Geopolítica de Francisco, revolucionaria y esperanzadora. Por Humberto Podetti (*)

La asociación de la política con la geografía tiene orígenes remotos. Las grandes civilizaciones americanas, como la inca, la maya o la azteca, tenían una visión que integraba la naturaleza –terrestre y celeste- con la organización social y política. Compartían también la estructura y funciones de la unidad geopolítica básica.

El ayllu inca o la milpa maya y azteca reunían, enlazadas por el trabajo comunitario y solidario, una determinada porción de la naturaleza y un grupo de personas o familias. Ideas semejantes tuvieron civilizaciones contemporáneas de otras partes del mundo. Pero el concepto de geopolítica que conocemos hoy fue formulado por primera vez por el geógrafo alemán Federico Ratzel, a fines del siglo XIX, asociando la forma política estado-nación, la geografía como continente o región y la economía como revolución industrial. Sostuvo que el siglo XX vería un sistema de poder mundial estructurado en torno de grandes estados industriales continentales o regionales.

Su visión del proceso de expansión territorial de Estados Unidos, primero a costa de territorios españoles y franceses –el Oregón hispánico de Alaska al sur y la Luisiana francesa- y luego a costa de México -a quien le quitó la mitad de su territorio-, se transformó en concepción geopolítica.

Simultáneamente con la irrupción de Estados Unidos, la astucia y el poder económico inglés y norteamericano frustraron el proyecto del movimiento independentista americano de constituir un gran estado continental industrial bioceánico, incluyendo a España y Portugal. Nuestros diputados lo propusieron en las Cortes de Cádiz de 1812 y de Porto de 1820, incorporando además la supresión de la esclavitud y el reconocimiento de la ciudadanía a indios, negros, mulatos, mestizos y blancos. Pero ambas Cortes constituyeron a España y Portugal como naciones europeas, pretendieron relegarnos a colonias de ambas metrópolis y sancionaron Constituciones esclavistas.

Siguieron el ejemplo de la Constitución norteamericana. Ya lo había hecho la Revolución francesa, manteniendo la esclavitud en Haití y en todas sus colonias alrededor del mundo, para que los frutos del trabajo esclavo pagaran los derechos del hombre y el ciudadano europeos.

Desde entonces, hubo dos grandes visiones de la geopolítica. La primera, dominante, con los pueblos ausentes. Por ignorantes y débiles no debían participar del poder y para representarlos o dirigirlos estaban las vanguardias esclarecidas o las aristocracias ilustradas. La segunda, la de los pueblos, sublevada, resistente, esperanzada. A la primera debemos las Constituciones que declaran la soberanía de los pueblos, pero establecen que sólo sus representantes sin mandato obligatorio pueden ejercerla. La segunda está encarnada en los grandes movimientos populares del siglo XX y de este siglo.

Recuperaron la geopolítica como visión integradora que considera al pueblo en pleno ejercicio de la soberanía, a la geografía como naturaleza con la que debemos trabajar armoniosamente y a la organización económica y social como realizadoras de la justicia, la solidaridad y la reciprocidad.

La ‘conciencia geopolítica’ de los pueblos puede advertirse en las grandes migraciones desde fines del siglo XX a nuestros días. Imposibilitados de vivir en sus patrias de origen por el sistema económico global, migran al centro del mundo. Un ejemplo es el regreso de miles de mexicanos a su ‘tierra natal’ al norte del Río Grande, desconociendo la frontera establecida por los EEUU luego de derrotar militarmente a México. Entre 1980 y 1990 iniciaron una marcha pacífica, silenciosa, constante, numerosa, que se mantiene de modo permanente. En 1980 eran el 6,5 % de la población norteamericana. Hoy son el 18,7 %.

El 52 % del crecimiento de la población norteamericana corresponde al aporte ‘hispano’. El otro 48 % se distribuye, en ese orden, entre asiáticos, afroamericanos y en un porcentaje reducido a blancos anglosajones.

