A este lado de la Cordillera, con la investigación de Osvaldo Bayer y la película La Patagonia rebelde; en el Chile que se asomaba a la experiencia de la Unidad Popular, a través de la música y un disco. La película de Héctor Olivera, se sabe, fue prohibida y Bayer y parte del elenco tuvieron que exiliarse. La Cantata de Santa María de Iquique, grabada por Quilapayún, también llevó a sus intérpretes al exilio, mientras el pinochetismo destruía las cintas máster de la grabación.

La masacre

En diciembre de 1907, los obreros del salitre, al norte de Chile, hastiados por la explotación, iniciaron una huelga en busca de condiciones dignas de trabajo. Como en la Patagonia de los terratenientes, la ofensiva obrera pagaría con sangre su demanda.

El escenario donde los obreros y el gran capital dirimirían el conflicto que llevó al baño de sangre del 21 de diciembre de 1907 era una fuente formidable de riqueza. Yacimientos de cobre y salitre fueron el saldo de los territorios del norte, que Chile se apropió en 1884 tras la victoria militar ante Perú y Bolivia en la Guerra del Pacífico. Antofagasta y Tarapacá cimentaron las bases de la economía chilena, a fuerza de derrotar a sus vecinos del norte, y privando a Bolivia de su salida al mar.

Las salitreras se convirtieron en un Estado autónomo dentro del propio Estado chileno, con sus propias leyes. El sistema de canje de fichas le permitió al empresariado salitrero el control social: con estas se pagaba a los obreros, que sólo las podían canjear en oficinas de la misma firma. Los pagos podían ser retrasados y la denuncia no tenía sentido: las salitreras tenían su propia fuerza policial.

La demanda ante el gobierno por mejoras desembocó, el último mes de 1907, en la huelga. El 10 de diciembre fueron al paro los trabajadores de las salitreras San Lorenzo y Alto San Antonio. Como el salitre se comercializaba en libras esterlinas, los obreros reclamaron cobrar a un cambio fijo de 18 peniques. También exigieron el fin del sistema de fichas y la creación de escuelas nocturnas para los trabajadores, entre otros puntos del pliego elevado. Reclamos similares habían fracasado en años anteriores, y esta vez había miles de obreros en estado de movilización.

Obreros del salar que llegaron a Iquique en reclamo de mejores condiciones de trabajo. 

 

El 16 de diciembre, amplias columnas llegaron a Iquique, la ciudad capital de la provincia de Tarapacá. Toda la industria salitrera del norte de Chile estaba paralizada y el presidente Pedro Montt tomó cartas en el asunto. Envió tropas del Ejército y los obreros creyeron que los militares iban a ser sus intermediarios. Para el día 20 se calcula que en Iquique ya había más de 10 mil trabajadores del salitre, de distintos puntos del norte. Ese día se declaró el estado de sitio. Mientras una delegación obrera negociaba con las autoridades, un grupo fue atacado a tiros por violar la medida de excepción. Hubo seis muertos. El grueso de los obreros que había llegado a Iquique paraba en una escuela llamada Domingo Santa María y se dio la orden de que desalojaran el lugar después del funeral de los seis obreros asesinados.

El general Roberto Silva Renard dio un ultimátum: a las 15.30 del 21 de diciembre la escuela debía ser abandonada, sino procedería a desalojarla por la fuerza. Cuando llegó la hora, Silva Renard ordenó disparar a la azotea, donde estaban los delegados salitreros. Desde adentro de la escuela se produjo una estampida hacia la calle. Quienes salieron fueron acribillados. Muchos de los obreros habían ido a la ciudad con sus familias, con lo que además de hombres se masacró a mujeres y niños. Silva Renard informó 195 muertos, pero la estimación más alta habló de una cantidad cuyo número quedaría inmortalizado 63 años más tarde en la Cantata: 3600 víctimas. Pese al debate numérico, nadie podía negar que los militares habían disparado a mansalva contra civiles indefensos. Entre los muertos había, además, trabajadores provenientes de la Argentina, Bolivia y Perú.

General Roberto Silva Renard, responsable del baño de sangre de 1907. 

El propio jefe de la masacre ostentaba entre sus antecedentes haber liderado dos fuertes represiones en los años anteriores. En 1904, tropas a su mando mataron a 13 personas durante una huelga en una salitrera y un año después reprimió las protestas en Santiago por el alza del precio de la carne importada de la Argentina. Se habla de unos 200 muertos en ese caso, una cifra similar al número oficial de su tercera acción represiva. Pero la masacre de Iquique superaba todo.

