Tras la captura de Nicolás Maduro y el anuncio de Donald Trump de que petroleras estadounidenses invertirán “miles de millones” para reactivar el crudo venezolano, el mercado descuenta un reordenamiento de flujos y, a mediano plazo, más oferta. En un contexto de precios debilitados, la combinación puede empujar el barril a una zona que recorta márgenes y complica el salto exportador argentino justo cuando se acerca la puesta a punto del oleoducto Vaca Muerta Oil Sur.
REDACCCION DATA POLITICA Y ECONOMICA
El giro en Venezuela no es una noticia más del tablero regional: es un movimiento con capacidad de alterar el mapa energético. Donald Trump confirmó que empresas de Estados Unidos “gastarán los miles de millones necesarios” para restaurar la producción venezolana y sostuvo que la presencia militar se mantendrá hasta que se cumplan las condiciones de Washington. En la lista de nombres que el propio presidente puso en escena aparecen Chevron, ExxonMobil y ConocoPhillips, con un objetivo explícito: recuperar el valor estratégico del crudo pesado venezolano para las refinerías del Golfo.
La novedad no está solo en la promesa de inversión, sino en quién administra la “canilla” y hacia dónde se orienta. Reuters reportó que, de consolidarse un gobierno bajo tutela estadounidense, parte del petróleo que hoy se canaliza hacia China podría reencauzarse rápidamente hacia Estados Unidos, con ganancias para refinadores norteamericanos y pérdida de acceso —y de descuentos— para compradores chinos. El cálculo que circula en el mercado es contundente: la reorientación podría sumar más de 200.000 barriles diarios a las importaciones estadounidenses.
El trasfondo: un mercado con precios frágiles
Este “factor Venezuela” irrumpe en un escenario donde el barril ya venía retrocediendo. OPEP+ decidió el 4 de enero mantener su política de producción sin cambios, en un contexto en el que los precios del crudo cayeron 18% durante 2025 —la peor baja anual desde 2020— por temores de sobreoferta. En la misma línea, Reuters registró que Brent y WTI perdieron cerca de 20% en 2025, con Brent acumulando su tercer año consecutivo en rojo.
Con esa debilidad de base, la intervención en Venezuela puede generar volatilidad de corto plazo, pero el impacto relevante para la Argentina se juega en el mediano: si se normaliza el flujo y, gradualmente, se recompone producción, la presión sobre los precios puede sostenerse más tiempo del deseable para un proyecto que necesita rentabilidad, crédito e inversiones continuas.
La paradoja inmediata: hoy se frena la exportación, mañana puede crecer la oferta
Incluso dentro del propio shock, hay dos tiempos que conviene separar. En lo inmediato, Reuters informó que la crisis política paralizó las exportaciones venezolanas: tanqueros detenidos, demoras operativas y un riesgo de recorte de producción si se saturan capacidades de almacenamiento. Ese cuadro podría, circunstancialmente, tensionar precios.
Pero el mensaje político de Trump apunta al tiempo largo: restablecer una industria “bust” con capital y dirección de empresas estadounidenses. La misma cobertura de Reuters advierte que no existe “arreglo rápido”: recomponer producción requiere estabilidad, garantías contractuales y resolver litigios y deudas, con plazos de años. Aun así, para el mercado la expectativa pesa: la perspectiva de retorno de Venezuela como proveedor más ordenado y alineado a Washington funciona como ancla bajista en un mercado que ya teme exceso de oferta.
¿Por qué puede pegarle a Vaca Muerta?
El punto de contacto con la Argentina es directo: Vaca Muerta compite en el mundo por precio y por acceso a infraestructura. En la nota de Alejandro Rebossio, Gerardo Rabinovich (Instituto Argentino de la Energía “General Mosconi”) sintetiza el umbral de dolor: por debajo de US$60 el barril “empieza a perder competitividad” y cerca de US$50 se multiplican los problemas para exportar.
Esa advertencia coincide con el momento en que el país apuesta a transformar capacidad productiva en un salto exportador. El VMOS (Vaca Muerta Oil Sur) —según la página oficial de YPF— tendrá 437 km, una terminal en Punta Colorada (Río Negro) y se proyecta “completo para 2026”. Es decir: la ventana de infraestructura se abre justo cuando el mercado global muestra señales de debilidad y cuando Washington intenta sumar palancas sobre uno de los grandes reservorios de crudo pesado del planeta.
En ese cruce, el riesgo no es abstracto. Si el petróleo entra en una fase prolongada de precios “bajos pero estables” —en torno a 55/60 dólares— la rentabilidad se achica, el financiamiento se encarece y la expansión pierde ritmo. El “golpe” no siempre llega como desplome repentino: a veces llega como erosión persistente.
Debajo de US$60 el barril Argentina “empieza a perder competitividad” y cerca de US$50 se multiplican los problemas para exportar para la producción de Vaca Muerta.
Un reordenamiento que favorece a EE.UU. y endurece la competencia
La cobertura de Reuters lo plantea con claridad: la operación favorece a refinadores estadounidenses que necesitan crudo pesado y puede recortar el acceso de China a barriles con descuento. Si el petróleo venezolano cambia de manos —política y corporativamente—, EE.UU. no solo consolida su propia producción shale: también gana capacidad para condicionar, con el tiempo, un flujo estratégico extra-continental. Y eso, en un mercado sobre ofertado, puede operar como disciplinador de precios.
Para la Argentina, el desafío es sostener el “proyecto Vaca Muerta” en un tablero donde la potencia dominante busca garantizar abastecimiento, ordenar rutas y, eventualmente, sumar oferta. Con infraestructura en marcha y necesidades crecientes de divisas, el margen de error se achica.
