UE–Mercosur: un pacto histórico en Asunción, mientras Trump vuelve a levantar muros

Europa y Sudamérica sellaron, tras 25 años de negociación, un acuerdo de libre comercio que promete bajar aranceles y expandir negocios. La firma llega en un mundo áspero: Washington relanza una ofensiva arancelaria y amenaza a aliados europeos por Groenlandia.


Asunción amaneció con clima de cumbre grande: fotos oficiales, saludos medidos y una idea flotando en el aire —“hoy cambia el tablero”—. El sábado 17 de enero de 2026, la Unión Europea y el Mercosur firmaron por fin el acuerdo comercial que llevaba más de un cuarto de siglo de idas, vueltas y frenazos. No es un detalle diplomático: si se ratifica, quedará armada una de las mayores zonas de libre comercio del planeta, con más de 700 millones de consumidores y reglas comunes para buena parte del intercambio entre ambos bloques.

La escena tuvo nombres y símbolos. Viajaron la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, António Costa. Del lado sudamericano, Paraguay —anfitrión y presidencia pro témpore del Mercosur— puso la casa. En la mesa de firmas estuvieron el comisario europeo de Comercio, Maroš Šefčovič, y los cancilleres del Mercosur. Y el mensaje, repetido con distintos acentos, fue el mismo: en tiempos de proteccionismo, apostar al comercio.

¿Qué cambia?

El acuerdo aún debe pasar por el tamiz político: Parlamento Europeo y congresos del Mercosur. Esa palabra, “ratificación”, explica por qué la celebración de la firma convive con cautela. En Europa, la resistencia viene de dos frentes: sectores agropecuarios que temen competencia “barata” y grupos ambientalistas que alertan por el impacto sobre bosques y control de trazabilidad. Francia aparece como uno de los focos más duros de oposición.

En números, el corazón del trato es claro: reducción gradual y eliminación de aranceles para la enorme mayoría de los bienes que se comercian entre ambos bloques. Documentos de la Comisión Europea detallan que el acuerdo quitaría derechos de importación sobre más del 91% de los bienes de la UE que ingresan a Mercosur y recortaría trabas que hoy encarecen maquinaria, químicos y autos europeos; del otro lado, mejoraría el acceso para exportaciones sudamericanas, con capítulos sobre reglas sanitarias, compras públicas, servicios y mecanismos de solución de controversias.

La Comisión también pone sobre la mesa su propio argumento económico: el pacto abarataría costos, ampliaría mercados y empujaría exportaciones a largo plazo.

El contraste: Trump, Groenlandia y la política del arancel

La foto de Asunción se volvió todavía más política por lo que ocurría, al mismo tiempo, del otro lado del Atlántico. Donald Trump anunció una nueva ronda de presión comercial: aranceles adicionales del 10% desde el 1 de febrero para ocho países europeos —y la amenaza de subirlos al 25% en junio— si Washington no logra avanzar con su pretensión de “comprar” Groenlandia.

La reacción europea fue inmediata y, sobre todo, colectiva: Von der Leyen y Costa advirtieron que una escalada así “socavaría” la relación transatlántica y podría disparar una espiral de represalias. En Bruselas ya se habla abiertamente de acelerar respuestas coordinadas y hasta de activar instrumentos anti-coerción, el “bazooka” comercial del bloque.

En ese clima, la firma UE–Mercosur funciona como mensaje y como seguro: diversificar socios, asegurar abastecimiento, poner reglas antes de que el mundo se llene de excepciones. En 2024, el comercio entre ambos bloques rondó los 111.000 millones de euros, con Europa vendiendo principalmente bienes industriales y Mercosur exportando sobre todo productos agro-mineros.

Un mundo turbulento y la urgencia de no quedar afuera.

La discusión ya no es solo de aranceles. En enero, el temblor geopolítico subió un escalón con la operación de EE.UU. en Venezuela: Washington confirmó la captura de Nicolás Maduro tras un ataque sobre Caracas y su traslado a Nueva York para enfrentar cargos, un episodio que abrió un debate global sobre legalidad internacional y método de intervención.

En ese marco, el acuerdo UE–Mercosur aparece como una apuesta por “reglas” en un mundo que se acostumbra a los golpes de efecto. Para Sudamérica, puede ser una vía de acceso estable a un mercado grande, exigente y con poder de compra. Para Europa, es también una forma de ganar aire en la región frente a la competencia —y la presión— de las grandes potencias.

En el fondo, este acuerdo también funciona como una respuesta política al giro de la política exterior y comercial de Donald Trump: un Estados Unidos que se repliega, levanta muros arancelarios y vuelve a hablar de reindustrialización como prioridad estratégica, con Sudamérica otra vez en el centro de su radar. En ese tablero, la firma en Asunción es un triunfo de Lula y de la Unión Europea, que aceleraron el apretón de manos para no quedar a la intemperie de una nueva guerra comercial. Falta, claro, lo más difícil: la ratificación, la letra chica ambiental y productiva, y la implementación real. Pero el mensaje ya está sobre la mesa: frente al cierre, apuestan a un bloque más grande.