La disputa entre Estados Unidos y China reconfigura el poder mundial, reactiva la guerra comercial y la carrera armamentista y coloca a la energía en el centro de un escenario internacional cada vez más inestable.
por Antonio Muñiz
El retorno de Donald Trump a la Casa Blanca aceleró la ruptura del orden internacional surgido tras la caída del Muro de Berlín y el fin de la guerra fría. La rivalidad entre Estados Unidos y China deja atrás al multilateralismo y se abre una etapa de competencia abierta entre potencias, marcada por una guerra comercial y tecnológica, la militarización, la disputa por los recursos estratégicos y el riesgo latente de una guerra de alcance global. Europa y Rusia reaparecen dentro del tablero central y el sistema internacional ingresa en una fase más caótica, violenta e incierta.
El año 2025 no fue un simple punto de inflexión político en Estados Unidos: selló el agotamiento de una arquitectura internacional sostenida durante décadas por reglas compartidas, globalización económica y una hegemonía estadounidense ejercida a través de alianzas estables. El regreso de Donald Trump consolidó una orientación ya visible: Washington dejó de presentarse como garante del orden global para actuar, sin ambigüedades, como una potencia en competencia directa por la supremacía mundial.
En el centro de esta transición se encuentra el conflicto estratégico con China, que ya no es solo un rival comercial sino un competidor sistémico capaz de disputar liderazgo tecnológico, influencia política y capacidad de proyección global. El mundo que emerge no reproduce la lógica binaria de la Guerra Fría, sino una multipolaridad inestable, con dos polos dominantes y actores intermedios que intentan preservar márgenes de autonomía.
Dos superpotencias y un tablero fragmentado
A diferencia del siglo XX, la rivalidad actual se despliega sobre una economía mundial profundamente interdependiente. Estados Unidos y China comercian, invierten y se condicionan mutuamente, al tiempo que se preparan para escenarios de confrontación prolongada. Esta tensión atraviesa cadenas de suministro, mercados financieros, sistemas tecnológicos y flujos de inversión, y convierte cada decisión económica en un movimiento geopolítico.
Washington apuesta a sostener su primacía combinando poder militar, control financiero y liderazgo en sectores estratégicos como la inteligencia artificial. Pekín, por su parte, acelera su camino hacia la autosuficiencia en áreas críticas, apoyado en su capacidad industrial, su control sobre materias primas estratégicas y una escala económica que sigue siendo decisiva, aun con tensiones internas.
Europa, el escenario decisivo
En este nuevo mapa, la Unión Europea ocupa un lugar central. El continente enfrenta la presión militar de Rusia y, al mismo tiempo, un cambio profundo en su vínculo con Estados Unidos. Por primera vez desde la posguerra, sectores relevantes del poder estadounidense consideran a Europa no solo como aliado, sino también como competidor estratégico.
La guerra en Ucrania aceleró un proceso de rearme europeo sin precedentes desde el final de la Guerra Fría. Países que durante décadas redujeron sus presupuestos militares hoy los incrementan de manera sostenida, mientras la industria de defensa recupera centralidad política y económica. Este giro refuerza la lógica de bloques, reduce márgenes diplomáticos y eleva el riesgo de escaladas involuntarias en un continente que vuelve a militarizarse.
China, Rusia y el equilibrio euroasiático
Para Pekín, el equilibrio europeo es una variable estratégica. Una Rusia completamente derrotada debilitaría su posición frente a Estados Unidos; una Rusia subordinada pero funcional refuerza su influencia en Eurasia. En cambio, un eventual entendimiento entre Washington y Moscú alteraría de manera profunda el tablero global y obligaría a China a recalibrar su estrategia. Esta fluidez confirma que el sistema internacional ingresó en una fase sin alianzas permanentes ni certezas duraderas.
Guerra y hegemonía: el peso de la historia
La historia de las relaciones internacionales ofrece una advertencia persistente: las grandes disputas por la hegemonía rara vez se resolvieron de manera pacífica. Las transiciones entre potencias dominantes y emergentes —desde hace cinco mil años, pasando por dos guerras mundiales en el siglo XX — tendieron a desembocar en conflictos armados de gran escala. El escenario actual revive esa lógica histórica.
