En Chascomús, el gobernador bonaerense vinculó la caída del turismo con la pérdida de poder adquisitivo y la recesión. Empresarios y trabajadores describen menos consumo, estadías más cortas y un gasto que se achicó fuerte en comercios.
En plena temporada, Axel Kicillof eligió Chascomús para ponerle nombre y responsables a un verano que, en muchos destinos bonaerenses, no está dando lo que prometía. “No es casualidad, es culpa de un modelo impuesto por el Gobierno nacional hace más de dos años”, dijo el gobernador, al frente de una reunión con más de 250 representantes de la industria, el turismo, el comercio, la cultura y el sector agrario. El mensaje político fue directo: la crisis turística no se explica por el clima ni por un “cambio de hábitos”, sino por una economía que, según la Provincia, viene licuando salarios y jubilaciones y enfriando el mercado interno.

La escena tuvo formato de “mesa de situación” con intendente anfitrión, gabinete y sector privado. Estuvieron Verónica Magario, Augusto Costa y Javier Rodríguez, además de Javier Gastón. Kicillof planteó que el turismo es termómetro y caja a la vez: mide consumo y, en muchos municipios, es la principal fuente de ingresos del año. “Al bajar los salarios y las jubilaciones, cae el consumo, la producción y el turismo”, resumió. Magario reforzó la línea con una lectura más general del ciclo económico desde la asunción de Milei.
En Chascomús, la preocupación bajó a números concretos. El intendente Gastón informó una ocupación del 62% y aseguró que el gasto de turistas en comercios cayó 40% respecto de lo que venían acostumbrados. No es un detalle: cuando el visitante ajusta consumos, la hotelería puede “aguantar” con camas ocupadas, pero el tejido comercial y gastronómico siente el golpe inmediato. Esa diferencia entre “gente en la ciudad” y “plata circulando” aparece como el dato más repetido entre prestadores.
El ministro Costa también habló de retroceso, con una comparación más larga: afirmó que en Chascomús el turismo cayó 20,7% en los primeros tres fines de semana de enero frente a la temporada 2023, y advirtió por el impacto sobre empleo y cadena local. Es una medición parcial, pero suma un elemento que se repite en otros distritos: se viaja, pero se viaja distinto.
Esa “forma de viajar” ya tiene nombre en los informes sectoriales. La CAME lo describió como “viaje conveniente”: decisiones de último momento, estadías cortas, consumo más selectivo y ocupación que se activa por picos cuando se alinean un evento atractivo y un pronóstico favorable. En el mismo relevamiento, la entidad ubicó el gasto diario por persona en un rango de entre $95.000 y $100.000, con diferencias según destino y tipo de alojamiento. En la práctica, el turista prioriza transporte y cama, y recorta salidas, compras y extras.
En ese marco, el conflicto político no es solo por el diagnóstico, sino por el tablero de herramientas. Costa dijo que el Gobierno nacional “no tiene líneas de apoyo” para el sector y que, por el contrario, le quita poder de compra a los potenciales veraneantes. Kicillof, por su parte, intentó marcar un límite institucional: “No podemos sustituir ni reemplazar al Gobierno nacional”, pero prometió “todas las herramientas” provinciales para amortiguar el golpe sobre trabajo y actividad.
A la discusión económica se le suma otra disputa menos visible pero clave: la de los datos. En el sector turístico todavía resuena la decisión del secretario Daniel Scioli de discontinuar un convenio con el INDEC que sostenía estadísticas históricas (como la Encuesta de Turismo Internacional y la de Ocupación Hotelera), con el argumento de que las cifras “no reflejaban” la dinámica real. Para las provincias y los privados, esa pelea por el termómetro llega en el peor momento: con consumo deprimido y márgenes ajustados, medir bien no es un lujo, es una necesidad para planificar.
El cierre que buscó Kicillof fue político, pero apoyado en un punto verificable: el turismo depende del ingreso disponible. Si la dinámica de salarios y jubilaciones sigue corriendo detrás de precios y tarifas, el escenario más probable es que se consolide un verano de “picos” sin derrame, con destinos que llenan fines de semana y aflojan entre semana, y comercios trabajando más para facturar menos. La temporada no se cae de golpe, se achica por partes. Y ese achique, en municipios turísticos, es caída de la economía real.