 

Silva Renard responsabilizó a los obreros y toda acción contra él quedó paralizada por la inacción de una comisión parlamentaria. El 14 de diciembre de 1914, un anarquista español llamado Antonio Ramón Ramón, que había perdido a un hermano en la matanza de Iquique, atentó contra el militar en una calle de Santiago. Lo apuñaló por la espalda. El general salvó la vida, pasaron varios meses hasta que se recuperó y pidió el retiro. Carlos Vicuña, que asumió la defensa del anarquista, planteó que el móvil no fue tanto el deseo de venganza como un desequilibrio mental y eso morigeró la condena, que fue de cinco años de prisión.

En un pasaje del alegato, el abogado aludió a los hechos de la Escuela Santa María y afirmó que la matanza no fue en defensa del Estado chileno sino en favor de los empresarios del salitre, que buscaron evitar la “pérdida” de los 8 millones de pesos anuales que implicaba cumplir con los reclamos obreros. Según Vicuña, “los salitreros llaman perder el verse en la imposibilidad de estafar a los humildes y desamparados esos 8 millones al año”. Ramón Ramón recibió muestras de solidaridad mientras estuvo preso. No solamente del movimiento obrero, que criticaba la pena mientras el militar gozaba de impunidad por la masacre, sino también de figuras como Piotr Kropotkin y Eugene O´Neill.

El general Silva Renard, veterano de la guerra del Pacífico y de una masacre de personas indefensas, murió en 1920. Exactamente medio siglo más tarde, la historia de esa barbarie iba a tomar otra dimensión.

Nace la Cantata

Luis Advis había nacido en Iquique, era profesor de filosofía y estudió música de forma privada. Se acercó al movimiento de la Nueva Canción Chilena que había tomado forma en la segunda mitad de los años ’60. Corría 1969 cuando conoció a los miembros del grupo Quilapayún. Arregló algunas canciones para el conjunto y les mostró el material en que estaba inmerso: una obra conceptual con ritmos foklóricos que narraba la masacre de obreros en la escuela iquiqueña. Los seis miembros de Quilapayún se entusiasmaron y sumaron fuerzas a una obra que estrenó en agosto de 1970 en el Estadio Chile, el recinto cubierto donde Víctor Jara sería asesinado después del golpe de 1973.

 

El estreno de la cantata coincidió con la campaña electoral. Pocas semanas más tarde, el 4 de septiembre de 1970, Salvador Allende se convirtió en el primer marxista que alcanzaba el poder a través de las urnas. El médico socialista lideraba un conglomerado de fuerzas de izquierda, la Unidad Popular, y en la campaña sonó por todo el país una canción interpretada por Quilapayún: “Venceremos”.

A primera vista, sobre todo para quienes no conocían la historia, el nombre de la obra, “Cantata” de Santa María de Iquique, podía implicar un trasfondo religioso, que no era tal: la escuela de la masacre llevaba el nombre de un presidente chileno del siglo XIX, Domingo Santa María, y su tema le daba proyección continental a lo ocurrido en 1907. Chile era observado en el mundo por su experiencia de vía pacífica al socialismo, la Nueva Canción tenía una fama que cruzaba las fronteras del país y Quilapayún era uno de los grupos más populares.

“Señoras y señores, venimos a contar aquello que la historia no quiere recordar. Pasó en el Norte Grande, fue Iquique la ciudad. Mil novecientos siete marcó fatalidad. Allí al pampino pobre mataron por matar, allí al pampino pobre mataron por matar.” Con estas palabras, en el pregón, se inicia una obra decisiva en la historia de la música popular chilena.

El disco de 1970, en el que el grupo canta y la historia es recitada por el actor Héctor Duvauchelle, se convirtió en uno de los más populares de Quilapayún y un símbolo de los años de la Unidad Popular. Se volvería una obra mítica, a la altura de las grandes obras de Violeta Parra, Los Jaivas y Víctor Jara.

El golpe de Estado encontró a Quilapayún de gira por Europa. El 15 de septiembre, mientras Víctor Jara era torturado, actuaron en el Olympia de París, en su primera presentación posterior al golpe de Pinochet. Recién podrían volver al país en 1988 en ocasión del plebiscito que evitó la perpetuación del dictador. Sin embargo, en el exilio sintieron la persecución.