Aunque una guerra global entre potencias nucleares resulte, en términos racionales, una locura, la acumulación de tensiones militares, económicas y estratégicas sugiere que la disuasión convive hoy con una peligrosa normalización del conflicto.
Petróleo y recursos estratégicos
Como en otros momentos de la historia, la disputa por los recursos naturales vuelve a ocupar un lugar central, en particular el control del petróleo, insumo crítico de la economía global y factor decisivo en cualquier escenario de guerra prolongada. En este marco deben leerse no solo las agresiones sobre Venezuela y los bombardeos en Nigeria, sino también los conflictos persistentes en Medio Oriente, una región atravesada desde hace décadas por la injerencia de las grandes potencias.
Buena parte de los conflictos en Medio Oriente tienen como trasfondo estructural el control de los suministros energéticos. La demonización sistemática del régimen de Irán, así como las amenazas recurrentes de Israel y de Estados Unidos, no pueden analizarse solo en clave ideológica o de seguridad. Irán posee importantes reservas de petróleo y gas y mantiene una alianza comercial, tecnológica y militar estratégica con China, lo que lo convierte en un actor central en la disputa global por la energía.
Desde esta perspectiva, la presión permanente sobre Teherán apunta a condicionar su política energética y a limitar el acceso chino a recursos estratégicos, en un contexto donde el control de la energía se vuelve un elemento central de la competencia entre potencias. El petróleo barato resulta funcional para el intento estadounidense de relanzar su industria, pero también cumple una función geopolítica: asegurar abastecimiento propio y, al mismo tiempo, restringir el margen de maniobra de sus competidores. A ello se suma la acumulación de fuentes energéticas como preparación ante escenarios de conflicto prolongado.
La historia reciente de Medio Oriente muestra, además, que la injerencia de potencias externas lejos de estabilizar la región contribuyó a dividir, fragmentar y destruir Estados nacionales, especialmente aquellos con proyectos soberanos o nacionalistas. Los casos de Irak, Libia, Afganistán y, más recientemente, Siria ilustran un patrón recurrente: intervención externa, caída de gobiernos, desarticulación estatal y la instalación de escenarios de violencia crónica. Lejos de promover estabilidad, estas intervenciones consolidaron una región estructuralmente caótica, funcional a la disputa por recursos y zonas de influencia.
La paradoja nuclear
Un conflicto global contemporáneo implicaría el riesgo de un enfrentamiento atómico capaz de destruir la civilización. Ese límite debería operar como freno absoluto, pero la experiencia histórica demuestra que la racionalidad estratégica no siempre prevalece. La advertencia atribuida a Albert Einstein conserva vigencia: la humanidad dispone de armas capaces de aniquilarse, pero no siempre de la prudencia necesaria para evitarlo.
¿Un nuevo Yalta?
Existe, sin embargo, otro escenario posible. Así como tras la Segunda Guerra Mundial las potencias vencedoras redefinieron el orden global en Yalta, no puede descartarse que, luego de un período de alta conflictividad, se abra una mesa de negociación para un nuevo reparto del mundo, acorde a la correlación de fuerzas actual. Un “nuevo Yalta” implicaría reconocer áreas de influencia, límites a la expansión y reglas mínimas de convivencia entre potencias.
Ese desenlace, no obstante, parece lejano.
Antes de cualquier acuerdo estable, el sistema internacional atraviesa una fase de caos, violencia y máxima peligrosidad, donde los conflictos regionales funcionan como ensayos generales de una disputa mayor.
Un mundo más inestable
Mientras la transición no se resuelva —por la vía del conflicto abierto o de un nuevo pacto entre potencias— el mundo será más fragmentado, más militarizado y más imprevisible. La combinación de guerras comerciales, armamentismo, disputa por recursos estratégicos y erosión de las instituciones multilaterales configura un escenario de riesgo sistémico creciente.
La lucha por la hegemonía entre Estados Unidos y China dejó de ser una hipótesis académica para convertirse en el eje estructurante de la época. Y como enseña la historia, cuando el viejo orden muere y el nuevo no termina de nacer, el interregno suele ser el período más violento y peligroso.
