflación

En el debate económico de estas semanas se impuso un término que en Argentina siempre suena a amenaza mayor: estanflación, esa mezcla de inflación persistente con recesión o estancamiento. La idea aparece repetida por analistas que, hasta hace poco, respaldaban el rumbo: el programa estabiliza variables financieras, pero pierde “musculatura” en la economía real.

En esa línea, Carlos Melconian —con tono de auditoría— planteó que el Gobierno “no logró quebrar la estanflación” y remató con una frase que condensa el dilema político del ajuste: si el sacrificio no termina en mejora de la calidad de vida, no tiene justificación.

La vitrina y el depósito: reservas arriba, vida cotidiana abajo

El oficialismo exhibe como activos la acumulación de divisas, la estabilidad del dólar dentro de la banda y la mayor dolarización de portafolios. Pero, del otro lado, aparecen señales concretas de deterioro en el tejido productivo y laboral: pérdida de empleo registrado, salarios reales en retroceso, y caída del número de empleadores (menos empresas activas). Ese cuadro alimenta una pregunta que se repite: ¿de qué sirve la calma financiera si el consumo sigue desplomado y la actividad no arranca?


  • Crece el cuestionamiento incluso entre economistas afines: sin mejora en calidad de vida, el ajuste pierde legitimidad social.


A nivel industrial, el termómetro oficial también acompaña ese diagnóstico. En diciembre de 2025, la utilización de la capacidad instalada se ubicó en 53,8%, por debajo del 56,7% de diciembre de 2024. Es un número que habla de fábricas trabajando muy por debajo de su potencial, con consecuencias directas sobre empleo, inversión y turnos de producción.

La “economía sin pesos”: cuando el ancla enfría todo

La otra discusión que ganó centralidad es monetaria, pero aterriza rápido en lo cotidiano. Mientras el Gobierno insiste con la narrativa de “no emisión” como explicación casi total de la desinflación, algunos economistas señalan un fenómeno distinto: compresión monetaria. Según el análisis difundido por La Política Online, la base monetaria creció nominalmente desde 2019, pero cayó alrededor de 32% en términos reales al ajustar por inflación. En paralelo, la relación base monetaria/PBI habría bajado desde valores cercanos al 8% hacia el 5,1%, reflejando una economía menos monetizada.

En ese marco, el control de la liquidez se apoya en tasas elevadas y condiciones financieras restrictivas. El efecto es conocido: crédito más caro, consumo más frío, inversión postergada y empresas con menos aire. La consecuencia política también es directa: si el orden financiero se sostiene con un freno prolongado de la economía real, crecen los conflictos y los cierres se vuelven parte del paisaje.


  • La industria cerró diciembre con 53,8% de capacidad instalada: nivel bajo para sostener empleo e inversión.


Tasas, carry trade y una economía “a dos velocidades”

Varios economistas apuntan al mismo nudo: las tasas que ayudan a sostener la estabilidad cambiaria también encarecen el crédito y cambian los incentivos. Dicho sin eufemismos: en un contexto de rendimientos financieros altos y riesgo macro latente, invertir en producción rinde menos que vivir de la renta, y el capital se desplaza hacia la bicicleta. Ese diagnóstico —según LPO— es compartido por voces diversas, desde quienes piden moderar el carry trade hasta quienes advierten que la calma cambiaria puede estar escondiendo una recesión más profunda.

Lo que emerge es una economía “a dos velocidades”: sectores primarios exportadores con mejor desempeño relativo y, al mismo tiempo, ramas de alto empleo —industria y construcción— que no logran recuperarse al ritmo de la estabilización financiera.


Se consolida el debate sobre estanflación: orden financiero con economía real estancada y precios que siguen presionando sobre ingresos.


En definitiva, el programa puede exhibir dólar controlado, reservas en recuperación y un sistema financiero más dolarizado, pero el veredicto no se juega en la pantalla de cotizaciones sino en el empleo, el salario y la cantidad de empresas que siguen de pie. Si la desinflación avanza a costa de una economía “freezada” por falta de pesos, tasas altas y crédito caro, la estabilidad termina pareciéndose a un equilibrio frágil: orden arriba y deterioro abajo. Y ahí está el punto que incluso economistas afines ya ponen sobre la mesa: sin una mejora concreta y visible en la calidad de vida —consumo que repunte, salarios que recuperen, producción que vuelva a usar capacidad y pymes que dejen de bajar persianas— la calma financiera corre el riesgo de convertirse en una promesa vacía.
REDACCION DATA POLITICA Y ECONOMICA