Años de exilio y muerte

La música de Quilapayún fue prohibida después del golpe y, además de libros, también fueron destruidos discos del grupo, al igual que las cintas másters de las grabaciones, lo cual imposibilitaba la producción de discos. Era el equivalente de echar al fuego el negativo de una película. La “Cantata” había sido grabada por la Discoteca del Cantar Popular (Dicap), un sello discográfico ligado al Partido Comunista de Chile. Sus oficinas fueron saqueadas por los militares, que se llevaron los másters de las grabaciones de diversos artistas, considerados subversivos. Entre ellos, Quilapayún. Si se pudieron editar discos en serie de la grabación de 1970 en los años siguientes fue gracias a una copia analógica fidedigna que pudo rescatarse.

Mientras, el conjunto procedió a grabar en el exilio el repertorio que se había perdido por la represión pinochetista. En 1976 grabaron la “Cantata” en Francia. Mantuvieron los temas en castellano pero el relato se grabó en francés. La voz de esa segunda grabación es la de uno de los más grandes actores galos: Jean-Louis Barrault. Y la traducción al francés del texto de Advis la hizo un escritor argentino radicado hacía un cuarto de siglo en París. Esa traducción, a cargo de Julio Cortázar, rompió el vínculo entre Advis y Quilapayún, porque se alteró el sentido de partes del texto original.

El autor de la obra no era un militante de izquierda y había evitado toda alusión política en la “Cantata”, en cuyo texto no se nombra ni a Montt ni a Silva Renard. De hecho, pudo mantener su cargo como profesor en la Universidad de Chile después del golpe. Eduardo Carrasco, líder de Quilapayún, le sugirió al autor de Rayuela algunas modificaciones que implicaban poner a la obra, ya no como denuncia nacionalista, sino en el plano de la lucha de clases.

“Fue muy feo pero yo recién en el ’84 lo supe. Yo le escribí a Carrasco muy molesto, y le dije que prohibía el cambio de Cortázar, porque, por ejemplo, en una parte de la obra dice ‘y el futuro lo sabrá, se lo prometo’ y me cambiaron a ‘el futuro será del pueblo’. Hubo cambios así”, recordaría Advis, fallecido en 2004. “No me gusta que corrijan mis textos sin preguntarme, además que en ninguna parte yo uso la palabra pueblo como la usa Cortázar. Estaba tan molesto con ese señor que le iba a escribir una carta, pero no lo hice porque al mes siguiente murió.”

Dos personas vinculadas a la grabación original murieron asesinadas. En diciembre de 1983, en Caracas, Héctor Duvauchelle, el relator de 1970, y que había partido al exilio una década antes, fue asesinado de una puñalada, en lo que se señaló como un intento de robo. Se había exiliado en Venezuela con sus hermanos, también actores. Ocho años más tarde, ya en un Chile democrático (pero con Pinochet todavía al frente del Ejército), el que murió apuñalado fue un integrante de Quilapayún, Willy Oddó.

Al parecer, Oddó salía de una fiesta y abordó a una prostituta. Al darse cuenta que era una travesti, declinó sus servicios. “Porque nunca quise matarlo, dijo en la tele temblorosa la pendeja. Solamente darle un pinchazo para que se asustara. Y por eso salió huyendo, sin saber que la insignificante cortaplumas había roto esa arteria del sobaco que desangra el cuerpo en cinco minutos. ‘La vida no era eterna’, como decía la canción de Víctor Jara”, escribió Pedro Lemebel en uno de los textos que integran Loco afán. Crónicas de sidario, titulado “El rojo amanecer de Willy Oddó (o el rasguño letal de la doncella travesti”. La travesti tenía 17 años y contrajo HIV en la cárcel.

Los años pasaron y, como consecuencia de problemas internos, Quilapayún se dividió en dos grupos, lo que incluyó un juicio para definir cuál de las partes se quedaba con la marca. La división enturbió en 2014 la noticia del hallazgo de una copia del máster de la “Cantata” que hizo público el grupo armado en 2003 por Eduardo Carrasco. El otro grupo, afincado en Francia, afirmó que era una copia del máster en dos pistas que no aportaba nada a la calidad del sonido de la versión original, que desde fines de los ’90 ya circulaba en CD. Un año más tarde, Carrasco ganó el litigio por el uso del nombre.

Otro nombre aún hace sentir su peso en la historia de Chile. Uno de los centros de detención y tortura de la dictadura pinochetista fue el Regimiento de Artillería Nº 3, en Concepción. Los testimonios de los sobrevivientes hablan de prisioneros hacinados en las caballerizas, de donde los sacaban para los tormentos. Ese regimiento se llama Roberto Silva Renard, en honor al jefe militar de la masacre de Iquique. Las víctimas de la matanza tienen un monumento en Iquique, pero la derecha chilena bloqueó en el Congreso una iniciativa para que el regimiento cambiara su denominación.