La segunda revolución


Como toda «revolución», la de Milei consiste esencialmente en «destruir», «terminar» y «después vemos»

Carlos Leyba

A pesar de un sinfín de golpes de Estado (1930, 1945, 1955, 1976) nunca nos gobernó una revolución, nunca se materializó un giro copernicano en nuestro sistema económico, nunca dejamos de ser un país capitalista en el sistema de acumulación y nunca se registró un «cambio de propiedad» y tampoco una significativa redistribución de ingresos.

Los cambios ocurridos fueron de adaptación o de incorporación, consensuados o consentidos.  Adoptamos el paradigma occidental dominante con adaptaciones de estilo.

Desde 1930 vivimos una transformación estructural en términos de acumulación hacia la industria y de distribución hacia el asalariado: un viaje al Estado de Bienestar en su apogeo Occidental, «los 30 gloriosos» (1945/75).

Después, la «estanflación» habilitó a un cambio de paradigma, más poderoso en su aplicación en la periferia que en el centro de Occidente. Dejo de lado el colapso del socialismo y la globalización, porque jugaron a favor de ese cambio de paradigma.

¿Qué cambio? Aumento del protagonismo del mercado y un declive del protagonismo del Estado, auge de lo privado y declive de lo público. Ese cambio no fue una revolución.

Al sistema lo define el modo de acumulación y de distribución. Fue un «desplazamiento» en la línea descriptiva de paradigmas que tiene dos extremos: de un lado el Estado, del otro el mercado.

Las econmías dominadas por el Estado, en las decisiones de acumulación y distribución, caracterizan al sistema socialista.

En el otro extremo se plantea el dominio excluyente de las decisiones de acumulación y distribución, por parte del mercado. El mercado como absoluto, es el planteo de los libertarios. Pero no existe en el planeta una sola  experiencia de economía libertaria en que «el Estado» haya desaparecido.

En nuestra historia registramos sólo un «intento revolucionario», un intento de giro copernicano que tuvo persistencia y que generó consecuencias sobre el sistema. Fue el de jóvenes, muy jóvenes, de clase media y alta, dispuestos a matar y morir por la Patria Socialista. Revolución: pasar de una economía capitalista a una economía socialista.

El intento, por casi una década, fue frustrado y tuvo enormes consecuencias, primero morales y humanas y después una debacle social y económica que aún vivimos. Fue el «huevo de la serpiente» de la decadencia moral («no matarás») y de la destrucción de una estrategia de desarrollo que no fue reemplazada por otra, sino por exclusión y fuga.

A los años de la «proclama revolucionaria» -por reacción o lo que fuere – le siguieron pasar de 900.000 a 18 millones de pobres y a la acumulación fuera del sistema de no menos de US$ 400.000 millones. 

La estrategia de desarrollo, exitosa, fue enfrentada por «capitalista» por la guerrilla «socialista».

Para liquidar ese intento se aplicó, de hecho, una estrategia de exclusión y fuga: esos son los resultados.

La proclama revolucionaria, el socialismo que hablaba «por la boca del fusil» (M. Firmenich), tuvo costos enormes. Primero la represión genocida ejecutada por un Estado salvaje. Luego todo lo demás.

Las promesas de giro copernicano generan conmoción.  Ese estado de ánimo social perturbado y perturbador, tiene un período garantizado de vida, desde la proclama, con el éxito o la frustración, y hasta la concreción o hasta que se apagan los fuegos del entusiasmo.

Toda propuesta de giro copernicano es una invitación a profundizar el desorden. Ya lo estamos viendo.

¿Qué es un cambio de paradigma, un giro copernicano? Tracemos una línea y, en cada uno de sus extremos, imaginemos al Estado y al mercado.

La economía argentina ha transitado en la zona intermedia entre los extremos. Lejos de la economía dominada por el Estado, el socialismo en todas sus formas; y lejos de la economía dominada por el mercado, absolutizada por el mercado, el paradigma libertario.

En las decisiones de mercado como en las del Estado, en democracia que es nuestro caso, están los ciudadanos (y los habitantes). En las decisiones del Estado, en democracia, todos los ciudadanos (no todos los habitantes) tenemos un voto; mientras que en las decisiones del mercado los habitantes (incluye a los ciudadanos) tenemos la cantidad de votos que nos otorga la dimensión de la billetera.

La erosión de estrategia de desarrollo previa, como consecuencia del «intento revolucionario socialista» y la respuesta salvaje al mismo, generó la exclusión de millones por la pobreza y la fuga de millones de dólares. Es decir, redujo el «potencial» del mercado y multiplicó el tamaño del Estado. Ahí estamos.

La democracia, al menos teóricamente, nos iguala en las decisiones de Estado. Pero en el «voto de mercado» rige la desigualdad. La medimos con el Coeficiente de Gini. En las sociedades con un Coeficiente de Gini que refleja igualdad de billetera, las decisiones de Mercado tenderían a coincidir con las del Estado.