En 2020 el castellano es la lengua materna más hablada en EEUU y en 2030 será la lengua más hablada, materna o no materna. Todos los esfuerzos desplegados por EEUU para impedirlo han resultado inútiles. En 2004 Samuel Huntignton publicó ¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad nacional estadounidense, sobre el significado de esa marcha hacia el norte del pueblo mexicano, y de muchos otros latinoamericanos. Sus conclusiones fueron precisas: “La inmigración mexicana está provocando la reconquista –el destacado es de Huntington- de zonas que los estadounidenses habían arrebatado por la fuerza a México en los decenios de 1830 y 1840…La mexicanización está difuminando la frontera entre México y Estados Unidos y está introduciendo una cultura muy diferente… a la vez que avanza la inmigración procedente de otros países latinoamericanos, también lo hacen tanto la hispanización en todo Estados Unidos como las prácticas sociales, lingüísticas y económicas propias de una sociedad anglohispana”.

Luego de la publicación del libro de Huntington, el Congreso de EEUU dispuso levantar un muro en la frontera con México. Como respuesta, el 1 de mayo de 2006 los ‘hispanos’ convocaron a un “día sin mexicanos”. Fue la movilización más grande de la historia de EEUU: se reunieron 5.000.000 de personas en plazas y calles de todas las ciudades norteamericanas.

La ‘geopolítica de los pueblos’ fue renovada por Alberto Methol Ferré, uno de los padres fundadores del proceso de reunificación latinoamericana. A partir de su estudio del proyecto de Perón, presentó una visión geopolítica de América, que sigue señalando el futuro. Intervino decisivamente como laico en las Conferencias Episcopales de Puebla, Santo Domingo y Aparecida. En Puebla, encuentro que cerró San Juan Pablo II, participó de la peregrinación al Santuario de Guadalupe, que marcaría indeleblemente el pontificado del papa polaco.

También Amelia Podetti, desde la cátedra y desde las páginas de Hechos e Ideas, contribuyó decididamente a la formulación de un pensamiento geopolítico latinoamericano, cuyo protagonista eran los pueblos, particularmente los de las periferias. El Papa Francisco acogió desde hace muchos años el pensamiento de Methol Ferré y de Amelia Podetti, con el de muchos otros pensadores latinoamericanos, como genuinos frutos del asombroso encuentro de la teología cristiana con las teologías de nuestras civilizaciones originarias, e impulsa desde entonces, la unidad de la Patria Grande: geografía y economía al servicio de la comunidad, organizada a partir de la solidaridad y la reciprocidad. La geopolítica contemporánea sigue informándonos cómo disponen los poderosos de la geografía –y también del espacio y el ciber-espacio-, de las personas y de los recursos naturales del mundo.

Pero nuestro tiempo ha recuperado definitivamente la geopolítica de los pueblos. Porque los pueblos de todas las naciones han hecho oír su voz al unísono por primera vez en la historia. Porque no solo migran hacia el centro del mundo e imponen lentamente su natalidad para teñir y transformar otros pueblos y culturas. También se pronuncian en concentraciones y movilizaciones, en las que reclaman la sujeción del mercado al poder político, la participación en las decisiones de toda naturaleza, el acceso a la propiedad, los bienes y el conocimiento, el trabajo digno, la tierra para cultivar.

Desde 2013 tienen un líder espiritual, que escucha su voz y la voz de la naturaleza, que comprende sus dolores e ilumina los caminos a seguir. Con él formularon las Propuestas de Acción Transformadora de los Movimientos Populares del mundo en diálogo con el papa Francisco en 2016. En ese proceso de encuentro y diálogo con las multitudes del mundo, de escucha de la voz de los pueblos, Francisco ha devuelto al tiempo su sentido, convirtiéndolo en procesos de transformación y de recuperación del espacio, convertido en madre tierra, y lugar de encuentro de todas las culturas.

 

 

 

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(*) Presidente de la Comisión Nacional de Justicia y Paz de la Iglesia Argentina. Profesor de Cristianismo y pensamiento latinoamericano en la UNLanús, Coordinador del Diplomado en Laudato Si de la Universidad de Morón y el Obispado de Morón; Miembro del Consejo de Redacción de la Revista Hechos e Ideas; miembro de la Comisión Nacional de Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal Argentina.