La historia no está completa


En la Argentina se detenía a cualquiera, desde jóvenes sensibles por la pobreza hasta quienes propiciaban un cambio en el mundo. Era todo quien pudiese caer en el mote de subversivo. Aunque perfecta y lógicamente planificado por las Fuerzas Armadas, es demasiado poco lo que sabemos sobre el modo de secuestrar y desaparecer, porque era ilegal y clandestino. Y eso es lo que no permite tener un cifra.


Nuestra lengua no tiene una palabra para expresar aquello que sucede cuando alguien es borrado de la faz de la tierra sin dejar huellas, ni rastros, ni una explicación acerca de qué sucedió con su cuerpo. Como una suerte de aproximación al hecho, a esos miles y miles de detenidos de forma clandestina por agentes del Estado —de los que nunca más se tuvo información más allá de algunos rastros recolectadas por los organismos interesados en su búsqueda— les llamamos detenidos desaparecidos. Los detenían en un punto x y luego de los tormentos de la tortura y el interrogatorio los hacían desaparecer de diferentes modos —uno más bestial que otro— en un punto z.

 Es una historia que se repite en toda Latinoamérica. Tenemos, con vergüenza, la autoría regional de ser los hacedores de aquel crimen. En algunos casos, como en Chile, incluso se les hizo desaparecer dos veces; la primera en fosas comunes y luego, cuando comenzaron a aparecer fosas en medio de los campos, en hornos de cal o en el desierto, se llevaba a cabo un segundo operativo que consistía en desenterrar los cuerpos para hacerlos desaparecer por segunda vez. En otros casos, como en el de Argentina, se apropiaban de los bebes recién nacidos para entregárselos a familias desconocidas, se quedaban con los bienes personales de aquellos que iban a hacer desaparecer, lanzaban a los detenidos al mar —en la mayoría de las ocasiones personas casi inconscientes por la administración de la droga ketalar— o los hacían simular viajes al extranjero a través de llamadas con familiares.

Se detenía a cualquiera, desde jóvenes sensibles por la pobreza hasta quienes propiciaban un cambio en el mundo. Todo quien pudiese caer en el mote, extremadamente amplio, de subversivo, entraba en las filas del enemigo del Estado. Tal como versa el informe Nunca Más, de la CONADEP: “Todos caían en la redada; dirigentes sindicales que luchaban por una simple mejora de sus salarios, muchachos que habían sido miembros de un centro estudiantil, periodistas que no eran adictos a la dictadura, psicólogos y sociólogos por pertenecer a profesiones sospechosas, jóvenes pacifistas, monjas y sacerdotes que habían llevado las enseñanzas de Cristo a barriadas miserables. Y amigos de cualquiera de ellos, y amigos de esos amigos”.

Basta continuar la lectura de este informe para hacerse una mínima idea del destino que les esperaba una vez que se realizaba el secuestro: “Desde el momento del secuestro, la víctima perdía todos los derechos; privada de toda comunicación con el mundo exterior, confinada en lugares desconocidos, sometida a suplicas infernales, ignorante de su destino mediato e inmediato, susceptible de ser arrojada al río o al mar, con bloques de cemento en sus pies, o reducida a cenizas; seres que sin embargo no eran cosas, sino que conservaban atributos de la criatura humana; la sensibilidad para el tormento, la memoria de su madre o de su hijo o de su mujer, la infinita vergüenza por la violación en público. (…) De esos desamparados, muchos de ellos apenas adolescentes, de estos abandonados por el mundo hemos podido constatar cerca de nueve mil casos. Pero tenemos todas las razones para suponer una cifra más alta, porque muchas familias vacilaron en denunciar los secuestros por temor a represalias. Y aún vacilan, por un temor al resurgimiento de esas fuerzas del mal (Informe Nunca Más, CONADEP, páginas 9 y 10)”.

Esos métodos del horror forman parte de una historia de la que no tenemos suficiente información. Es poco, demasiado poco, lo que sabemos, porque el modo de secuestrar y desaparecer era de carácter ilegal y clandestino —aunque perfecta y lógicamente planificado por las Fuerzas Armadas— y porque los militares han guardado un vergonzoso silencio durante las décadas de democracia que llevan nuestros países.