En ese desplazamiento teórico (y ciertamente histórico) en la línea Mercado-Estado, la Democracia Cristiana de Alemania, la que a la salida de la SGM dio luz a la «economía social de mercado», a fines de los ’70 -en su plataforma partidaria- acuñó la frase de «todo el Estado que sea necesario y todo el mercado que sea posible». Lo necesario cerca del Estado y tratando de poner todo lo posible cerca del mercado: una idea de «eficiencia» en el mercado y una idea de «eficacia» en el Estado. La eficacia es la idea de conseguirlo con celeridad y la eficiencia de lograrlo con la menor cantidad de recursos.

La fórmula de la DC alemana ha sido reiteradamente utilizada «discursivamente» por dirigentes políticos argentinos de varios sectores, sin conocer el origen de sus afirmaciones.

Las «formas políticas» se definen según sea lo que se entiende por «necesario» y según sea lo que se entiende por «posible».

Cuando nos desplazamos en la zona intermedia de la línea Estado-mercado estamos combinando distintas intensidades de lo necesario y lo posible. Hasta ahí, la discusión de la «política».

Cuando vamos a los extremos: todo al Estado o todo al mercado, estamos proponiendo una «revolución».

En estas elecciones, más allá que esté o no, en el debate o en la campaña presidencial, estamos ante la propuesta de una «revolución». La segunda propuesta revolucionaria en lo que va del siglo.

Es la propuesta de Javier Milei. La propuesta central: «El Estado es una organización criminal». O en otros términos, sólo son legítimas y éticas las decisiones de mercado. Nada debe interferir en ellas: en el mercado están las soluciones de los problemas que el mercado podría haber generado. El Mercado se autorregula y no existe cerebro humano capaz de superarlo en su racionalidad y moralidad. En esa lógica, que es la que propone y sostiene, la eliminación del Banco Central tiene la misma lógica que la apertura unilateral de la economía y la desregulación de todos los mercados, incluyendo el derecho a la contaminación de los ríos, la venta de bebes o de órganos, y la negación del cambio climático, no sólo porque cree que no existe sino, fundamentalmente, porque entiende que es el mercado el que -si existiera- debería resolverlo.

Este es el pensamiento de la «segunda revolución», la de todo en el mercado y nada en el Estado, que propone Milei y que -al igual que la primera revolución, la socialista por las armas- ha seducido a los jóvenes. Esta es una «revolución» por los votos, pero, sea cual sea el método de acceso al poder, inevitablemente genera consecuencias, ya lo estamos viendo, desde el anuncio y ni quiero imaginar las que podría generar en el avance del intento.

Lo de Milei es nuevo. Todo. Los que lo emparentan con la Ucedé de A. Alsogaray no recuerdan que el programa del Capitán Ingeniero, peronista de la primera hora, era replicar la «economía social de mercado»: es decir «el Estado necesario, el mercado posible». Nada que ver.

Lo de Milei es una lógica del «avatar» como lo llamó Lilita. Como toda «revolución» consiste esencialmente en «destruir», «terminar» y «después vemos». Por eso «dolarizo, no dolarizo», «cambios de primera, segunda, tercera generación», «la educación no es obligatoria, pero te doy un váucher». Nada. Y el coro es patético: San Martín no cruzó los Andes, la Gestapo fue eficiente porque era alemana, soy español y los españoles no fuimos malos, la Tierra es plana, los kelpers tienen derechos como tales y la incorporación de un destacado miembro del kirchnerismo hasta hace una semana. Podríamos seguir. Nos han dado letra para un Sainete criollo. 

Los jóvenes de la revolución socialista de «Viva Perón» mientras lo asesinaban a Rucci después del triunfo del General habían empezado en un mix de Acción Católica, nazis y gorilas y, en la «militancia», descubrieron el socialismo, después del asesinato de Aramburu. 

Milei -el único que cuenta- empezó como «el loco» panelista, asesor de Scioli, economista estrella del más grande concesionario de la Argentina (100% Estado, 0% mercado) y actor destacado en la obra de demolición de JxC: beneficiarios él o S. Massa, además, asociados en el «negocio de ganar».

El primer intento revolucionario, socialista y con armas tuvo consecuencias espantosas a pesar de su derrota. Pero sus animadores, que cometieron acciones aberrantes, tenían ideales y ponían el cuerpo.

Este segundo intento revolucionario para el absoluto del Mercado se funda también en el odio irracional («¿Sabes qué, Larreta? Como el zurdo de mierda que sos, a un liberal no le podés ni lustrar los zapatos, sorete. Te puedo aplastar aún en silla de ruedas, a ver si lo entendés», Infobae, 27/8/21) y sólo anuncia tempestades.

Les agarró la manía de las falacias «ad hominem», «ad populum» y me temo que, por ahí, entre latinismos y citas inexistentes, van a protagonizar una nueva «Odisea de los Giles» ¿Quién será el pícaro que les dice «por una comisión» te conseguimos 30.000 palos verdes? También hace 50 años, nos trataron de embaucar. No lo lograron.

«La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa», Marx

 

Lic. en Economía Política UBA – Post Grado en Econometría ULB (Bélgica)

Vice Ministro de Economia de Jose Gelbard, Redactor de la Plan Trienal 1973