Vaca Muerta ofrece una oportunidad histórica que va más allá de exportar energía como commodity. Usar parte del gas y sus derivados para desarrollar la industria petroquímica permitiría multiplicar empleo, valor agregado y entramado productivo. El problema no es técnico: es político y estratégico.
POR ANTONIO MUÑIZ
La Argentina volvió a tener gas en abundancia. Vaca Muerta consolidó al país como una potencia energética en términos de recursos, y el proyecto de exportación de GNL aparece como la gran apuesta para generar dólares. Sin embargo, detrás de ese consenso emergente hay una discusión de fondo que sigue postergada: ¿qué hacemos con ese gas? ¿Lo exportamos casi íntegramente como materia prima o usamos una parte para reconstruir una industria petroquímica capaz de generar empleo, tecnología y desarrollo territorial?
Exportar gas: dólares rápidos, poco derrame
Exportar gas —ya sea por gasoducto o licuado en barcos— tiene ventajas claras. Aporta divisas, permite escalar producción y ofrece contratos de largo plazo que ordenan el sector energético. Para un país con restricción externa crónica, no es un dato menor.
Pero también tiene límites. El gas exportado como commodity genera poco empleo directo, concentra beneficios en pocos actores y deja un derrame industrial acotado. En términos simples: salen barcos cargados de energía, entran dólares, pero el entramado productivo local apenas se modifica. Es el mismo patrón que la Argentina conoce desde hace décadas en otros sectores extractivos.
La alternativa: gas como insumo industrial
El gas no es solo energía. Es también materia prima para una amplia gama de productos industriales. A partir del gas y de los líquidos asociados al petróleo se pueden producir fertilizantes, plásticos, insumos químicos, envases, materiales para la construcción y componentes para múltiples cadenas productivas.
La industria petroquímica tiene una característica central: multiplica el valor agregado. Cada unidad de gas que entra a una planta industrial genera más empleo, más proveedores y más conocimiento que la misma unidad exportada sin procesar. Además, sustituye importaciones, reduce la salida de dólares y fortalece sectores como el agro, la construcción y la industria manufacturera.
No es una utopía: hay base real
Argentina no parte de cero. Existen polos industriales, infraestructura y empresas con experiencia en el sector. El complejo de Bahía Blanca es un ejemplo: allí conviven petroquímicas, productoras de fertilizantes y plantas que procesan derivados del gas. También hay redes de PyMEs, universidades y capacidades técnicas acumuladas.
El desarrollo de Vaca Muerta amplió la disponibilidad de gas y líquidos, lo que vuelve a poner sobre la mesa la posibilidad de expandir esa capacidad industrial o incluso crear nuevos polos. El obstáculo no es la falta de recursos ni de conocimiento, sino la ausencia de una decisión estratégica clara.
¿Por qué no se avanza?
La respuesta es incómoda, pero evidente. Desarrollar petroquímica lleva tiempo, planificación y política industrial. Requiere contratos estables, reglas claras, inversión en infraestructura y un Estado que coordine intereses. Exportar gas como commodity, en cambio, es más simple: menos actores, menos conflicto, menos discusión sobre cómo se reparte el valor.
El actual enfoque del gobierno prioriza actividades extractivas orientadas a la exportación. La lógica es conocida: producir, exportar y confiar en que el mercado hará el resto. En ese esquema, la industria aparece —cuando aparece— como un efecto secundario, no como un objetivo central.
Gas, petroquímica y empleo
La diferencia entre ambos caminos se mide, sobre todo, en empleo. La petroquímica genera trabajo calificado y no calificado, demanda servicios locales, impulsa metalmecánica, logística, mantenimiento, ingeniería y tecnología. Cada planta industrial activa un ecosistema productivo que va mucho más allá del yacimiento.
Además, permite desarrollo territorial. No todo ocurre en el pozo o en el puerto. La industria se asienta, arraiga población y construye economías regionales más diversificadas y resilientes.
Compatibilizar exportación e industria
Plantear este debate no implica oponerse a la exportación de GNL. La discusión no es “gas o industria”, sino qué proporción del recurso se destina a cada cosa. Un esquema inteligente puede combinar ambas dimensiones: exportar una parte para generar dólares y reservar otra para impulsar cadenas industriales de largo plazo.
Esto exige planificación. Sin una política explícita, el mercado tiende a absorber el gas allí donde el retorno es más rápido, aunque el beneficio social sea menor. La experiencia argentina muestra que, sin decisiones estratégicas, la industrialización nunca ocurre por derrame.
Un debate sobre el modelo de país
En el fondo, la discusión sobre la petroquímica es una discusión sobre el modelo de desarrollo. Exportar recursos naturales sin procesar es una estrategia conocida, con resultados limitados. Industrializar esos recursos es más complejo, pero también es la única vía para construir una economía con empleo, tecnología y mayor autonomía.
Vaca Muerta ofrece una oportunidad que no se presenta todos los días. Convertirla solo en una plataforma exportadora de energía sería repetir una historia que la Argentina ya conoce. Usarla como base para reconstruir la industria petroquímica sería, en cambio, apostar a un desarrollo más equilibrado y sostenible. La diferencia no está en el subsuelo: está en las decisiones que se tomen desde la política.
