La globalización se desarma a la vista: aranceles, subsidios y control de los recursos naturales marcan una era de repliegue estratégico.
Antonio Muñiz
Para Argentina, el dilema es directo: aprovechar sus recursos para construir industria y empleo —con Estado planificador e integración regional— o resignarse a exportar commodities y comprar dependencia.
La época en la que el “libre comercio” funcionaba como religión civil se está apagando. No porque hayan desaparecido los mercados, sino porque las potencias dejaron de tratarlos como un fin en sí mismo y volvieron a tratarlos como instrumento de poder. El resultado es visible: relocalizaciones, cadenas de suministro más cortas, subsidios industriales, controles tecnológicos, y una competencia feroz por energía y minerales críticos. La globalización, tal como se vendió durante décadas, no muere de golpe; se desarma por partes.
Los números acompañan el clima. El Fondo Monetario Internacional proyectó para 2026 un crecimiento global menor al de 2024–2025, y lo enmarca en un escenario de más incertidumbre y tensiones comerciales. La Organización Mundial del Comercio, por su lado, viene advirtiendo que el comercio mundial pierde velocidad y que las previsiones para 2026 son débiles. La señal de época es simple: cuando el comercio global se enfría, la competencia se vuelve más áspera.
Estados Unidos volvió al proteccionismo
Con Donald Trump, la idea de “seguridad económica” se tradujo en aranceles de base y castigos “recíprocos” por país, presentados como reordenamiento del sistema comercial. El dato relevante no es solo la medida: es el mensaje. La principal potencia del planeta decidió que el comercio no es neutral, y que la política interna manda.

Sin embargo, el repliegue no le esta garantizando un renacimiento industrial. Incluso medios económicos estadounidenses registran que la manufactura no despega como se prometía y que la incertidumbre y el encarecimiento de insumos importados también golpean a productores locales. En otras palabras: se puede cerrar la puerta, pero eso no fabrica una industria por arte de magia. Si el proyecto no produce resultados rápidos, suele compensar con más barreras y más presión sobre terceros.
Europa también cambió: dependencia de los recursos del tercer mundo.
La Unión Europea intentó responder al nuevo mundo con marcos como el Critical Raw Materials Act y el Net-Zero Industry Act. Pero la realidad viene empujando más fuerte que la voluntad: un informe del Tribunal de Cuentas Europeo advirtió que los esfuerzos para diversificar el abastecimiento de minerales críticos no muestran resultados medibles y que el bloque sigue atado a dependencias estructurales, como la necesidad de importación de gas y petróleo.
Este punto es crucial: sin minerales no hay transición energética; sin transición no hay competitividad; sin competitividad vuelve el proteccionismo. El debate “verde” se vuelve, de pronto, un debate industrial y geopolítico.
El Sur Global se agrupa: BRICS
En paralelo, el BRICS opera como señal de época: más países buscando margen de maniobra y capacidad de negociación en un escenario menos unipolar. No es una varita mágica; es una herramienta estratégica para insertarse en el nuevo orden: nadie quiere quedar solo cuando las reglas están siendo re escritas por las potencias.
Argentina ante el nuevo tablero: recursos hay; el dilema es qué hacer con ellos.
Para Argentina, el riesgo es conocido: quedar como proveedor de materias primas en un mundo que solo beneficia a los que agregan valor. Y la oportunidad está: energía, minerales, capacidades tecnológicas, base agroalimentaria, experiencia industrial. La pregunta no es si “hay potencial”. La pregunta es si existe una decisión política y un esquema de incentivos capaz de convertir ese potencial en capacidad productiva sostenida.
Energía: exportar puede traer dólares; industrializar trae dólares y trabajo
Vaca Muerta es estratégica porque empieza a cambiar la ecuación externa de Argentina: de país que en años de escasez importaba energía (y perdía dólares) a uno que exporta más y paga menos importaciones. En 2025, la balanza energética cerró con un superávit récord de USD 7.815 millones, explicado por más exportaciones y menos compras externas.
El segundo cambio es de escala e infraestructura: proyectos como Vaca Muerta Oil Sur buscan destrabar cuellos de botella y llevar más crudo a exportación, con capacidad inicial prevista de 180.000 barriles/día hacia fines de 2026 y posibilidad de subir a 550.000 bpd en 2027.
Y el tercer salto es el gas: YPF y Eni avanzan en un proyecto de GNL con meta de 12 millones de toneladas anuales hacia 2029, lo que, si madura, puede convertir al gas en un nuevo pilar estructural de divisas.
Pero hay una discusión estratégica que no puede taparse con anuncios: ¿el país va a ser solo exportador de energía, o va a construir una plataforma industrial alrededor de esa energía? Petroquímica, fertilizantes, metalmecánica, plásticos, química fina: ahí está la diferencia entre una economía que cobra regalías por sus recursos y otra que fabrica futuro.
Minerales críticos: el litio como motor.
La minería argentina tiene una oportunidad grande porque el mundo demanda minerales críticos para transición energética y tecnología. El litio es el motor: en los escenarios de la International Energy Agency es el mineral cuya demanda más crece. Y, si maduran proyectos en el NOA, estimaciones como las de BBVA Research plantean que Argentina podría llegar a hasta 20% de la oferta global hacia 2033.
El litio ya es oportunidad concreta de dólares e inversión; La clave para que la minería “cambie la matriz” no es solo extraer: es encadenar valor (química, materiales, servicios tecnológicos) y transformar renta minera en capacidad productiva.
El punto político: el nuevo mundo no premia la ingenuidad
La fragmentación global no es un debate de especialistas: es el marco en el que se define empleo, salario, inversiones y soberanía económica. Cuando las potencias subsidian, protegen y planifican, la periferia que solo predica “apertura” se convierte en territorio de extracción y deuda.
Por eso, el corazón de una estrategia razonable no es grandilocuente; es práctico:
- Estabilizar sin desarmar capacidad productiva: sin industria no hay dólares duraderos; sin salarios no hay demanda; sin demanda no hay reindustrialización.
- Plan de desarrollo con prioridades: energía + minería con valor agregado + alimentos industrializados + salud/farmaceutica + tecnología aplicada.
- Crédito productivo y compras públicas orientadas a sustituir importaciones estratégicas.
- Reglas que premien inversión real y castiguen la bicicleta financiera y la fuga.
- Integración regional como escala mínima para competir en un mundo de bloques.
El mundo se está cerrando. No por capricho, sino por supervivencia estratégica. En ese escenario, la disyuntiva argentina es brutal: o se organiza para producir más y mejor, o queda condenada a vender recursos y comprar dependencia. La historia ya mostró ese no es el camino. Y también mostró que si un nuevo rumbo se fija con decisión, el país puede tener otra oportunidad.
