La “paradoja” social del modelo Milei

Mientras la clase media pierde ingresos, el empleo registrado se achica y la canasta alimentaria se recalienta, la AUH se convirtió en el principal amortiguador. La asistencia directa creció en términos reales, pero no alcanza para sacar a una familia de la pobreza.


El ajuste se sintió donde más duele: en el mostrador, en el recibo de sueldo y en la changa que no aparece. Pero en paralelo, y lejos del slogan del “fin de los planes”, hubo una política que caminó por otra vereda: las transferencias directas para la infancia. El resultado es una foto incómoda para el relato libertario y, a la vez, una pista para entender por qué no hubo un estallido social masivo tras dos años de motosierra.

De acuerdo con cifras citadas por La Política Online a partir de una fuente oficial, a diciembre de 2025 la Asignación Universal por Hijo (AUH) alcanzaba a 4.114.513 titulares (93.453 por discapacidad) y la Tarjeta Alimentar llegaba a 2.546.130 familias, con cobertura para más de 4,5 millones de chicos. En total, más de seis millones de prestaciones entre ambos instrumentos.

El dato no flota en el aire: se cruza con una economía en la que la canasta básica sigue marcando el piso de la urgencia. En diciembre de 2025, el INDEC informó que la Canasta Básica Total para un hogar tipo de cuatro integrantes en el Gran Buenos Aires fue de $1.308.713,26 (y la Canasta Básica Alimentaria, $589.510,48), con una suba mensual del 4,1%.

En ese contexto, el “corazón” del esquema aparece más nítido: el ajuste cayó con fuerza sobre salarios, empleo y jubilaciones, pero la red de contención para los sectores más pobres no se desarmó; se reordenó. Un informe de Fundar lo sintetiza con números: durante 2024 la AUH aumentó 47,48% en términos reales y, entre noviembre de 2023 y noviembre de 2024, el salto real rondó el 99,78%. Además, según ese trabajo, el recorte social se concentró en jóvenes y adultos, mientras se expandió la inversión en políticas para niños.

La Tarjeta Alimentar, en cambio, mostró otra dinámica: su actualización fue más lenta y, según Fundar, los beneficios reales promedio cayeron en 2024. Aun así, siguió siendo el complemento clave para sostener el umbral alimentario. En los montos vigentes que publica ANSES, la Prestación Alimentar pagaba (a fines de 2025) $52.250 para embarazo o familias con un hijo; $81.936 para dos hijos; y $108.062 para tres o más.

Del otro lado del mostrador, el mercado laboral dejó señales de fatiga. En octubre de 2025, el trabajo registrado total cayó 0,3% (con 12,81 millones de personas registradas y una variación mensual negativa). La propia estadística oficial describe una tendencia “levemente negativa” desde junio de 2025, con comportamiento dispar: el empleo asalariado en retroceso y el monotributo mostrando variaciones positivas en varios meses.

Ese combo —empleo flaco, salarios que corren detrás y canasta alta— ayuda a explicar la ingeniería política del período: el gobierno avanzó en cortar intermediaciones y ordenar el circuito de la asistencia, pero evitó tocar de lleno la ayuda directa a los hogares más vulnerables. El propio Estado nacional, en comunicados anteriores, llegó a presentar como objetivo que AUH + Alimentar cubran la Canasta Básica Alimentaria.

En las provincias, la demanda alimentaria también empujó la puerta. Santa Fe, por ejemplo, sostiene programas propios como la Tarjeta Única de Ciudadanía (TUC) y reforzó partidas para su esquema alimentario: en 2025 informó subas de fondos mensuales para TUC, ProSoNut y Tarjeta Institucional. Son políticas que funcionan como segunda línea cuando el ajuste nacional se traduce en más gente pidiendo ayuda en los territorios.

La paradoja, al final, no es un detalle técnico: es una definición de gobernabilidad. Milei aplicó un ajuste duro sobre el trabajo y los ingresos formales, pero blindó —con mejoras puntuales y en especial vía AUH— la asistencia a la infancia. La pobreza no se revierte con una transferencia que apenas acompaña el umbral alimentario, pero sí se evita, muchas veces, que la indigencia se dispare. Y en un país donde la canasta básica no da tregua, esa diferencia pesa: en la mesa familiar, y en la calle.