El Municipio recuperó tres lotes ociosos y prepara obras clave (iluminación, accesos) mientras la demanda por tierra industrial se dispara. La discusión de fondo es política: sin estado, sin suelo, infraestructura y reglas claras, no hay inversión productiva que aguante.
En Tandil, un dato ordena la agenda económica local: más de 25 empresas buscan radicarse en el Parque Industrial y el espacio disponible es cada vez más escaso. Lo dijo el secretario de Desarrollo Productivo, Diego Martín, al describir un parque “urgente” por falta de tierras y por el crecimiento de firmas que ya no pueden operar dentro del casco urbano.
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Más de 25 empresas quieren radicarse y el suelo disponible es escaso.
La Municipalidad tomó una decisión concreta: recuperó tres lotes dentro del predio que no se estaban utilizando según los proyectos originales. La medida, presentada como resultado de un “análisis exhaustivo”, busca liberar suelo para nuevas inversiones en un contexto donde la tierra industrial pasó a ser un recurso crítico.
El fenómeno no es menor ni coyuntural. El propio Martín explicó que muchas de las firmas interesadas ya trabajan en Tandil, pero crecieron al punto de que su permanencia en zonas urbanas se volvió inviable: logística de carga y descarga, residuos y límites operativos. Puso ejemplos de empresas que en 15 años pasaron de 20 empleados a más de 500, y ahí aparece el punto central: cuando la economía real crece, el Estado local no puede “acompañar con buena voluntad”; tiene que planificar suelo, servicios y seguridad.
En esa línea, el Municipio trabaja en un proyecto de iluminación para la calle Fangio, definida como “estratégica” por su rol en seguridad, tránsito y como posible ingreso principal al Parque Industrial. También defendió que esa vía permanezca bajo órbita municipal para actuar con flexibilidad operativa.
Otro activo que aparece como ventaja competitiva concreta es la aduana seca dentro del predio. Martín la describió como una herramienta para reducir costos y evitar demoras: estar “al lado del camión” al momento de las verificaciones baja costos directos y mejora la previsibilidad, algo que pesa cuando se decide invertir.
El cuadro general muestra que Tandil no está improvisando: el Parque Industrial existe desde 1974 y alojó alrededor de 80 empresas en las últimas décadas, con una expansión que hoy lo deja al límite. Ese dato ayuda a poner en perspectiva el cuello de botella actual: no es solo “más demanda”, es un parque que llegó a su frontera física y obliga a discutir ampliaciones, nuevos predios o una segunda etapa industrial planificada.
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La aduana seca funciona como ventaja logística para exportadores e importadores locales.
Las implicancias inmediatas son claras: si no se habilita suelo industrial con servicios, Tandil corre el riesgo de expulsar actividad hacia partidos vecinos o de empujar a empresas a soluciones precarias dentro del ejido urbano, con costos ambientales, logísticos y de convivencia. En paralelo, el plano “macro” mete presión: el Gobierno nacional empuja una apertura y reposicionamientos externos (por ejemplo, el acuerdo UE–Mercosur fue firmado en enero de 2026 y entró en fase de ratificación, con debates y tiempos políticos todavía abiertos).
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En ese escenario, el desafío local es profundamente político y peronista en el sentido más clásico: organizar el territorio para sostener trabajo, producción y valor agregado. No hay parque industrial sin Estado presente; y no hay desarrollo si la tierra industrial se vuelve un privilegio escaso administrado a los tumbos. La conclusión es simple: sin planificación productiva, la “inversión” queda en discurso; con planificación, se convierte en empleo.