Allí reside el carácter permanente del crimen —y del duelo de los familiares—, por no tener cuerpos con los que finalizar la búsqueda ni toda la verdad para saber qué sucedió con aquellos que, de un día para otro, en sus casas, en una calle, a la salida de una escuela, se esfumaron sin dejar rastro. Es por eso que reconstruir lo sucedido a todas esas personas es siempre a trozos, a retazos, en la medida de las posibilidades que se han ido abriendo, siempre con el silencio como contraparte.

De este modo, discutir la cifra exacta, negar el número de víctimas, o sostener que hubo excesos y no un plan sistemático y racional de exterminio es, a fin de cuentas, un despropósito; no sólo por las circunstancias aberrantes en las que murieron, no sólo por las vejaciones y los escarnios a las que fueron sometidas y que, al leerlos en los testimonios de los sobrevivientes citados en el informe, te obligan a volver la vista a otro lado por la sensación de estar en presencia de las acciones más brutales e inimaginables, es un despropósito porque justamente el carácter ilegal y clandestino con el que procedieron las Fuerzas Armadas es el que no permite tener un cifra.

Tal como dijo Martin Kohan en aquel famoso debate con Darío Lopérfido; la ausencia de una cifra es una denuncia en sí misma. Es la historia construida en fragmentos. Sólo se sabe, sabemos, que hay un inmenso número de desaparecidos, de los que aún no se encuentran los cuerpos, y de los que probablemente nunca tendemos toda la información, de modo que, si el número treinta mil, para el caso argentino, es una reconstrucción estimativa —basada, sin embargo, en archivos como El informe Secreto del Agente Chileno Arancibia Clavel, que daba el número de 22.000 víctimas para 1978, o El Informe de la Embajada de Estados Unidos, que daba una cifra similar (20.000) para el año 1979— es justamente por el carácter clandestino de la desaparición y por la negativa de los perpetuadores a decir dónde están los cuerpos.

Cuando las circunstancias de la muerte son tan brutales, cuando tamaña catástrofe irrumpe en la vida cotidiana de una persona, discutir cifras, culpas, responsabilidades de las víctimas, no sólo es de una falta de empatía y de ética tremenda, es también la rotura de un consenso que, si bien débil y al parecer efímero, se había ido construyendo con mucho trabajo en América Latina. El consenso acerca de que el Estado —secuestrado por los militares— no puede nunca, de ninguna forma, levantar las armas contra su propio pueblo.

Sin embargo, una nueva derecha en la región va generando roturas en el consenso. Bolsonaro en Brasil, Kast en Chile, Villarroel y Milei en Argentina. La receta es simple e igual: dicen que la historia ha sido contada a medias, que las víctimas no eran blancas palomas, que eran terroristas que algo habrían hecho para merecer tal destino.


Bolsonaro en Brasil, Kast en Chile, Villarroel y Milei en Argentina. La receta es simple e igual: dicen que la historia ha sido contada a medias, que las víctimas no eran blancas palomas, que eran terroristas que algo habrían hecho para merecer tal destino


En los últimos días, el objeto de las críticas han sido los Lugares de Memoria. La candidata a vicepresidenta de Milei, ha dicho que “la Escuela de Mecánica de la Armada son 17 hectáreas que podrían ser disfrutados por todo el pueblo”. Disfrutar, así dijo, de un lugar por el que pasaron más de 5000 detenidos desaparecidos. No conozco registro de algún abogado alemán que haya defendido ni ponga en duda las inhumanidades a las que se sometió a las víctimas en Auschwitz —ni mucho menos que sea candidato a un cargo público— tampoco creo que existan antecedentes de personas poniendo en duda la necesidad de que exista el museo del Holocausto —el mismo que Milei, con una lagrima en el ojo, dijo haber visitado con gran conmoción—. Y si no se ha dado esa discusión, supongo, es porque no tiene por qué darse, o no al menos en los términos de cifras y responsabilidades; cifras no hay, y las responsabilidades son de quienes cometieron delitos tales como la desaparición de un ser humanos.

A contrapelo de esto, hay que insistir en el consenso que tenemos. En América Latina hubo un plan sistemático, racional y planificado, de exterminio, del que quedó, entre otras muchas tragedias, aquella que ha pasado a denominarse la desaparición. Es una muerte infinita que aún recubre el presente. Y aquellos que dicen que la historia ha sido contada a medias, ciertamente tienen razón, aunque confunden cuál es la mitad que no se ha contado; la de todo lo que sucedió entre la detención de un ser humano, y su posterior desaparición. Quizás debiésemos comenzar por allí.