La crisis que atraviesa el peronismo no puede explicarse como una simple derrota electoral ni como un problema coyuntural de liderazgo. Lo que está en juego es más profundo: una crisis de organización, de conducción y, sobre todo, de sujeto social.
Por Antonio Muñiz
En paralelo, el gobierno de Javier Milei no se limita a administrar un ajuste económico ni a aplicar un recetario ortodoxo: impulsa un proyecto de reordenamiento social que busca desarmar los lazos comunitarios y sustituirlos por una sociedad de individuos aislados, endeudados y disciplinados.
El mileísmo no gobierna solo con políticas económicas. Opera como una forma contemporánea de colonización que articula finanzas, medios, cultura, justicia y plataformas tecnológicas. Su objetivo estratégico no es únicamente reducir el Estado, sino erosionar las bases materiales y simbólicas que permiten la construcción de poder popular. Allí reside la gravedad del momento histórico: no se trata de una disputa electoral más, sino de una ofensiva sobre la idea misma de comunidad organizada.
Frente a este escenario, el peronismo aparece desorientado. Durante años, la política fue reducida a la lógica electoral: ganar la próxima elección, cerrar listas, ordenar internas. Ese achicamiento del Movimiento al Partido tuvo un costo alto. Cuando el peronismo deja de organizar al pueblo y se concentra solo en competir por cargos, la militancia se vacía de sentido y la sociedad queda librada a la iniciativa del poder real.
La derecha avanza no solo porque propone un programa económico regresivo, sino porque logra interpelar subjetividades. Construye sentido común anti político, instala la idea de que el Estado es un enemigo y presenta a la política como una estafa permanente. Frente a eso, muchas veces el peronismo respondió con denuncias, pero sin orientación. Señalar el daño no alcanza si no se ofrece un horizonte. Sin horizonte, no hay organización posible.
El problema central no es solo discursivo. La colonización contemporánea se impone con estructura, endeudamiento, fuga de capitales, control financiero, tarifas, precios, judicialización de la política, concentración mediática y plataformas digitales que fragmentan la experiencia social. Si el peronismo no reconstruye su propia estructura social —territorial, productiva, cultural y organizativa— queda condenado a reaccionar, siempre tarde, frente a una agenda que otros imponen.
En ese vacío aparece lo que podría llamarse un “peronismo sin sujeto”: un discurso que conserva palabras históricas, pero que ya no se apoya en una comunidad organizada capaz de sostenerlas. Identidad sin músculo, memoria sin futuro.
La dispersión de causas, agendas y consignas —aun bienintencionadas— es el síntoma más claro de esa crisis de síntesis. Sin un objetivo central que ordene prioridades, la política se fragmenta y la militancia se convierte en una suma de esfuerzos aislados.
La democracia liberal realmente existente refuerza este problema. Empuja a competir por cargos y visibilidad, no a construir poder social duradero. En ese marco, el marketing electoral reemplaza a la conducción política. Se habla de “temas del día” mientras se pierde de vista el conflicto estructural que define la época.
Por eso, el primer paso es clarificar quien es el enemigo. No alcanza con hablar genéricamente de “la derecha” o “el neoliberalismo”. La colonización actual funciona como un sistema integrado. Es económica, cuando subordina al país al endeudamiento y la primarización. Es cultural, cuando degrada el debate público y promueve el individualismo como valor supremo. Es judicial, cuando utiliza el lawfare para condicionar o perseguir dirigentes populares. Es tecnológica, cuando reemplaza organización por indignación algorítmica. Y es territorial, cuando fragmenta comunidades y naturaliza economías de supervivencia.
Frente a este cuadro, la tarea del peronismo no es “volver” por nostalgia ni resistir como espera pasiva. La tarea es reconstruir el Movimiento.
Recuperar una lógica profundamente peronista: la Comunidad Organizada como base de una democracia real, participativa y permanente. Allí aparece una distinción clave que el peronismo nunca debería haber perdido de vista: el Partido es una herramienta para disputar el gobierno; el Movimiento es la herramienta para disputar poder.
Cuando el Movimiento se reduce al Partido, la política se achica. Cuando el Estado se separa de la comunidad organizada, la gestión se vuelve mera administración. Y cuando el gobierno no se apoya en un pueblo organizado, se agota rápidamente, aun cuando gane elecciones.
En este sentido, la grieta que ordena no es la de partido contra partido. La línea de demarcación real atraviesa a la sociedad de otro modo: Patria o Colonia, comunidad organizada o individualismo, producción y trabajo o financiarización, soberanía política o tutela externa, democracia participativa o democracia de espectadores. No se trata de una grieta moral ni emocional, sino estratégica. Sirve para ordenar alianzas, discursos y prioridades.
La unidad, en este contexto, no puede ser solo un acuerdo defensivo ni un congelamiento de internas. Necesita contenido. Un modelo de país mínimo, comprensible y traducible en organización. Producción y trabajo como eje, soberanía económica, justicia social moderna, soberanía cultural y un Estado eficaz articulado con la comunidad. Sin programa, la unidad se vuelve amontonamiento; sin organización, el programa se vuelve retórica.
Todo esto remite a un objetivo central: tomar el poder. Pero no se debe confundir el instrumento con el fin. Se puede ganar una elección y, sin embargo, perder conducción política y cultural. La historia reciente lo demuestra. El poder duradero no se construye solo en el Estado, sino en la trama social que lo sostiene y lo controla.
En definitiva, la disputa que se abre en esta etapa no es solamente electoral. Es cultural, organizativa y estratégica. La colonización necesita individuos sueltos, indignados y manipulables. El peronismo, cuando vuelve a su raíz histórica, propone lo contrario: un pueblo organizado que discute su destino, construye poder y gobierna con sentido colectivo.
Sin comunidad organizada no hay conducción posible. Y sin conducción, la política se reduce a administración de la derrota.
