El ex presidente del Banco Central puso el foco en un riesgo de fondo: una economía que ordena las cuentas, pero sigue dependiendo de “puentes” de dólares cada seis meses. Pide bajar riesgo país, acumular reservas y una reforma tributaria que alivie costos sobre el empleo y la inversión.
La frase sonó más a diagnóstico que a consigna: “Se corre el riesgo de hacer un país para 5 sectores: campo, minería, energía, tecnologías y bancos”.
La dijo Martín Redrado al analizar el rumbo económico y el modo en que se está “armando” la Argentina que viene. Su advertencia no discute solo el equilibrio fiscal o la desregulación; cuestiona el patrón que se consolida cuando el esquema depende de dólares financieros, deuda o atajos transitorios, mientras la economía real sigue sin despegar al ritmo necesario.
Redrado ubicó el problema en un punto sensible para cualquier programa: el riesgo país y la acumulación de reservas. Si ese frente no mejora, las tasas locales siguen altas y el crédito productivo queda caro, incluso aunque la macro luzca más prolija. En estos días, el riesgo país volvió a moverse en torno a los 570/580 puntos básicos, una zona que no termina de habilitar un “salto” hacia financiamiento más barato y estable.
El ex titular del BCRA también insistió en que la política cambiaria no puede seguir “de puente en puente”. Recordó que en 2024 el blanqueo aportó un flujo grande de divisas, y que luego se sumaron apoyos externos para sostener la transición. En el inicio de 2026, además, se liberaron más de US$ 20.000 millones que habían quedado inmovilizados en cuentas especiales (CERA) tras el blanqueo: un dato relevante, porque abre la pregunta por el destino de esos fondos (si se quedan en el sistema o vuelven a salir).
En esa línea, Redrado planteó una crítica que se repite en el mercado, pero con traducción política: entran dólares por la vía financiera y, al mismo tiempo, se construyen coberturas que reflejan desconfianza cambiaria. Lo explicó con un ejemplo: mientras el Banco Central compra divisas, el Estado emite instrumentos atados al dólar (dólar-linked) que funcionan como “seguro” si el tipo de cambio se dispara. En otras palabras, el sistema se protege contra su propio riesgo.
Claves
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Redrado alerta por un modelo que puede dejar una economía “para cinco sectores” y poca tracción del resto.
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El riesgo país sigue en una franja que complica el objetivo de bajar tasas y costo de capital.
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La economía recibió dólares por vías extraordinarias (blanqueo, apoyos) y eso no reemplaza la generación genuina de divisas.
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Se expanden instrumentos de cobertura cambiaria (dólar-linked), señal de que el riesgo no está “cerrado”.
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El debate de fondo: estabilidad cambiaria y reservas como condición para inversión productiva sostenida.
Pero el punto más político del planteo no fue técnico: fue social. Redrado advirtió que los ingresos familiares siguen corriendo detrás de la inflación y que, sin empleo y productividad, el programa termina con ganadores claros y un resto a la intemperie. Su receta, en ese tramo, fue clásica: bajar impuestos al trabajo para estimular empleo formal y recuperación del salario real. Y sumó una demanda que cruza a casi todo el empresariado: reforma tributaria integral para recortar costos “trasladados” desde Nación, provincias y municipios hacia el sector privado.
En paralelo, reclamó infraestructura para “integrarnos al mundo”: trenes, rutas, caminos y logística. Es un recordatorio incómodo para un país que busca exportar más, pero arrastra cuellos de botella que encarecen producir y sacar mercadería. En su esquema, la modernización no es solo normativa; es física. Y, sin ese salto, la economía queda demasiado concentrada en rubros que generan dólares, sí, pero no necesariamente derraman empleo masivo o entramado industrial en el corto plazo.
La discusión, en definitiva, vuelve a una pregunta que excede al Gobierno de turno: ¿cómo se pasa de un orden macro apoyado en financiamiento y operaciones, a una normalidad que produzca divisas propias y crédito accesible? El Banco Central, por su parte, viene señalando que desde el 1 de enero de 2026 pondrá en marcha un programa preanunciado de compras de reservas, con la idea de acumular colchón y sostener la transición. El problema es que, si esa acumulación no se vuelve consistente y el riesgo país no cede, la economía queda en un estado intermedio: ni crisis abierta ni estabilidad “cerrada”.
Redrado lo sintetizó con una imagen que pega en el hueso: mucha fiesta en lo financiero y demasiado velorio en lo productivo, porque el puente de dólares puede sostener, pero no reemplaza el crecimiento real. Si el país se acostumbra a esa lógica, el modelo tiende a premiar sectores con acceso a financiamiento, exportación o intermediación, y a dejar al resto negociando supervivencia con tasas altas, demanda débil y costos tributarios acumulados.
El escenario probable, sin futurología: si el Gobierno logra bajar el riesgo país y acumular reservas de manera sostenida, se abre una ventana para abaratar el crédito, estabilizar expectativas y empujar inversión más diversificada. Si eso no ocurre, la economía seguirá girando alrededor de “puentes” y coberturas, con crecimiento limitado y tensiones sociales persistentes. En esa bifurcación, el debate no es si hay equilibrio fiscal: es si ese equilibrio se convierte en un país más amplio que cinco sectores.
